Entrada más destacada

Concurso de relatos 46ª Ed. Momo de Michael Ende. (La finca de la curva)

  Concurso de relatos 46ª Ed. Momo de Michael Ende. La finca de la curva El pueblo donde de crío pasaba los meses de julio y agosto fue dura...

martes, 15 de abril de 2025

Concurso de relatos 46ª Ed. Momo de Michael Ende. (La finca de la curva)

 

Concurso de relatos 46ª Ed. Momo de Michael Ende.



La finca de la curva


El pueblo donde de crío pasaba los meses de julio y agosto fue durante años la referencia de esos meses que en aquellos años se me hubieran hecho interminables, si no fuera por las escapadas nocturnas al caserón de la finca de la curva. Su estado abandonado y semi ruinoso era un reclamo para los cuatro canijos que cada verano éramos depositados casi como criados a unos parientes lejanos que les venía muy bien ese cambalache.


No voy a decir que nos explotaran todo el día a trabajar en las labores típicas de las granjas durante el estío. Pero es que hasta los domingos a las ocho estábamos con la faena (los animales no entienden de festivos, nos decían) y aunque el trabajo no era de mucho esfuerzo, sí era toda la mañana y más de media tarde. Por eso, nuestra liberación era justo después de cenar, aún quedaban casi dos horas de luz y otras dos que nos apanábamos con las linternas de petaca.


Supimos de la casa, de la finca, de la curva, porque en la plaza del mayor y única del pueblo (donde íbamos antes de nuestras expediciones nocturnas al caserón) oímos hablar de ella. Por lo visto había habido varias generaciones de una familia viviendo en ella hasta que todos los hijos del viejo Cuco (así los apodaban y por algo sería) se fueron a la ciudad y solo se les volvió a ver el pelo en el entierro del padre murió. Luego no se pusieron de acuerdo en el reparto y más de medio siglo después sus hijos y sobrinos siguieron igual.


El acceso a la finca era complicado, la verja aun sin el candado y la cadena que la cerraban estaba casi por completo mimetizada entre zarzas, ortigas y enredaderas. Al menos, en la parte posterior, la alta tapia que rodea toda la finca resultaba accesible gracias a una brecha en la misma. La casa en sí eran tres paredes de piedra con el tejado hundido y sin frontal. Curiosamente, no había ni puertas, o ventana alguna, lo mismo que teja alguna, salvo pedazos pequeños; en aquel pueblo debía quedar algún «cuco» más.


Cada noche los dos, tres o cuatro (según los que pudiéramos escaparnos) que íbamos a la finca de la curva nos imaginábamos una aventura nueva, pero que siempre acababa en un escondite y posterior pescar hasta que a media noche volvíamos alumbrados por la última linterna parpadeando por su ya agotada pila de petaca. En lo de las linternas también aprendimos nosotros a ser unos buenos cucos, la dichosa pila no era barata (únicamente nos podíamos permitir comprar una a la semana) y como mucho nos duraba tres o cuatro noches racionando su uso, así que al segundo día dábamos el cambiazo con alguna de las de casa, e incluso con la de algún vecino.


Nuestro último año en el pueblo, ya casi adolescentes, nos habíamos hecho de linternas con batería recargable y alargábamos nuestras misiones hasta la una y media como unos tíos. Añadimos una cajetilla de tabaco cada uno y unas latas de cerveza (teníamos que practicar, ya que empezaríamos en el instituto con los mayores) que escondíamos en la ya nuestra finca de la curva. De hecho, habíamos hecho planes de futuro y sabiendo que, ya tan mayores, a nuestros padres les iba a costar seguir con la costumbre de desterrarnos al pueblo, sí podríamos ir haciendo un fondo común para algún día hacer nuestra de verdad la finca de la curva.


Han pasado muchos años de aquello, muchos de verdad, pero he vuelto a aquel pueblo y puedo cumplir mi palabra. Ya no queda nadie conocido, las cuatro casas que formaban cada uno de los dos barrios están vacías y ni el bar tienda levanta ya la persiana. La gente acabó haciendo como los «cucos» de la finca de la curva, se marcharon para no volver. Bueno, yo conseguí a buen precio mi añorado caserón, el último descendiente no sabía como quitárselo de encima y no me hizo falta ni regatearle el precio.


La verdad no voy a hacer mucha obra, mandaré hacer una puerta de acceso en la brecha de la tapia por donde nos colábamos y que limpien lo justo para poner una pequeña casa de esas prefabricadas frente a las ruinas del caserón. Ahora, después de tantos años, volveré a estar con mis dos o tres nocturnos compañeros de aquellos veranos como si no hubieran pasado los años. Supongo que los amigos imaginarios no envejecen y seguirán igual que como yo les recuerdo, o bueno igual no, pero tanto lo uno como lo otro en cuanto me instalen la casa en la finca de la curva esa misma noche con mi flamante linterna LED los sorprenderé.


(Menos de 900 palabras)



sábado, 15 de febrero de 2025

CONCURSO DE RELATOS 45ª Ed. LA ISLA DEL TESORO de R.L. Stevenson (El joven cartógrafo)

CONCURSO DE RELATOS 45ª Ed. LA ISLA DEL TESORO de R.L. Stevenson



El joven cartógrafo

Mi trabajo de aprendiz de cartógrafo era lo más a lo que yo podía aspirar en mi juventud, siendo yo poco ducho para cualquier oficio de fuerza o destreza. Mi familia regentaba una humilde posada en una posta de la comarca, por supuesto no diré ni cuál ni siquiera el condado a donde pertenecía. La cuestión es que el alquiler de la misma se llevaba prácticamente toda la ganancia; así que yo tuve que dejar la escuela sabiendo únicamente leer, escribir y las cuatro reglas básicas para no ser engañado con el dinero; para ir a trabajar a la taberna del puerto de… para ganarme la comida ayudando a mi tío.


Solo recordaba haber visto al hermano de mi madre un lejano verano, cuando vino a visitarnos y se quedó casi hasta el otoño; o para esconderse durante un tiempo prudencial, más bien, pienso ahora. Al llegar al puerto no tuve pérdida, en cuanto pregunté por la taberna del zurdo manco (tenía el brazo derecho medio inmovilizado por una herida de guerra, según él) todas las indicaciones me llevaron derecho a un tugurio en la zona menos recomendable del puerto, pero identificándome como sobrino suyo no tuve, en aquella travesía, percance alguno; a pesar de cruzarme con la gente menos recomendable del lugar.


Aunque el trabajo en la taberna era duro, más que nada, porque no había horario y, según las mareas, podíamos despachar a cualquier hora. Mi tío era la oveja negra de la familia por sus andanzas, pero mejor amigo de sus amigos, respetando ese código como nadie; además de muy paliquero contando todas sus andanzas en mar y tierra antes del percance de su brazo derecho. De ahí que su taberna fuera como un puerto franco para cualquiera que entrase como un terreno neutral donde beber hasta caer como cubas, comerciar o directamente trapichear.


En ese ambiente aprendí más que en cualquier escuela, no solo las cosas de la vida, sino como negociar cualquier clase de trato, y a aprender tanto una jerga indescifrable para profanos como varias lenguas extranjeras con soltura. Así, después de unos siete años con los dieciocho recién cumplidos, mi tío me llevó a la tienda de mapas que regentaba, precisamente, su viejo capitán para acabar mi formación antes de empezar a navegar; porque saber interpretar con precisión una carta marina me serviría para embarcarme como segundo del timonel.


