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Concurso de relatos 46ª Ed. Momo de Michael Ende. (La finca de la curva)

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martes, 15 de abril de 2025

Concurso de relatos 46ª Ed. Momo de Michael Ende. (La finca de la curva)

 

Concurso de relatos 46ª Ed. Momo de Michael Ende.



La finca de la curva


El pueblo donde de crío pasaba los meses de julio y agosto fue durante años la referencia de esos meses que en aquellos años se me hubieran hecho interminables, si no fuera por las escapadas nocturnas al caserón de la finca de la curva. Su estado abandonado y semi ruinoso era un reclamo para los cuatro canijos que cada verano éramos depositados casi como criados a unos parientes lejanos que les venía muy bien ese cambalache.


No voy a decir que nos explotaran todo el día a trabajar en las labores típicas de las granjas durante el estío. Pero es que hasta los domingos a las ocho estábamos con la faena (los animales no entienden de festivos, nos decían) y aunque el trabajo no era de mucho esfuerzo, sí era toda la mañana y más de media tarde. Por eso, nuestra liberación era justo después de cenar, aún quedaban casi dos horas de luz y otras dos que nos apanábamos con las linternas de petaca.


Supimos de la casa, de la finca, de la curva, porque en la plaza del mayor y única del pueblo (donde íbamos antes de nuestras expediciones nocturnas al caserón) oímos hablar de ella. Por lo visto había habido varias generaciones de una familia viviendo en ella hasta que todos los hijos del viejo Cuco (así los apodaban y por algo sería) se fueron a la ciudad y solo se les volvió a ver el pelo en el entierro del padre murió. Luego no se pusieron de acuerdo en el reparto y más de medio siglo después sus hijos y sobrinos siguieron igual.


El acceso a la finca era complicado, la verja aun sin el candado y la cadena que la cerraban estaba casi por completo mimetizada entre zarzas, ortigas y enredaderas. Al menos, en la parte posterior, la alta tapia que rodea toda la finca resultaba accesible gracias a una brecha en la misma. La casa en sí eran tres paredes de piedra con el tejado hundido y sin frontal. Curiosamente, no había ni puertas, o ventana alguna, lo mismo que teja alguna, salvo pedazos pequeños; en aquel pueblo debía quedar algún «cuco» más.


Cada noche los dos, tres o cuatro (según los que pudiéramos escaparnos) que íbamos a la finca de la curva nos imaginábamos una aventura nueva, pero que siempre acababa en un escondite y posterior pescar hasta que a media noche volvíamos alumbrados por la última linterna parpadeando por su ya agotada pila de petaca. En lo de las linternas también aprendimos nosotros a ser unos buenos cucos, la dichosa pila no era barata (únicamente nos podíamos permitir comprar una a la semana) y como mucho nos duraba tres o cuatro noches racionando su uso, así que al segundo día dábamos el cambiazo con alguna de las de casa, e incluso con la de algún vecino.


Nuestro último año en el pueblo, ya casi adolescentes, nos habíamos hecho de linternas con batería recargable y alargábamos nuestras misiones hasta la una y media como unos tíos. Añadimos una cajetilla de tabaco cada uno y unas latas de cerveza (teníamos que practicar, ya que empezaríamos en el instituto con los mayores) que escondíamos en la ya nuestra finca de la curva. De hecho, habíamos hecho planes de futuro y sabiendo que, ya tan mayores, a nuestros padres les iba a costar seguir con la costumbre de desterrarnos al pueblo, sí podríamos ir haciendo un fondo común para algún día hacer nuestra de verdad la finca de la curva.


Han pasado muchos años de aquello, muchos de verdad, pero he vuelto a aquel pueblo y puedo cumplir mi palabra. Ya no queda nadie conocido, las cuatro casas que formaban cada uno de los dos barrios están vacías y ni el bar tienda levanta ya la persiana. La gente acabó haciendo como los «cucos» de la finca de la curva, se marcharon para no volver. Bueno, yo conseguí a buen precio mi añorado caserón, el último descendiente no sabía como quitárselo de encima y no me hizo falta ni regatearle el precio.


