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viernes, 31 de marzo de 2023

MICRORRETOS: DE LA ESCENA... ¡AL MICRO! (El tercer hombre)

 

MICRORRETOS: DE LA ESCENA... ¡AL MICRO!


Da la cara julandrón 

El eco de unos pasos desacompasados rompe el silencio de una fría noche otoñal entre sus desalmadas calles. Una escasa iluminación, casi sepulcral, y el repiqueteo de mis pisadas por el adoquinado suelo hace, si cabe, más desapacible mi deambular por las mismas. 

Para la bebida siempre he tenido buen aguante, pero en estos tiempos de escasa solvencia he tenido que ir a lo más barato y eso parece que me afecta en mayor medida. Al menos, los ardores de estómago me inhiben del frío en tan desapacible noche: y ese alcohol de garrafón en sangre también me ayuda a nublar el cerebro de mis tormentosos y contradictorios pensamientos.

Doblando la esquina percibo un doble eco de pisadas, me vuelvo instintivamente, al tiempo que veo una fugaz sombra ocultándose en el quicio de un soportal. Me acerco para exponer a mi perseguidor, no tengo la noche propicia para jueguecitos. Únicamente percibo la puntera de unos buenos zapatos que sobresalen quedando el resto de la silueta mimetizada entre la oscuridad. Un pequeño gato se acerca y empieza a ronronear a sus pies, eso me hace dudar de las malas intenciones de mi oponente.

Así todo, le grito, le interpelo con acritud, para que se dé cuenta de que no me ha pasado desapercibida su presencia. Tengo éxito porque en la casa de enfrente se enciende una luz ante la escandalera de mi regañina. Ahora, como si se hubiera levantado el telón, veo las cínicas facciones, y tan familiares, de mi acechador.

(250 palabras más el título)

miércoles, 19 de octubre de 2022

CONCURSO DE RELATOS XXXIII ED. EL GRAN GATSBY DE FRANCIS SCOTT FITZGERALD (Fuera de concurso)

Bueno, compañeros y lectores, para no marearos con entregas sueltas, aquí van cuatro relatos fuera de concurso que creo cumplen con lo solicitado; aunque sea a mi manera. Y para dar un respiro, a cada historia le he puesto una canción o tema musical.
Saludos y gracias.

martes, 4 de octubre de 2022

CONCURSO DE RELATOS XXXIII ED. EL GRAN GATSBY DE FRANCIS SCOTT FITZGERALD

 

CONCURSO DE RELATOS XXXIII ED. EL GRAN GATSBY DE FRANCIS SCOTT FITZGERALD


Mi querida Geisha

Cuando vi la reforma del bajo, que hasta entonces había sido una papelería, no tuve curiosidad alguna sobre a que se dedicaría el nuevo negocio. Cada mañana, yendo a trabajar y por la tarde regresando, durante aquel fresco otoño al pasar por delante del local en obras, miraba con desgana la evolución de las mismas.

Justo antes de las Navidades, cual flor de diciembre, un rótulo de gran inauguración, casi llenando el cristal de un generoso escaparate, hizo que me fijara en el nuevo comercio que casi a diario durante las últimas semanas había visto reformar. El misterio quedó resuelto al leer el nombre: 

Artesanía Oriental

Ese mismo viernes cuando volvía de la oficina vi bastante expectación en la tienda de marras y con acierto deduje que era la inauguración. Como vecino del barrio, sin tener otra cosa mejor que hacer, decidí echar un vistazo al local y de paso aceptar la copa de vino español que ofrecían como bienvenida. 

El interior del local era diáfano, salvo por una gran barra en escuadra y dos pequeñas cabinas al fondo que serian probadores de ropa. La artesanía estaba en vitrinas detrás mostrador en ele, así evitarían toqueteos innecesarios de la misma o fatales accidentes. En el lado opuesto, entre grandes percheros repletos de ropa, varias estanterías bien surtidas de complementos conformaban el resto del mobiliario.

Nada me causo mayor impresión, ni las prendas ni los adornos orientales, eran exóticos y vistosos; que después de ser vistos me acababan resultando, únicamente, indiferentes. Pero, todo cambió cuando la vi a Ella. Con su exótica presencia me quedé como hipnotizado, tanto que al dar un sorbo de vino de la copa la mitad del líquido se me escurrió por el cuello de la camisa. 