Fueron unos meses muy duros a las órdenes de aquel viejo cascarrabias que no permitía ni el más mínimo error o borrón en sus cartas. El cabrón las repasaba, nada más secarse la tinta, con una potente lupa que descubría la más pequeña de las faltas. Sus dos ayudantes y yo hicimos buenas migas porque yo me callaba sus copias y ventas particulares de cartas y mapas siguiendo el código que tan bien aprendí en la taberna de mi tío; y ellos, a su vez, me ayudaban a acabar con mi faena cuando el viejo capitán, entrado el ocaso, se iba a hacer cabotaje por todas y cada una de las tabernas del puerto.


Ya, en mi primer barco, quedé enrolado (para una larga travesía comercial) como segundo timonel. Tal como había vaticinado mi tío, gracias a la carta de recomendación y aval de mis conocimientos cartográficos. Navegar durante días y semanas entre aquella inmensidad de agua, sin avistar más que las estrellas en las noches despejadas, es algo indescriptible; haciendo que todo eso se quede en nada cuando, una mar embravecida, te zarandea el barco como si fuese una pluma en medio de un vendaval. 


Después de nueve meses navegando, como si de un parto se tratara, abrí los ojos y até todos los cabos. No fue por casualidad mi aprendizaje en la taberna de mi tío, ni luego los casi dos años como cartógrafo con el viejo capitán. Lo mismo que tampoco era ninguna casualidad de que el barco perteneciese a la naviera del mismo noble que ahogaba con sus alquileres la posada de mi familia y las granjas del condado que llevaba su nombre. Dicen que si hay algo que te curte de verdad en la vida es navegar y puedo dar Fe de ello.


La venganza se sirve fría y si han pasado años, como el buen ron, adquiere solera para saborearse más a gusto. Tanto mi padre como mi tío se conocieron de grumetes, haciéndose amigos inseparables, navegando al menos diez años, hasta el naufragio en que fueron acusados de piratería por encallar el barco compinchados con una banda de pillaje que esperaba en la orilla. Pero la verdad es que fue el primer oficial del barco, siguiendo fielmente las instrucciones del naviero, para cobrar un abultado seguro por una carga inexistente de especias. Mi padre, por los pelos, pudo demostrar que no estaba de turno y se hizo cargo de la que sería madre; porque mi futuro tío, forcejeando al timón con el oficial comprado, tuvo (malherido) que desaparecer para librarse de la horca. Por su parte, el capitán (mi maestro cartógrafo) fue acusado de negligencia y desposeído de la titulación.


En el horizonte ya avistamos la penúltima escala de este viaje, mi capitán (aquel primer oficial corrupto) no sabe que esa pequeña isla, donde se supone que atracaremos a repostar víveres (una motita negra pintada, a propósito, desviada ligeramente de su ubicación), es la Isla Tortuga; donde, sus viejos amigos muy ansiosos, nos están esperando.

(Casi 900 palabras)




domingo, 15 de diciembre de 2024

CONCURSO DE RELATOS ed. XLIV, jOHN LE CARRÉ, EL JARDINERO FIEL

CONCURSO DE RELATOS ed. XLIV, jOHN LE CARRÉ, EL JARDINERO FIEL

Mi pequeña copistería

Si estás en el sitio indicado y el momento oportuno, yo diría que no es venganza hacer lo correcto. Yo nunca tuve la intención de ajustar cuentas el profe que me suspendió lenguaje en COU, me hizo fácil tomar la decisión de no seguir con los estudios. Luego, cuando, unos pocos años después, casualmente me enteré de que hacía caja sin factura ni recibos vendiendo los aprobados, me molestó un poco porque yo era de los del cinco raspado y, a lo mejor sin su lucrativo negocio, yo hubiera podido aprobar su asignatura.


Mi vida había tomado otro rumbo y sin haber seguido un camino plagado de éxitos, tampoco de desgracias que me hubiesen amargado la existencia. En la actualidad yo tenía un pequeño negocio de reprografía y punto de entrega y recogida de paquetes de varias conocidas marcas de Internet. Mi horario era prácticamente todo el día, allí tenía mis cosas, equipo de música, Wifi, nevera, microondas; incluso, hasta en el almacenillo, un camastro por si alguna noche a la hora de cerrar me daba pereza de volver a casa.


Habían transcurrido casi dos décadas desde que deje el instituto y el tema de los exámenes a subasta casi se me había olvidado al poco de enterarme. Por eso cuando en uno de los paquetes vi el nombre de cierto antiguo profesor, tarde un rato en relacionarlo. Don X daba mates y recuerdo que era inseparable de Don Z el vende aprobados, De hecho creo que estudiaron al tiempo y eran de la nueva hornada cuando yo hice mi último año allí.


Aquella misma tarde cerca de las ocho (yo solía cerrar a las nueve, aunque si seguía dentro como casi todos los días si me picaban la puerta atendía sin problema) dos sujetos, unos diez años mayores que yo, entraron a buscar aquel preciso paquete que por la mañana me trajo tan agridulces recuerdos de mi último curso.


A primera vista sus caras no me resultaron ni conocidas o vagamente familiares, pero cuando el que acompañaba al que me pidió el paquete le dijo algo de ir a tomar algo a tal sitio; reconocí al momento ese timbre metálico que resultaba entre amanerado y estridente de Don Z. Ellos, por su parte, menos me iban a reconocer y por eso mi leve sonrojo por aquel inesperado reencuentro les pasó del todo desapercibido.


La semana siguiente, como un déjà vu, se repitió la misma escena, y así en lo sucesivo, cada jueves se presentaban allí los dos a última hora de la tarde a recoger su paquete. Como ya comenté al principio, yo no tenía inatención alguna de vengarme de mi examen de lengua suspendido, pero la mañana de aquel jueves el repartidor me trajo el paquete semanal de Don X con el precinto mal pegado aunque sin romper.


No me costó mucho liberar la solapa de uno de los lados para poder ver su contenido. Mi sorpresa fue mayor que cuando me enteré de la venta de exámenes. En apariencia era un libro de problemas matemáticos para aficionados, pero en su interior, y con un simple trozo de celo, había una memoria MicroSD sujeta. No se dé que color me pondría yo en aquel momento con semejante descubrimiento. El contenido de aquella memoria podría ser mucho más grave que la venta de exámenes finales de lengua o mates.


Lo primero que hice fue, como en las películas de espías, cerrar todas las conexiones de mi portátil antes de intentar copiar el contenido de tan sospechosa tarjeta de memoria. Así lo hice y volví a colocarla con su trocito de celo en el libro y cerré el paquete como si nada hubiera pasado. En cuanto a la preciada información, lógicamente, estaba zipeada y con contraseña, así que ni la más remota idea acerca de su contenido.


Aquel jueves, como ya era su costumbre, X y Z se pasaron a recoger a última hora su paquete semanal. Yo había fijado mejor el precinto y, a simple vista, nadie podía intuir que hubiera sido violado su contenido y descubierto su secreto. Yo, por mi parte, me había pasado, entre fotocopia y algún plastificado, buscando por Internet si había alguna forma de acceder a un fichero comprimido con contraseña con muchas más expectativa que éxito alguno.


Me enfrasqué tanto con aquel asunto que ni ese jueves ni los días siguientes volvía a casa a dormir tratando de encontrar solución a enigma de la memoria. Menos mal que en mi trastienda también hay un aseo completo y siempre tengo algo de ropa para cambiarme.