La verdad no voy a hacer mucha obra, mandaré hacer una puerta de acceso en la brecha de la tapia por donde nos colábamos y que limpien lo justo para poner una pequeña casa de esas prefabricadas frente a las ruinas del caserón. Ahora, después de tantos años, volveré a estar con mis dos o tres nocturnos compañeros de aquellos veranos como si no hubieran pasado los años. Supongo que los amigos imaginarios no envejecen y seguirán igual que como yo les recuerdo, o bueno igual no, pero tanto lo uno como lo otro en cuanto me instalen la casa en la finca de la curva esa misma noche con mi flamante linterna LED los sorprenderé.


(Menos de 900 palabras)



domingo, 15 de diciembre de 2024

CONCURSO DE RELATOS ed. XLIV, jOHN LE CARRÉ, EL JARDINERO FIEL

CONCURSO DE RELATOS ed. XLIV, jOHN LE CARRÉ, EL JARDINERO FIEL

Mi pequeña copistería

Si estás en el sitio indicado y el momento oportuno, yo diría que no es venganza hacer lo correcto. Yo nunca tuve la intención de ajustar cuentas el profe que me suspendió lenguaje en COU, me hizo fácil tomar la decisión de no seguir con los estudios. Luego, cuando, unos pocos años después, casualmente me enteré de que hacía caja sin factura ni recibos vendiendo los aprobados, me molestó un poco porque yo era de los del cinco raspado y, a lo mejor sin su lucrativo negocio, yo hubiera podido aprobar su asignatura.


Mi vida había tomado otro rumbo y sin haber seguido un camino plagado de éxitos, tampoco de desgracias que me hubiesen amargado la existencia. En la actualidad yo tenía un pequeño negocio de reprografía y punto de entrega y recogida de paquetes de varias conocidas marcas de Internet. Mi horario era prácticamente todo el día, allí tenía mis cosas, equipo de música, Wifi, nevera, microondas; incluso, hasta en el almacenillo, un camastro por si alguna noche a la hora de cerrar me daba pereza de volver a casa.


Habían transcurrido casi dos décadas desde que deje el instituto y el tema de los exámenes a subasta casi se me había olvidado al poco de enterarme. Por eso cuando en uno de los paquetes vi el nombre de cierto antiguo profesor, tarde un rato en relacionarlo. Don X daba mates y recuerdo que era inseparable de Don Z el vende aprobados, De hecho creo que estudiaron al tiempo y eran de la nueva hornada cuando yo hice mi último año allí.


Aquella misma tarde cerca de las ocho (yo solía cerrar a las nueve, aunque si seguía dentro como casi todos los días si me picaban la puerta atendía sin problema) dos sujetos, unos diez años mayores que yo, entraron a buscar aquel preciso paquete que por la mañana me trajo tan agridulces recuerdos de mi último curso.


A primera vista sus caras no me resultaron ni conocidas o vagamente familiares, pero cuando el que acompañaba al que me pidió el paquete le dijo algo de ir a tomar algo a tal sitio; reconocí al momento ese timbre metálico que resultaba entre amanerado y estridente de Don Z. Ellos, por su parte, menos me iban a reconocer y por eso mi leve sonrojo por aquel inesperado reencuentro les pasó del todo desapercibido.


La semana siguiente, como un déjà vu, se repitió la misma escena, y así en lo sucesivo, cada jueves se presentaban allí los dos a última hora de la tarde a recoger su paquete. Como ya comenté al principio, yo no tenía inatención alguna de vengarme de mi examen de lengua suspendido, pero la mañana de aquel jueves el repartidor me trajo el paquete semanal de Don X con el precinto mal pegado aunque sin romper.


No me costó mucho liberar la solapa de uno de los lados para poder ver su contenido. Mi sorpresa fue mayor que cuando me enteré de la venta de exámenes. En apariencia era un libro de problemas matemáticos para aficionados, pero en su interior, y con un simple trozo de celo, había una memoria MicroSD sujeta. No se dé que color me pondría yo en aquel momento con semejante descubrimiento. El contenido de aquella memoria podría ser mucho más grave que la venta de exámenes finales de lengua o mates.