Aquella noche no puede pegar ojo tratando de rememorar con todo detalle la imagen de aquella mujer oriental ataviada con su vistoso kimono que solo realzaba, sí cabe más, sus perfectas facciones. Ni yo mismo podía creer que pudiera sentir algo así por ella con solo haberla visto una vez.

Desde aquel flechazo directo al corazón, cada vez que me aproximaba a la tienda de Artesanía Oriental, temía que los latidos que en mi pecho retumbaban como golpes de tambor me delataran. Pero, a pesar de ello, no podía tampoco evitar pararme unos segundos para localizar a mi exótico Amor. A veces estaba dentro, pero en otras ocasiones podía verla en el mismo escaparate.

Mi obsesión llegó a torturarme sin piedad, como decir en casa que me había enamorado de la Geisha de la tienda oriental. ¿Qué posibilidades tendríamos de poder estar juntos sin ser burla o menosprecio de cualquiera que me conociera? No encontraba salida para este Amor del Sol Naciente que en mi mente era todo un ocaso emocional.

Además, el tiempo jugaba en mi contra, porque quien me decía que por mi cobardía no hubiera otro que se me adelantara y se quedara con la Geisha. A ver, yo la amaba, pero otros mucho más ricos que yo si la vieran no tendrían problema en conseguirla al precio que fuera.

Los segundos de placer al contemplarla cada día en mis idas y venidas del trabajo no compensaban el sin vivir del resto del día en que me sentía, unas veces consumido y otras desesperado. Tenía que tomar una rápida decisión o mi lastimosa vida se extinguiría primero.

Ya no soy ningún chaval, pero al llegar la primavera su luz me iluminó. Decidí, casi sin pensarlo, dar el primer paso para así estar en condiciones de proceder con los siguientes. Mi jefe se sorprendió cuando solicité el traslado a la oficina, esa donde siempre había alguien interino al no aguantar nadie ni seis meses, pero que por el gran volumen de ventas había que mantener. La sucursal del norte de Noruega sería mi nuevo destino.

Por su parte, mis compañeros de piso, quedaron encantados con que yo me fuera. Así, a mi sustituto le podrían colar cien euros más de alquiler. Ya solo me quedaba ir a la tienda de Artesanía Oriental y llevarme por las buenas o al coste que fuera, a mi idolatrada Geisha. Como dijo alguien famoso, la suerte estaba echada.

En el comercio oriental yo ya era un cliente fijo. Ese que entraba casi a diario a comprar cualquier chuchería barata para poder así contemplar, con disimulo, a mi chicha muy de cerca. Esa mañana, nada más levantarse la persiana de la tienda un servidor estaba ya en la puerta como si la vida en ello me fuera y finalmente, sin importarme lo que nadie pudiera decir, Ella fue mía.

Aquí, en esta impronunciable ciudad donde el verano es una más que tímida primavera, estamos los dos juntos sin miedo a las críticas ni los prejuicios. Esta gente que vive tan al norte se mimetiza con el clima y no sé cual de ambos será más frío, pero nadie se mete en la vida de nadie. Así en mi casa, con Ella, yo soy feliz.

Todavía, en la sociedad actual, hay ciertos amores motivo de burla y escarnio, por muy platónicos que estos sean.

miércoles, 30 de junio de 2021

CONCURSO DE RELATOS, XXV EDICIÓN: WILT de TOM SHARPE

 Publicado originalmente en:

https://jmvanjav.wordpress.com/2021/02/03/concurso-de-relatos-xxv-edicion-wilt-de-tom-sharpe/


CONCURSO DE RELATOS, XXV EDICIÓN: WILT de TOM SHARPE

Ella y este menda pareja desde antaño

Jacinta mi mujer, o Cintuca para todos los demás, siempre presumía de no padecer estreñimiento; tema recurrente en este pueblo después de hablar del tiempo. Pero, en cuanto llevara tres días sin vaciar la tripa, ya no había marido, vecino o extraño quien la aguantara. Hasta los mastines de Cosme el mulero, a su paso, escondían el rabo entre las patas gimiendo como cachorrillos; ya habían probado su vara de avellano, por lanzarla un triste gruñido, en mitad del hocico y de propina en el grifo de su aparato urinario. Yo eso se lo arreglé echando sobres de laxante en el azúcar, del que también alardeaba ni probarlo solo una pizca en el café; ¡Si! y otras dos o tres a escondidas, como si esas ya no contaran. Desde esa misma mañana, la cisterna empezó a sonar con la misma regularidad que la del reloj de la plaza a medio día.