Fue el jueves siguiente cuando al llegar el nuevo paquete me fijé en que aparte de la etiqueta hay otra como de control con un código. Revisé la foto que se hace para justificar la entrega de la semana anterior y al meterlo como clave en el fichero este se abrió al instante dándome la opción de descomprimir su contenido.


Aquella tarde, a eso de las ocho y media, Xavier y Zacarías (que realmente así se llamaban), fueron detenidos por cuatro agentes y no, precisamente, por vender exámenes. Yo tuve que firmar un montón de papeles sobre Seguridad del Estado y confidencialidad, pero mi pequeña tienda de reprografía y paquetería es ahora una estafeta al servicio del Reino; Y, muy generosamente, soy pagado por ello.


(888 palabras desencriptadas)



martes, 15 de octubre de 2024

CONCURSO DE RELATOS XLIII ED. EL CAMINO DE MIGUEL DELIBES (La cabaña del Otoño)

 

CONCURSO DE RELATOS XLIII ED. EL CAMINO DE MIGUEL DELIBES

La cabaña del Otoño

Lo de pasar unos días o incluso semanas en un pueblo es una forma de veraneo para quienes buscan en esas fechas más tranquilidad que viajar la las típicas ciudades turísticas o pasarse el día en una playa colonizada de sombrillas. En la época estival, incluso las casas rurales pueden parecer avisperos humanos con gente deambulando todo el día y, por ende, rompiendo la armonía natural de su tranquilo enclave. 


Yo quise evitar todo eso y por ello hice mi reserva para finales del Otoño en una cabaña de montaña rehabilitada. La carretera como tal acababa a pie de valle y el paseo, lógicamente ascendente, era un camino de cabras. Por el otro lado, el de las praderías, había una pista, pero de acceso solo para los vecinos de la comarca. Mi arrendador ya me habría subido los víveres que le encargué, y yo (en mi mochila) ya llevaba lo necesario para aguantar las dos semanas concertadas.


En mi paseo, a pesar de haber perdido la costumbre de hacer caminatas, ya estaba planificando mis primeros pasos en la cabaña, como encender la chimenea y pasar revista de que no faltara nada de la comida y bebida encargada. Con esos pensamientos tan focalizados se me pasaron rápido la media hora larga de mi ascensión. La estrecha senda estaba alfombrada con las hojas de todos los árboles semi pelados del camino y el ruido que producían al pisarlas me servía como marcapasos para no despistarme más de la cuenta con tan hermoso paisaje.


La chimenea era pequeña, (al igual que la cabaña, que solo disponía de una estancia), justo enfrente de la cocina típica de leña complementada con un fogón y un fregadero. En medio una rústica mesa con tres sillas también de madera, una alacena para los cacharros y enseres básicos en el lado del fogón. Un pequeño armario y una mesita custodiaban un estrecho camastro en el hueco que quedaba libre en el lado del hogar. Este era todo el mobiliario de mi vivienda, el paisano que la alquilaba ya me advirtió que el baño era un pequeño cubil justo detrás la leñera y de que solo disponía de un depósito de agua de únicamente mil litros para lavar los enseres y el aseo personal, nada de tener agua corriente a discreción.


Por lo que respectaba a la electricidad, tampoco había suministro como tal, solo una batería y un par de placas solares en el tejado que me solventarían el alumbrado por supuesto tipo LED, pero nada de electrodomésticos o cualquier aparato electrónico de consumo medio. Hice mis cálculos y aun estando cubierto los quince días tendría energía para una lámpara sin problema, con el agua comprobé que estaba el depósito lleno, así que con duchas de tres minutos también me daría para subsistir la quincena sin carencias. En cuanto a la madera de la leñera, podría tener tanto la cocina como la chimenea todo el día encendidas, así que me quedé tranquilo.


Esa primera noche dormí como hacía años que no lo hacía a pesar de que el camastro era más duro tablao. Por la mañana, para cumplimentar el sueño, me desperté de lo más descansado y sin ganas de remolonear, así que me levanté a disfrutar de mi primer día propiamente en medio de la Naturaleza. Mientras terminaba de tomar el primer café, un rayo de luz rojiza entró por el ventanuco del lado del fregadero avisando del amanecer. Con la taza en la mano salí al exterior de la cabaña para ver mejor el momento y fue como una inspiración sentir entre tanta tranquilidad como se iba iluminando el horizonte. Mi primer día fue de exploración del territorio, en mi minúscula meseta tenía visión de ciento ochenta grados, la otra media circunferencia era la parte más escarpada de la montaña.


A pesar de convivir entre aquella aparente soledad, al estar en inmerso en tanta tranquilidad, no me suponía ninguna carencia, así que los días se fueron sucediendo, perdiendo yo por completo la cuenta de los mismos. Era como si cada amanecer fuera un reseteo del ocaso anterior y así sucesivamente. Recuerdo que cuando llovía me podía pasar horas viendo caer el agua con mi chubasquero sentando, casi agazapado, en una pila de la leñera. Por las noches, sentado en la mesa, me tomaba una copita (o dos) de ron añejo muy despacito mientras escuchaba emisoras de radio extranjeras (o únicamente el ruido de la estática) con mi receptor multibanda digital (el único artilugio electrónico con el que cargue aparte de mi inseparable ebook).


Había descubierto que tenía tiempo para todo sin estresarme, no como cuando estaba en casa, nada más tenía que ir haciéndolo sin prisa. Como tantas veces yo me había dicho a mí mismo, disfruta del camino porque es posible que La Parca te cite antes de llegar a tu destino.


Una mañana vi a mi arrendador llegar por la pista con su todoterreno sorprendiéndose al verme allí todavía. Había pasado más de un mes e iba a comprobar la cabaña y cerrarla para el invierno. Yo, lógicamente, me ofrecí a pagarle los quince días de más que había pernoctado y subí la apuesta ofreciéndome a pasar el invierno allí. De hecho, mi oferta fue comprarle la cabaña y además contratarle para subirme suministros una vez al mes. Cerramos el trato con la última copa de ron que, por fortuna, quedaba en la botella.


(<900 palabras)



lunes, 30 de septiembre de 2024

MICRORRETOS: LAS REDES SOCIALES. (La IA moderadora del chat)

MICRORRETOS: LAS REDES SOCIALES.


La IA moderadora del chat


Hace no mucho decidí darme de alta en «A tontas y locas» la red social que presumía moderarse por IA para controlar 

el respeto y la seguridad. Rápidamente, fui un Nick fijo en un canal «colegas» donde las risas compartidas, en cualquier momento del debate, era la tónica habitual. Desde el confinamiento yo empecé a trabajar en casa como muchos otros, solo que después pedí continuar siguiendo mi vida social confinada.


Ahora, con mis paliques de A tontas y locas, tengo cubierta satisfactoriamente la necesidad comunicacional no profesional. No obstante, en el último concurso de verdad o desafío me salió el reto y mis compañeros (los muy cabrones y cabronas) me mandaron a ir a una cafetería y hablar con Inka, nuestra IA y moderadora virtual.


Después de pasar dos veces por delante de la puerta, entré casi corriendo, me senté en una mesa y pedí dos cafés como mandaba el reto. A las cinco en punto me saltó una notificación del chat. Pasé un Reel mío y del lugar para demostrar que había superado mi agorafobia y yo estaba en la cafetería.


Una suave y familiar voz me llamo desde el otro lado de la mesa. Era Inka, ¿pero cómo podría ser? 