Lo primero que hice fue, como en las películas de espías, cerrar todas las conexiones de mi portátil antes de intentar copiar el contenido de tan sospechosa tarjeta de memoria. Así lo hice y volví a colocarla con su trocito de celo en el libro y cerré el paquete como si nada hubiera pasado. En cuanto a la preciada información, lógicamente, estaba zipeada y con contraseña, así que ni la más remota idea acerca de su contenido.


Aquel jueves, como ya era su costumbre, X y Z se pasaron a recoger a última hora su paquete semanal. Yo había fijado mejor el precinto y, a simple vista, nadie podía intuir que hubiera sido violado su contenido y descubierto su secreto. Yo, por mi parte, me había pasado, entre fotocopia y algún plastificado, buscando por Internet si había alguna forma de acceder a un fichero comprimido con contraseña con muchas más expectativa que éxito alguno.


Me enfrasqué tanto con aquel asunto que ni ese jueves ni los días siguientes volvía a casa a dormir tratando de encontrar solución a enigma de la memoria. Menos mal que en mi trastienda también hay un aseo completo y siempre tengo algo de ropa para cambiarme.


Fue el jueves siguiente cuando al llegar el nuevo paquete me fijé en que aparte de la etiqueta hay otra como de control con un código. Revisé la foto que se hace para justificar la entrega de la semana anterior y al meterlo como clave en el fichero este se abrió al instante dándome la opción de descomprimir su contenido.


Aquella tarde, a eso de las ocho y media, Xavier y Zacarías (que realmente así se llamaban), fueron detenidos por cuatro agentes y no, precisamente, por vender exámenes. Yo tuve que firmar un montón de papeles sobre Seguridad del Estado y confidencialidad, pero mi pequeña tienda de reprografía y paquetería es ahora una estafeta al servicio del Reino; Y, muy generosamente, soy pagado por ello.


(888 palabras desencriptadas)



martes, 15 de octubre de 2024

CONCURSO DE RELATOS XLIII ED. EL CAMINO DE MIGUEL DELIBES (La cabaña del Otoño)

 

CONCURSO DE RELATOS XLIII ED. EL CAMINO DE MIGUEL DELIBES

La cabaña del Otoño

Lo de pasar unos días o incluso semanas en un pueblo es una forma de veraneo para quienes buscan en esas fechas más tranquilidad que viajar la las típicas ciudades turísticas o pasarse el día en una playa colonizada de sombrillas. En la época estival, incluso las casas rurales pueden parecer avisperos humanos con gente deambulando todo el día y, por ende, rompiendo la armonía natural de su tranquilo enclave. 


Yo quise evitar todo eso y por ello hice mi reserva para finales del Otoño en una cabaña de montaña rehabilitada. La carretera como tal acababa a pie de valle y el paseo, lógicamente ascendente, era un camino de cabras. Por el otro lado, el de las praderías, había una pista, pero de acceso solo para los vecinos de la comarca. Mi arrendador ya me habría subido los víveres que le encargué, y yo (en mi mochila) ya llevaba lo necesario para aguantar las dos semanas concertadas.


En mi paseo, a pesar de haber perdido la costumbre de hacer caminatas, ya estaba planificando mis primeros pasos en la cabaña, como encender la chimenea y pasar revista de que no faltara nada de la comida y bebida encargada. Con esos pensamientos tan focalizados se me pasaron rápido la media hora larga de mi ascensión. La estrecha senda estaba alfombrada con las hojas de todos los árboles semi pelados del camino y el ruido que producían al pisarlas me servía como marcapasos para no despistarme más de la cuenta con tan hermoso paisaje.


La chimenea era pequeña, (al igual que la cabaña, que solo disponía de una estancia), justo enfrente de la cocina típica de leña complementada con un fogón y un fregadero. En medio una rústica mesa con tres sillas también de madera, una alacena para los cacharros y enseres básicos en el lado del fogón. Un pequeño armario y una mesita custodiaban un estrecho camastro en el hueco que quedaba libre en el lado del hogar. Este era todo el mobiliario de mi vivienda, el paisano que la alquilaba ya me advirtió que el baño era un pequeño cubil justo detrás la leñera y de que solo disponía de un depósito de agua de únicamente mil litros para lavar los enseres y el aseo personal, nada de tener agua corriente a discreción.