Ella, era buena cristiana de cotilleo de velatorio y misa de funeral, pero rencorosa aún más. Que yo tuviera razón en algo era superior a su condición; por ello, hasta que no me lo hiciera pagar con creces, no descansaría en paz ni muriéndose. Tanta regularidad fisiológica la debió poner, en sobre aviso de mi acertada argucia. El perdón es divino; pero aquí en La Tierra, quien se la hace, se la paga. ¡Qué, buena es ella, para perdonar! y menos olvidar semejante burla intestinal, aunque a su atascado vientre la viniera divinamente.

El día que me pilló tomando un chupito, de la botella que yo bien escondía envuelta entre los manteles de la alacena, en vez de la bronca habitual, fue como mi cómplice; y se calló igual la sota de bastos antes de comerse al rey de copas. Yo pensé que había tapado a tiempo el vasito con la palma de la mano y no me había llegado a ver; error de viejo, corto de vista y torpe. Ahora que ella, ya sabía donde este menda escondía la bebida, le faltó tiempo para echarle a mi querido licor de hierbas de cincuenta grados, el polvillo de alguno de sus tranquilizantes. Total solo para controlar cuantas visitas al día yo le hacía a la alacena, por los bostezos que su pócima me hacían dar; diciéndome además, con mucha sorna, que me tomara para mejor descansar una tila antes de acostar.

Tuvimos una temporada bastante tranquila, mientras ella defecaba regularmente, siguiéndole por ese mismo desagüe su mala leche. Yo, con una cabezadita por la mañana y otra después de comer, no la molestaba en sus quehaceres domésticos compaginados con un fiel seguimiento de los cotilleos televisivos. Pero como todo se termina así nos ocurrió a nosotros, el azúcar primero y mi botella justo a continuación. Ambos repusimos existencias, pero esta vez sin adulterar, por mutuo descuido u olvido, con lo que volvimos a las andadas de la bronca diaria.

Nos dimos cuenta, a la vejez viruelas, de que discutiendo estábamos mucho mejor; sobre todo si empezábamos desde bien temprano como en el desayuno. Por la mañana ni nos hablábamos, a la hora de comer tampoco nos mirábamos, y en la siesta ni nos rozábamos. Lo mejor venía en la sobremesa de la cena, soltábamos todas las tensiones con un sexo salvaje y despiadado que buenamente podía durar hasta la segunda vez que nos levantábamos de la cama para ir a orinar. ¡Qué insultos! Vaya vejaciones verbales nos decíamos, mientras nuestros pies enlazados iban entrando en calor, no había obscenidad que de nuestra boca no saliera disparada como posta lobera. Al principio, mi repertorio de barbaridades, a ella la terminaba abrumando, y refunfuñando se acababa durmiendo. Después, su viperina lengua empezó a soltarse, y no se dejó animal del pueblo, con nombre y propietario, con el que yo no hubiera tenido las más íntimas y asquerosas relaciones. Ahora, soy yo el que finge roncar, como última y desesperada defensa.

En este último otoño noté a Jacinta rara, dejó de mirar los cotilleos televisivos y me dijo que se encontraba mal, que cualquier día me quedaría solo. Fue dicho y hecho, para superar el vacío que ella me había producido, empecé a ir al bar cada tarde. No me sirvió de mucho, nunca fui yo de echar la partida en la taberna. Y así es como, después de mi siesta, acabé yendo al cementerio para volver a estar con ella. Allí estaban todas las comadres, no faltaba ninguna, en una mesa del chiringuito, mitad cafetería y mitad floristería, de la entrada del camposanto; destripando por igual a vivos y muertos. Yo me uní a esa tertulia, tan enterada de la actualidad vecinal, a tomar mi cafetito acompañado de una espiritosa copita. Por supuesto, sentado al lado de mi Jacinta y poder rozarnos con el codo o la rodilla de vez en cuando, para empoderar algún chisme de ese frívolo noticiario local.

La vida en pareja es así de simple, ser nosotros mismos. Y decirnos una bestialidad es la mejor prueba de CCC, confianza, compenetración, y complicidad. Si de jóvenes, verdes y bobos, nos pudimos soportar; ahora, siendo dos viejos cascarrabias que no se muerden la lengua, seguimos durmiendo abrazados, importándonos una mierda todo lo demás. De hecho, si nos visita algún vecino pelma o un pariente sin prisa, cuando nos cansamos de su presencia, empezamos una de nuestras sonoras broncas domésticas para que salga espantado; y con suerte, no vuelva más.