Mientras una sonriente mujer se tomaba el otro café me explicó que en el chat únicamente ella y yo éramos seres reales, el resto IAs por ella programadas; Y, viendo como yo me lo estaba creyendo todo, sintió la necesidad de ser mi amiga también en persona. 



martes, 25 de junio de 2024

CONCURSO 42 ed, LA METAMORFOSIS (fuera de concurso)

 

CONCURSO 42 ed, LA METAMORFOSIS (fuera de concurso)

El origen de todo



Anoche me acosté, como de costumbre, pasada la una, es mi hábito para que las seis horas que suelo dormir no me cojan de madrugada si me echara a una hora más temprana. El caso es que me acabo de despertar y la negrura es tan invisible a mis ojos como sólida al resto de los sentidos, sin percibir nada en absoluto, salvo mis propios pensamientos.

Sé que estoy despierto y no es un sueño o pesadilla porque desde mi negro camuflaje puedo controlar toda la puesta en escena; moviéndome, o palpando mi cuerpo, para notar su presencia. Ahora dudo de ese supuesto control, puesto que me imagino el tacto con la cama al girarme o la textura de mi propia cara.

Pienso que estoy de pies y ando atravesando la oscuridad, pero no percibo contacto alguno con el suelo, aunque tengo en mi mente el concepto de dar pasos en alguna dirección, lo mismo que la de llevar los brazos extendidos por si hubiera algún obstáculo en mi camino.

Tampoco oigo sonido alguno, haciendo que este silencio aumente mi sensación de desorientación, entre la negrura que me rodea y envuelve con tanta espesura. Mi paladar también se ha quedado inerte a cualquier sabor, imagino que me estoy mordiendo con fuerza la lengua, o tragando saliva, sin sentir nada.

Únicamente me queda ya explorar el olfato, nunca fue mi sentido más desarrollado, pero sí para diferenciar los olores, sobre todo siendo fuertes y desagradables, pero tampoco hay respuesta alguna. Ahora me siento como un ente desconexionado con su entorno, pero tan vivo como consciente de ello.

En otras condiciones esta no percepción de los sentidos me habría causado taquicardia y sudores fríos de angustia, pero el miedo también parece que me ha abandonado. Definitivamente, me he pasado al lado oscuro y mi siguiente duda, muy razonable, es si mi consciencia actual es de un ser vivo o durmiendo, me he muerto para despertarme en este literal negro más allá.

Con este último pensamiento chequeo en mi memoria buscando recuerdos olvidados, o tratando de llenar esas lagunas de datos y nombres, que tan de cotidiano en vida me llegaban a poner de los nervios. Pues sigo igual, me acuerdo de mis viejos amigos por su mote o diminutivo, pero sigo siendo incapaz de recordar sus apellidos.

Por cierto, no he dejado de caminar, aunque sea como un fantasma desde que empezó esta historia, y ya ha debido pasar un buen rato. El caso es que no noto cansancio alguno, ni siquiera en los brazos que pienso llevo extendidos para evitar tropezarme. Como sea así, toda la eternidad, vaya aburrimiento, paso de que mis sentidos se hayan desconectado; pero que no me hayan vuelto todos esos recuerdos olvidados, con el paso de los años de mi vida, me parece una mierda.

Yo, siendo ateo convencido, no tengo Dios a quien reclamar y diría que es muy frustrante, pero tampoco me cabreo por ello. Encima de un insulso, sin percepción alguna, ahora también soy un pasota, por lo que ni necesito el tan implorado recurso del pataleo; vaya mierda de película es esta de estar en el barrio de los muertos, como no ves ni oyes ni nada, podemos estar rodeados de gente igual que nosotros (muertos) sin enterarnos.

Ahora pienso en pararme como señal de rebeldía y protesta, pero como no me canso y nadie me va a ver, que me daría lo mismo. Dando una vuelta a esto, filosofando como diría aquel, le veo su lógica a que el Universo supuestamente infinito, en su mayor parte, sea solo vacío. Y ahí, invisibles para nosotros, los muertos y para los vivos al no tener materia, esa nada sea el cementerio universal. Joer estoy sembrado, acabo de descubrir el misterio de la Vida y del Universo como si fuera una adivinanza infantil, soy la hostia aunque nadie más lo sepa.

—¡Ah, qué cansado me encuentro! Tengo las piernas como si hubiera estado toda la noche caminando y los brazos me duelen más que cuando me apunté al gimnasio y me quise poner en forma levantando pesas. Voy a ver si me acuesto primero y ceno más ligero, no puede ser que el despertador me haga saltar de la cama como a una rata que ha pisado un cable eléctrico pelado. Pero lo que no acabo de entender son los moratones que tengo por todo el cuerpo, parece que me han dado una golpiza profesional, me duele todo. Esta noche me pongo una cámara de vigilancia en el cuarto, a ver si resulta que tengo un vecino cabrón que viene a darme una paliza mientras duermo. Algún chismoso me habrá visto en la farmacia coger los somníferos que me receta el médico de familia (por mis problemas de insomnio) y como yo soy el viejo cascarrabias de la comunidad se vengan así, cuando más indefenso estoy. Pero, qué gente más mala, hay hoy en día. Bueno, voy a tomarme un café bien negro a ver si me espabilo.

Respiro el aroma de mi café recién hecho y al contemplar su negrura, mientras lo soplo para no quemarme, me viene un vago recuerdo.

—Anoche soñé algo como que resolvía el gran misterio de la vida, pero no recuerdo cuál era. Esta memoria mía siempre me hace la misma jugada, ni que yo fuera sonámbulo.

lunes, 15 de abril de 2024

Concurso de relatos 41ª ed. La casa de los espíritus de Isabel Allende. (Dogy y yo)

 

Concurso de relatos 41ª ed. La casa de los espíritus de Isabel Allende

Dogy y yo

Yo nunca he tenido miedo de fantasmas o espíritu alguno y no porque no creyera en ellos, más bien porque entendía que de existir estarían en otro plano diferente a nuestro tiempo espacio. Con esa teoría mía, tan de andar por casa, me quitaba de encima cualquier temor al respecto. Sí, he tenido alguna alucinación a lo largo de mi vida, como oír voces donde no había nadie, o incluso alguna noche despertarme sintiendo un roce en mi cara, o hasta creer ver entre sueños una sombra desvanecerse.


Mi mascota, más bien mi compañero, es un perro de estos multirazas callejero (seguramente abandonado cuando dejó de ser un gracioso cachorrillo) que se buscaba la vida como podía entre las sobras de los contenedores y algunos restos de meriendas del parque, donde fijó su residencia hasta que nos hicimos amigos. Yo con poca cosa que hacer y menos ganas de rutinas diarias después de mi retiro laboral, únicamente me fije la obligatoriedad de ir paseando hasta el parque una o dos veces a la semana para no apoltronarme más de la cuenta.


El camino que tomaba era el transversal para evitar pasar por las calles más concurridas de personas y vehículos. Así mi paseo, entre la ida y la vuelta, era doble que yendo a derecho, pero a mis piernas y mi salud mental (por el ajetreo) le venía mucho mejor esto y durante esas dos horas aproximadas yo ya cumplía con mi auto obligación semanal. De esta forma, fue como conocí a un joven chucho, pero más desgarbado que esbelto por su mala alimentación; mi nuevo amigo.