Por lo que respectaba a la electricidad, tampoco había suministro como tal, solo una batería y un par de placas solares en el tejado que me solventarían el alumbrado por supuesto tipo LED, pero nada de electrodomésticos o cualquier aparato electrónico de consumo medio. Hice mis cálculos y aun estando cubierto los quince días tendría energía para una lámpara sin problema, con el agua comprobé que estaba el depósito lleno, así que con duchas de tres minutos también me daría para subsistir la quincena sin carencias. En cuanto a la madera de la leñera, podría tener tanto la cocina como la chimenea todo el día encendidas, así que me quedé tranquilo.


Esa primera noche dormí como hacía años que no lo hacía a pesar de que el camastro era más duro tablao. Por la mañana, para cumplimentar el sueño, me desperté de lo más descansado y sin ganas de remolonear, así que me levanté a disfrutar de mi primer día propiamente en medio de la Naturaleza. Mientras terminaba de tomar el primer café, un rayo de luz rojiza entró por el ventanuco del lado del fregadero avisando del amanecer. Con la taza en la mano salí al exterior de la cabaña para ver mejor el momento y fue como una inspiración sentir entre tanta tranquilidad como se iba iluminando el horizonte. Mi primer día fue de exploración del territorio, en mi minúscula meseta tenía visión de ciento ochenta grados, la otra media circunferencia era la parte más escarpada de la montaña.


A pesar de convivir entre aquella aparente soledad, al estar en inmerso en tanta tranquilidad, no me suponía ninguna carencia, así que los días se fueron sucediendo, perdiendo yo por completo la cuenta de los mismos. Era como si cada amanecer fuera un reseteo del ocaso anterior y así sucesivamente. Recuerdo que cuando llovía me podía pasar horas viendo caer el agua con mi chubasquero sentando, casi agazapado, en una pila de la leñera. Por las noches, sentado en la mesa, me tomaba una copita (o dos) de ron añejo muy despacito mientras escuchaba emisoras de radio extranjeras (o únicamente el ruido de la estática) con mi receptor multibanda digital (el único artilugio electrónico con el que cargue aparte de mi inseparable ebook).


Había descubierto que tenía tiempo para todo sin estresarme, no como cuando estaba en casa, nada más tenía que ir haciéndolo sin prisa. Como tantas veces yo me había dicho a mí mismo, disfruta del camino porque es posible que La Parca te cite antes de llegar a tu destino.


Una mañana vi a mi arrendador llegar por la pista con su todoterreno sorprendiéndose al verme allí todavía. Había pasado más de un mes e iba a comprobar la cabaña y cerrarla para el invierno. Yo, lógicamente, me ofrecí a pagarle los quince días de más que había pernoctado y subí la apuesta ofreciéndome a pasar el invierno allí. De hecho, mi oferta fue comprarle la cabaña y además contratarle para subirme suministros una vez al mes. Cerramos el trato con la última copa de ron que, por fortuna, quedaba en la botella.


(<900 palabras)



martes, 25 de junio de 2024

CONCURSO 42 ed, LA METAMORFOSIS (fuera de concurso)

 

CONCURSO 42 ed, LA METAMORFOSIS (fuera de concurso)

El origen de todo



Anoche me acosté, como de costumbre, pasada la una, es mi hábito para que las seis horas que suelo dormir no me cojan de madrugada si me echara a una hora más temprana. El caso es que me acabo de despertar y la negrura es tan invisible a mis ojos como sólida al resto de los sentidos, sin percibir nada en absoluto, salvo mis propios pensamientos.

Sé que estoy despierto y no es un sueño o pesadilla porque desde mi negro camuflaje puedo controlar toda la puesta en escena; moviéndome, o palpando mi cuerpo, para notar su presencia. Ahora dudo de ese supuesto control, puesto que me imagino el tacto con la cama al girarme o la textura de mi propia cara.