Yo me solía sentar en el mismo banco siempre, el más apartado del resto, pero a la sombra entre dos buenas copas de árbol. En aquella época me llevaba una bandolera de cuero donde no faltaba un termo con café caliente y un par de sandwiches bien envueltos para que no mancharan el forro de mi rústica bolsa. Lógicamente, era mi desayuno de media mañana, que después de la hora de caminata me apetecía de muy buena gana. En aquella ocasión, justo al desenvolver mi sabroso bocadillo, noté como un hocico asomó tímidamente bajo mis pies olisqueando el manjar.


No me asusté porque rápidamente lo reconocí como el de un perro más hambriento que intimidante. Tire una esquina del triángulo de pan delante de mí para ver la reacción de mi semi oculto vecino. Este, despacio, salió del sitio y después de oler mi ofrenda con delicadeza se la fue comiendo. Me gustó esa actitud tan educada para ingerir aquellas migajas. Al final se acabó comiendo la mitad de mi desayuno como quien no quiere la cosa, pero del todo encantado.


En cosa de una semana (empecé a ir a diario al parque) mi nuevo amigo ya me iba a buscar a la entrada del parque e íbamos juntos al banco a desayunar. Yo ya fui previsor doblando la cantidad de comida. Al marchar, el animal también hacía el camino de vuelta, pero a unos metros de la entrada se despedía al quedarse parado y no siguiéndome más. Fue entonces cuando tuve la idea de adoptarlo y le compre todo lo necesario para trasladarlo a mi piso. Fue curioso que, cuando le puse el collar, aceptara también de buen grado ir de la correa, pensé que él ya lo tenía previsto; lo mismo que, la parada en el veterinario, para su revisión y el resto del papeleo.


La primera noche en casa tampoco fue problemática, seguro que Dogy recién vacunado lo que más querría seria descansar. Siendo su primera noche bajo techo quise que estuviera calentito en la sala y como en febrero la casa estaba todavía algo fría, puse mi vieja catalítica de butano para caldear un poco la estancia. Yo también esa noche estaba más cansado de la cuenta y me acomodé en el sofá viendo un Western clásico por el televisor, al poco ambos nos debimos de dormir muy placidamente. La película se me fundió en negro y yo creo que esa noche ni soñé. La luz de la nueva mañana nos despertó a los dos y como no, fuimos sin falta al parque. Sentarnos en aquel banco más apartado era nuestra costumbre y ahora, viviendo ya los dos juntos, no teníamos por qué cambiarla.


Esa es una rutina que nos muy viene bien a los dos, después de ese largo paseo, al llegar al hogar, solo nos apetece acostarnos y dormir. Yo desde entonces, con mi compañero en casa, descanso como nunca, es cerrar los ojos y todo se funde en negro a mi alrededor, sin sueños o pesadillas molestas hasta despertar a la mañana siguiente. Al final, gracias a Dogy mi perro hijo de mil razas, las rutinas me resultan imprescindibles; de antes, seguramente, las rechazaba por estar solo más como una pataleta que por rebeldía.


Hoy, sentados en nuestro banco, se han puesto al otro extremo una pareja de media edad hablando acerca de un viejo y su perro que llevaban un mes muertos por el monóxido de carbono. No me he enterado de mucho más, pero sí que hay gente descuidada y no es consciente de lo peligroso que puede resultar una vieja estufa de butano. Bueno, veo que Dogy está correteando con otros perros, aunque solo uno parece verle y jugar con él; no hay prisa, podemos seguir, tranquilamente, un rato más aquí.



(898 palabras)





jueves, 15 de febrero de 2024

CONCURSO DE RELATOS 40ª Ed. EL VIZCONDE DEMEDIADO de Italo Calvino




El Alma se viste con negra capa


Cuando mueres, no vas al Cielo o al Infierno, según tus actos hayan sido buenos o malos. No voy a decir que sea una falacia de los diversos cultos religiosos, pero sí que es una verdad a medias bastante discutible. Que nacemos inocentes y puros es un hecho, al igual que también con un lado oscuro, y que según vayamos actuando en la vida se irán desarrollando. Por eso, cuando nos llege la hora, nuestra brillante Alma estará cubierta, con una fina o más espesa, capa de oscuridad.

Y como nadie ha vuelto del otro lado a desmentirlo, seguimos con la misma canción. Otro argumento basado en una especulación, o sea que si quieres te lo crees o no. Ahora voy a hacer un espóiler de esa película, así que a quien no le guste saber lo que pasa en esa situación pasar mejor no siga leyendo. También es únicamente mi palabra, puede dársele crédito o tomarla como la ensoñación de un desequilibrado.

Avisados, los navegantes, paso a contar mi experiencia:

Yo no era ni bueno ni malo, mis sentimientos, algo de moral, y una pizca de ética, mantenían a raya mis deseos más oscuros. Por eso de cara afuera pasaba por un tipo tan corriente como cualquier otro, pero de puertas adentro tenía mis cosillas y hasta alguna reprimida maldad. Mi última acción en el mundo fue, precisamente, un momento de tensión entre los buenos principios y una de mis negras inquietudes. 

En mi jubilación empecé a cumplir dos deseos que tenía ya desde crío, leer y viajar en tren. Era algo que gracias a mi abono ferroviario podía hacer con bastante regularidad. Mis trayectos eran de media distancia, iba por la mañana volviendo esa misma tarde y durante el camino me leía una novela de aventuras, o intriga, como las de mis años jóvenes; nada de cosas complicadas.

Durante mi último viaje, ya de vuelta enfrente mío, se sentó una señora algo menos mayor que yo, pero con buen porte y elegante. Después de cruzarnos un breve saludo con dos palabras y un gesto, ella sacó un libro (creo que de poesía, no es mi fuerte) y me imitó la pose lectora.

Mi lado oscuro tomó el control de la situación, no permitiéndome continuar con mi aventura literaria. Tengo una debilidad enfermiza, y es mi timidez, con las mujeres que me resultan atractivas, pero mi diablillo busca la forma de compensarlo quitándolas algo suyo; nada valioso, más bien simbólico, como un cigarrillo o un pañuelo de papel.

La hora siguiente me la pasé pensando que recuerdo de esta mujer me podría llevar, lo necesitaba imperiosamente. No había nada a la vista que me sirviera, igual fumaba pero en el vagón no tenía excusa y tampoco yo poseo Rayos X para ver a través de su bolso. Me puse muy nervioso cuando me di cuenta de que un botón de la manga de su blusa andaba colgando, pero aun siendo un buen trofeo no encontraba el modo para arrancárselo sin que se diera cuenta.

Estaba por completo fuera de mí y gracias al libro que me tapaba la cara, si no creo que mi compañera de viaje habría adivinado mis oscuras intenciones. Intentando disimular mi inquietud mirando por la ventanilla fue cuando en su lado de mesita había dejado una tira de cartulina serigrafiada con una publicidad, era un marcapáginas; sea como fuera, antes de salir del tren, habría de ser mío.

Cuando se encendieron las luces, por el ocaso de la tarde, cerré mi libro y lo posé muy cerca de su señalizador, únicamente restaba de que ella se olvidase de él para poder ocultarlo dentro de mi novela de aventuras. Con premeditación, alevosía, y nocturnidad, aproveché la entrada al último túnel para recoger mi libro con el marcapáginas en su interior.

Al ir a guardar la novela en mi bolsa de viaje, ella súbitamente cerró su libro para hacer lo propio. Y fue entonces cuando mi temblona mano dejo que se escarpara la tira de cartulina que revoloteo hasta los pies de mi acompañante. Ella, al verlo planear, con un tono entre serio e irónico, me dijo que me lo podía quedar. Yo me sentí morir de la vergüenza y así fue.

Mi Alma se desprendió de su capa negra y como un pájaro se fue volando a una infinita nada, tan oscura como su plumaje. Ahora, ya desprovisto de mi maldad, la parte pura empezó a vislumbrar una claridad creciente que lo inundó todo con su luz. Estaba claro que yo había cruzado el otro lado, por eso quise hacer una prueba para ver si mi luz podía conectar con mi oscuridad. Hice un esfuerzo supino como de cerrar los ojos y, efectivamente, una negrura volvió a cubrir mi Alma. Repetí el experimento varias veces, con el mismo resultado, hasta que note como un zarandeo que me arrastró hasta al mundo de vuelta.

Las mejillas me ardían como si, además del rubor, también hubiera sido abofeteado. Mi compañera de viaje, me miró aliviada al verme abrir los ojos y creo que, hasta me medio abrazó, por mi regreso de la muerte.

Esta es mi historia y mi amiga Lea lo puede corroborar, me salvo la vida y me curo de paso la timidez. Aquel mismo día, saliendo de la estación, la pude invitar a cenar sin siquiera tartamudear.

(<900 palabras)



miércoles, 31 de enero de 2024

Los colores (El Tintero de Oro) Otra participación

Los colores

Blanco y Negro

Yo soy escritor de tomar notas para que luego mis momentos de lucidez creativa no se vayan por donde vinieron. Así que siempre llevo un pequeño cuaderno de tapa fuerte y un portaminas de trazo medio para anotar cual detective literario, las claves que mis musas me han mostrado.

Aquella hermosa tarde me invitó a sentarme, a contemplar el mar en calma, y al momento empecé a visualizar una aventura en un crucero vacacional. Con mi mirada perdida en el horizonte fui viendo toda la película.

Traté de anotar algo en mi cuaderno para no perder nada de aquella historia de romances y robos de guante blanco. Pero para mi desdicha mi libreta quedó tan blanca e inmaculada como cuando la saque del bolsillo.

Al llegar a casa ya se me habían olvidado todos los detalles interesantes de aquella aventura marítima. No obstante, me senté enfrente del teclado y saque mi cuaderno por completo en blanco.

Con calma fui pasando las hojas al tiempo que tecleaba sin pausa. Cuando llegué a la última hoja en blanco ya tenía en la pantalla escrita una historia náutica completa; pero el barco era un viejo velero, compitiendo en una regata transoceánica, con una variopinta tripulación.


Hasta un cuaderno en blanco puede hacer volar la imaginación

lunes, 29 de enero de 2024

Los colores. (El Tintero de Oro)

 

Los colores

La ruta

Los días soleados invernales, de impoluto cielo azul, son señuelos para caer en la trampa de hacer una ruta de montaña. Aquel sábado coincidió que todos mis compañeros de caminatas estaban celebrando tan buen tiempo fuera de la ciudad, pero yo opté por darme un paseo por la senda del valle que rodeaba el parque del Pico Blanco. Sí, eran veinte kilómetros, pero de baja dificultad, con todos sus caminos y cruces muy bien señalados. Mi excursión comenzó a medio día, pero para la hora de la merienda ya estaría de vuelta.

El azul entre las copas peladas de los árboles contrastaba con la fina alfombra de nieve que cubría el camino, siendo algo más espesa en el sotobosque. Con el sol a mi espalda, iluminando tan hermoso paisaje, yo no podía por menos que parar (a cada momento), para inmortalizarlo en Instagram.

Mi entusiasmo artístico se truncó cuando el anaranjado ocaso (junto con la batería del móvil) me hizo recordar que todavía estábamos en invierno con menos horas de luz. Por la última indicación me encontraba justo a mitad de camino y, tanto seguir adelante como retroceder sobre mis pasos, me daría lo mismo.

Mientras iba entrando la noche, también una bruma empezó a llenarlo todo hasta convertirse en una tupida niebla, tan gris como húmeda; sentenciando así mi caminata. Acabé totalmente desorientado, en tan fotogénico escenario, con aquella parca negrura. Yo nunca pensé que esta sería mi última ruta; pero, para la prensa del lunes siguiente, así fue.

viernes, 15 de diciembre de 2023

Concurso de relatos 39ª Ed. Harry Potter y la piedra filosofal de J. K. Rowling

 

CONCURSO DE RELATOS 39ª Ed. HARRY POTTER Y LA PIEDRA FILOSOFAL de J. K. Rowling

Mi amigo Enrique y yo

Desde que, de niños, nos conocimos, Enrique y yo fuimos inseparables. Hasta ese punto llegó nuestra cómplice amistad, pero con el paso de los años la fui ocultando para evitarme ser tachado, cuando menos, de infantil.

Recuerdo mi último curso de primaria como el detonante de lo que acontecería después de aquel verano. Mis notas fueron bajando hasta aprobados rasos, en gran medida por dedicar el tiempo de estudio a encontrarme con Enry. Nos lo pasábamos tan bien los dos solos que todo lo demás me parecía un aburrimiento insufrible.

Fue, precisamente, mi amigo quien me advirtió del cambio de escuela para el curso siguiente; él siempre se enteraba de todo. Mis tutores legales, un pomposo abogado de media edad y una prima segunda mía de la misma quinta, eran los que se ocupaban de mi educación desde que mis padres fueron clientes (a pensión completa) de un sanatorio mental para gente bien.

Por mis justas calificaciones, a esa siniestra pareja (que lo era en todos los sentidos) de tutores míos, le vino la feliz idea de deshacerse de mí en un colegio mayor de gran renombre, pero tan distante y aislado de la civilización que ni un pobre diablo se acercaría. Un internado tan veterano como inexpugnable que en tiempos fue convento de clausura y hasta seminario. Y, desde hace unas décadas, un centro educativo para adolescentes con medios pero algo problemáticos.

Yo ya sabía como las gastaban mi prima y su abogado, esperarían hasta casi inició del curso para darme la buena nueva. Pero gracias a mi inseparable amigo, cuando ellos vinieran ya estaría de vuelta y bien preparado para el cambio que se me avecinaba; al menos, Enrique, estaría también conmigo en el nuevo colegio. No había mucha información por Internet salvo la web oficial y, por su sobrio aspecto, parecía más dedicada a satisfacer los gustos vengativos de padres y tutores que del bienestar de sus internados.

De las actividades de mi futura cárcel estudiantil la única que me gustó fue que había esgrima y ajedrez. Por las indicaciones del reglamento interno del que tanto se enorgullecía el centro, aquello era un copia y pega de las estrictas normas de un convento de clausura y la disciplina de una academia militar.

El primero de septiembre, en la comida familiar, mis tutores a coro me lanzaron la noticia como un premio para mi desarrollo intelectual que no podía rechazar. Y casi sin tiempo, para acabarme el postre, fui llevado a la estación a coger un tren que por la noche combinaría con un expreso que al día siguiente, cuando menos, me dejaría cerca de Transilvania. Luego un autobús, este ya del colegio, nos recogería para hacer la última etapa de esta odisea de viaje. 

La verdad es que disfruté del viaje, Enrique y yo no nos separamos ni un momento preparando estrategias para las previsibles novatadas que nos esperarían siendo los de primer curso. En la segunda jornada de tren echamos un vistazo por todos los vagones buscando algún posible interno más y únicamente dimos con un grupo sospechoso, pero por desgracia uno o dos años mayores.

Al subir al bus pude confirmar que los cuatro chavales del tren eran del colegio y, por sus miradas de reojo, que ya se relamían cual gatos de lo que me harían esa misma noche en el internado. Para no delatarme, durante las tres horas de trayecto por aquella sinuosa comarcal en la tartana, con Enrique solo hablé con gestos y señas como solíamos hacer cuando queríamos pasar desapercibidos. 

El recibimiento fue tan frío como cabía esperar en semejante penal, ya contaba con ello, y me asignaron una pequeña celda como a cualquier otro novicio. En la cena, todavía por señas, Enry me dio a entender que éramos los primeros en llegar, pero que al día siguiente vendría el resto. Estaba claro que los cuatro veteranos esa misma noche se estrenarían únicamente conmigo.

Sabiendo lo que pasaría tenía dos opciones: retrasar la novatada, bloqueando la puerta con la silla y dos cuñas que me había preparado, o enseñar mis cartas desde el primer día. Opté por lo segundo y ni siquiera eché la llave, pero sí giré el espejo, lo justo, para que la tenue luz del patio (reflejada de la ventana) dejara una esquina de la habitación en completa penumbra.

No se hicieron mucho de rogar mis bromistas compañeros. Como cuatro fantasmas (enfundados en sábanas) sigilosos entraron en mi cuarto poniéndose cada uno en una esquina de la cama con la intención de asustarme cruelmente. Al tercer intento de su ulular se dieron cuenta de que intentaban intimidar a una almohada tapada.

Yo les observaba mimetizado con la penumbra de esa esquina ciega hasta que no pude evitar una carcajada al ver su frustración por aquel ridículo. Entonces, al quedar delatado, se volvieron desafiantes y me maldijeron, acercándose raudos con intención de no errar nuevamente.

Otro maldito autista que se cree muy listo, dijo el más bravucón. Enry ya no pudo contenerse ante ese insulto e hizo aparición; él no necesita sábana alguna para parecer un espectro. Los cuatro fantasmas de guardarropía salieron despavoridos, casi atravesando la puerta, al no acertar a abrirla.

Cuando un médico me diagnosticó Síndrome de Asperger, mi tío tatarabuelo Enrique (el que se ahogó de niño en el Titanic) se me empezó a aparecer; con su traje de marinerito, para hacerse mi mejor amigo.

----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
(900 palabras)




domingo, 15 de octubre de 2023

CONCURSO DE RELATOS XXXVIII ED. MATAR UN RUISEÑOR DE HARPER LEE. "Los olvidados del sótano"

 

CONCURSO DE RELATOS XXXVIII ED. MATAR UN RUISEÑOR DE HARPER LEE.



Los olvidados del sótano

Las oficinas, sobre todo las que ocupan un edificio entero, son en sí mismas una completa sociedad en horario laboral; cual hormiguero humano.  En mi primer año laboral yo fui una mezcla entre becario, chico de la fotocopia, y cartero, de una importante firma únicamente nacional; Pero, eso sí, con un inmueble propio de seis plantas.

En este tipo de empresas la lógica piramidal establecía que cuanto más arriba llegaras también lo haría el salario así como que el trabajo se basaría en tomar decisiones sobre las tareas de la planta inferior. Por ello, los jefes ejecutivos de la sexta aprobarían, o no, los procesos de los directores generales. Y estos, a su vez, sobre los objetivos de los responsables de departamento de la cuarta planta.

Llegar a encargado de sección era la meta profesional a la que los empleados normales podíamos aspirar, aunque quedarse en técnico de departamento del segundo piso o de servicios de la primera era lo más habitual; incluso, de atención al público, en la planta baja.

Yo aquel año empecé desde abajo, en el mismo sótano donde se ubicaba el archivo y custodia de toda la documentación de la empresa. Tanto la física como la informatizada en el servidor. De ahí mi multifuncionalidad, fotocopiando, escaneando, o como cartero recogiendo y entregando sobres por todas las plantas.

Mi jefe (jefa) era el único responsable departamental que no tenía su despacho en la cuarta planta como sus homólogos. En su primera etapa laboral, gracias a un curriculum con tres licenciaturas y dos doctorados (ni los de la sexta tenían ese nivel académico), promocionó rápidamente. Pero en aquella época era la única mujer titulada y, las mentes mal pensantes, vieron a Dios creando un responsable de archivo y custodia de documentación. Y algo que iba a ser puntual y provisional pasó a ser una cadena perpetua dado que aquel (hasta entonces) infravalorado departamento empezó a ser eficiente y operativo gracias a ella.

Con el paso de los años, los de arriba (muy intencionadamente), se fueron olvidando de aquella perla relegada al sótano del edificio. Y mi jefa, por su parte, fue asumiendo asumió que allí acabaría su carrera laboral; sin más reconocimiento que el de su perfecta organización (y la correspondiente prima), pero sin opciones de subir planta alguna. Y eso que, cuando yo fui contratado, en la sexta ya había una ejecutiva (una simple licenciada, pero hija de uno de los socios); más dos arpías en el quinto piso, la de directora de recursos humanos y la de compras (también con algún apadrinamiento poco transparente).

Estuve tres meses a prueba y doña Reme (para su mala estrella Remedios se llamaba mi jefa), a pesar de ser bastante estricta (y hasta gruñona) me permitió seguir; a pesar de varias torpezas acordes con mi inexperiencia. Ella no era tan vieja como para ser mi madre, pero sí esa hermana mayor mandona y seria. El caso es que en un par de años, en aquel sótano nos quedamos nosotros dos solos, mis otros compañeros (todos con alguna tarjeta de alguien superior) promocionaron de planta. Y, estando ya todo informatizado, la empresa consideró que, con un responsable y un ayudante, el departamento de documentación y custodia ya estaba bien dimensionado.

Mi temprana promoción (aun siendo allí abajo) me vino muy bien económicamente y sé que Remedios tuvo mucho que ver con ello. En los siguientes años optimizamos tanto el departamento que salvo para los buitres de la sexta establecimos un horario de entrega y recogida de documentación que, a pesar de las críticas de los de la cuarta y quinta planta, mejoró aún más nuestra eficiencia. Tal vez por eso, nuestros compañeros de arriba, nos pusieron los motes de la bruja y el chupatintas del sótano.

Yo ante aquel menosprecio, una mañana tomando un café los dos (dentro de nuestra cueva habíamos habilitado un cuartito a modo de cocina), rompí el hielo jerárquico y empecé a tutear a Remedios. Ella (mi superiora) ya lo hacía desde el primer día y, entre risas, me dijo: «Ya has tardado en decidirte». 
Aquel momento fue tan mágico, en muchos sentidos, que a ambos nos libró de todo el mal rollo que ese sótano nos había provocado.

Nos habíamos liberado de esa enfermiza frustración laboral reflejada en nuestros rostros, ahora podíamos mirar con cordialidad; y, hasta cómplices, sonreír. Nuestra metamorfosis motivó en todo el edificio el rumor de que fijo manteníamos relaciones. Con la próxima absorción de la empresa por una multinacional, los de arriba decidieron que los amantes del sótano (como nos llamaban ahora), sobrábamos; máxime teniendo tan automatizado el departamento de archivo y custodia.

Una comitiva encabezada por la directora de recursos humanos y cuatro o cinco pedorros más de los últimos pisos bajaron a nuestro sótano a avergonzarnos por nuestra falta de pudor y decencia, exigiéndonos con intimidación (literalmente insultos) firmar 
un despido por causas objetivas para evitar juicios y más escándalos. Reme y yo, después de mirarnos con sorpresa, no pudimos evitar soltar una carcajada.

La sentencia en el juicio fue muy clara, tanto que ninguno de aquel comité puritano forma parte de la plantilla de la nueva empresa. Nuestro sistema de trabajo incorporaba numerosas cámaras de seguridad y lo único escandaloso que recogieron fue aquel amago de linchamiento. Ahora, Reme dirige el centro de datos de la multinacional desde una séptima planta; y yo, soy su compañero, a jornada completa.

miércoles, 27 de septiembre de 2023

MICRORRETOS: LA INSPIRACIÓN | FUSIÓN VADERETO & EL TINTERO DE ORO

 
MICRORRETOS: LA INSPIRACIÓN | FUSIÓN VADERETO & EL TINTERO DE ORO

No todo lo que reluce es…

La falta de inspiración es un agujero negro del que no se salva Musa alguna, ni la de la mayonesa. Ante esto, únicamente, me queda pasear cada día hasta circunvalar mi pequeña ciudad y volver al punto de partida como en un bucle estéril de cualquier contenido.


Aquella tarde, con la mirada perdida en la geometría del adoquinado, al lado de un contenedor habían depositado un montón de objetos de oficina todos polvorientos viejos y destartalados. Al llegar a su altura un brillo metálico entre tanta sucia carpeta me hizo parar para identificar su naturaleza.


Un machacado tintero dorado en su esplendor y ahora solo amarillento era el objeto en cuestión. El veterano portador de tinta ocultaba un mensaje que al limpiarlo descubrí cuando en casa (colecciono objetos venidos a menos como yo mismo). La inscripción en la base de metal era cuando menos curiosa: «pídeme un deseo y lo verás por escrito».


Esa misma noche tuve un sueño de lo más raro en el que yo escribía como un poseso mojando una y otra vez el plumín en la tinta de mi viejo tintero dorado. Por la mañana me acerqué a una papelería y compre tinta, plumas, y cuadernos de caligrafía.


Bien, si Las Musas me han dado la espalda y La Imaginación con ellas (de orgía) fijo se haya ido, yo no me pienso rendir y por aquí seguiré con el plan B; aprendiendo a escribir, literalmente, con estilo y buena letra.

jueves, 15 de junio de 2023

CONCURSO DE RELATOS 37ª Ed. DESDE RUSIA CON AMOR de Ian Fleming (Mi primera misión)

 


Mi primera misión

Este maldito horario de verano me hizo retrasar la misión hasta casi las diez de la noche —por lo que tarda en anochecer y andaré justísimo de tiempo—, pero hoy jueves quince de junio es el último día en que puedo conseguir la documentación. Una media pinza —por supuesto de madera, las de plástico suelen romperse— que dejé por la mañana en la ventana del laboratorio de química cumplió con su cometido y no necesité de mucha fuerza para abrirla y colarme dentro.


Ahora venía la parte más complicada del plan, cruzar todos los pasillos sin disparar las alarmas de presencia. Para ello me pasé dos semanas haciendo un reconocimiento exhaustivo de todas las zonas de paso, cruces entre ellos, y por supuesto cada uno de los puntos donde estaban los dichosos sensores. Igual que un comecocos —con un detallado plano en mi móvil— fui dando vueltas y rodeos para evitar la mayoría de esas trampas. Pero con los chivatos, que estaban entre dos pasillos, no me quedaba otra que pegarme como calcomanía a la pared y deslizarme muy despacito.


Únicamente, me tuve que restregar tres veces —pensando para mis adentros que a la tercera sería la vencida— y en cada uno de esos largos minutos mis aceleradas pulsaciones parecían retumbar como un eco delator. No obstante, yo no quitaba ojo a la cajita radar por si encendía su piloto rojo a mi paso; y por ende la cámara que llevan incorporada. Sabía que por ruido no se dispararían, su micrófono se activa junto con la imagen cuando detectan algún objeto (persona) en movimiento delante suyo.


Por fin, ya estaba delante del pasillo de los despachos y su WC particular. Otra fase de mi elaborado y exquisito plan conseguida, el premio estaba cerca, pero todavía tenía que preparar mi huida y todo dependería del gato del conserje; que sería mi llave para marcharme de rositas. Accedí al servicio y abrí el ventanuco de ventilación —está claro que si fuera más grande lo habría usado como acceso y me hubiera evitado el videojuego en vivo—, con la mano pude alcanzar una cuerda que, justo antes de entrar, había dejado en la repisa. Al tirar de ella una bolsa de lona (de la medida justa) pasó por el pequeño hueco. Abrí un poco la cremallera para comprobar que su contenido estaba bien. Un tierno maullido me lo confirmo, Fleming se estaba desperezando.


Me pasé una buena temporada mimando con chucherías para gatos a esa pasota bola de pelo blanco; así que, por unas galletitas, se debió pensar que lo de meterse en la bolsa era un juego más. Es curiosa la historia de este animal, por su aspecto era como de angora con tintes callejeros. Sus dueños, seguramente de la zona pija, lo abandonarían por aquí —justo al otro extremo—, para que no acertase a regresar. El caso es que el conserje lo vio hurgando en los cubos de basura y, aunque intentó espantarlo, el gato se mostró mimoso y noble; por esa buena actitud quedó oficiosamente empleado como la mascota del centro.


Volvamos a la misión que el tiempo corre, y necesito de cada segundo, para el éxito de mis intereses. La puerta del despacho del director es de cerradura normal y pomo como el resto, además no se cierran con llave porque es fácil que se boqueen; ya ha pasado alguna vez y desde entonces la llave es solo para girar el resbalón. Esta información la viví de primera mano un día que tuvo que venir el cerrajero y también aprendí que con la holgura del marco, una tarjeta de plástico, y algo de maña se pueden abrir. La única pega es que, cuando yo intente forzarla, el sensor de la entrada del personal me detectará; aunque la cámara de seguridad, aquí independiente, apunte hacia el acceso a la calle.


Pongo el cronómetro en marcha, máximo diez minutos es lo que tardara en llegar la patrulla del barrio; y el conserje, que vive en los bloques de enfrente, parecido al oír la sirena y luces de la alarma. A mi cuarto intento con la tarjeta un clásico ulular con destellos rompe el plácido silencio. Bueno, ya estoy dentro del despacho y nada más me falta abrir el archivador para recuperar mi expediente y de paso el de algunos compañeros más. Para esa pequeña cerradura me hice una llavecita maestra con ayuda de una disimulada foto al llavero del director. Misión cumplida, he dejado las carpetas inmaculadas y hasta septiembre no se mirarían, además Don Norberto (Doctor, le gusta más) se jubila; y el nuevo Míster, no tendrá ni idea de lo que allí pudo haber archivado.


Mi plan de huida es de encaje de bolillos, he sacado a Fleming de la bolsa y con una galleta he conseguido que se acerque hacia la puerta de entrada y justo la policía llegando a la verja exterior. Y al poco Jaime llaves en mano. Con un espejito controlo cuando el señor Bonet (el conserje) mete el código y se apaga la alarma. Rápido, como una centella, recorro los pasillos hasta el laboratorio de química y salgo por donde entré.


Fleming será una mimosa cabeza de turco y yo estaré en casa para las once; dije, explícitamente, que iría al cine a ver una película de espías. Y mañana, en el instituto, ni compañeros, ni profesores, sabrán el motivo de mi sarcástica sonrisilla. 

(900 palabras)