Pienso que estoy de pies y ando atravesando la oscuridad, pero no percibo contacto alguno con el suelo, aunque tengo en mi mente el concepto de dar pasos en alguna dirección, lo mismo que la de llevar los brazos extendidos por si hubiera algún obstáculo en mi camino.

Tampoco oigo sonido alguno, haciendo que este silencio aumente mi sensación de desorientación, entre la negrura que me rodea y envuelve con tanta espesura. Mi paladar también se ha quedado inerte a cualquier sabor, imagino que me estoy mordiendo con fuerza la lengua, o tragando saliva, sin sentir nada.

Únicamente me queda ya explorar el olfato, nunca fue mi sentido más desarrollado, pero sí para diferenciar los olores, sobre todo siendo fuertes y desagradables, pero tampoco hay respuesta alguna. Ahora me siento como un ente desconexionado con su entorno, pero tan vivo como consciente de ello.

En otras condiciones esta no percepción de los sentidos me habría causado taquicardia y sudores fríos de angustia, pero el miedo también parece que me ha abandonado. Definitivamente, me he pasado al lado oscuro y mi siguiente duda, muy razonable, es si mi consciencia actual es de un ser vivo o durmiendo, me he muerto para despertarme en este literal negro más allá.

Con este último pensamiento chequeo en mi memoria buscando recuerdos olvidados, o tratando de llenar esas lagunas de datos y nombres, que tan de cotidiano en vida me llegaban a poner de los nervios. Pues sigo igual, me acuerdo de mis viejos amigos por su mote o diminutivo, pero sigo siendo incapaz de recordar sus apellidos.

Por cierto, no he dejado de caminar, aunque sea como un fantasma desde que empezó esta historia, y ya ha debido pasar un buen rato. El caso es que no noto cansancio alguno, ni siquiera en los brazos que pienso llevo extendidos para evitar tropezarme. Como sea así, toda la eternidad, vaya aburrimiento, paso de que mis sentidos se hayan desconectado; pero que no me hayan vuelto todos esos recuerdos olvidados, con el paso de los años de mi vida, me parece una mierda.

Yo, siendo ateo convencido, no tengo Dios a quien reclamar y diría que es muy frustrante, pero tampoco me cabreo por ello. Encima de un insulso, sin percepción alguna, ahora también soy un pasota, por lo que ni necesito el tan implorado recurso del pataleo; vaya mierda de película es esta de estar en el barrio de los muertos, como no ves ni oyes ni nada, podemos estar rodeados de gente igual que nosotros (muertos) sin enterarnos.

Ahora pienso en pararme como señal de rebeldía y protesta, pero como no me canso y nadie me va a ver, que me daría lo mismo. Dando una vuelta a esto, filosofando como diría aquel, le veo su lógica a que el Universo supuestamente infinito, en su mayor parte, sea solo vacío. Y ahí, invisibles para nosotros, los muertos y para los vivos al no tener materia, esa nada sea el cementerio universal. Joer estoy sembrado, acabo de descubrir el misterio de la Vida y del Universo como si fuera una adivinanza infantil, soy la hostia aunque nadie más lo sepa.

—¡Ah, qué cansado me encuentro! Tengo las piernas como si hubiera estado toda la noche caminando y los brazos me duelen más que cuando me apunté al gimnasio y me quise poner en forma levantando pesas. Voy a ver si me acuesto primero y ceno más ligero, no puede ser que el despertador me haga saltar de la cama como a una rata que ha pisado un cable eléctrico pelado. Pero lo que no acabo de entender son los moratones que tengo por todo el cuerpo, parece que me han dado una golpiza profesional, me duele todo. Esta noche me pongo una cámara de vigilancia en el cuarto, a ver si resulta que tengo un vecino cabrón que viene a darme una paliza mientras duermo. Algún chismoso me habrá visto en la farmacia coger los somníferos que me receta el médico de familia (por mis problemas de insomnio) y como yo soy el viejo cascarrabias de la comunidad se vengan así, cuando más indefenso estoy. Pero, qué gente más mala, hay hoy en día. Bueno, voy a tomarme un café bien negro a ver si me espabilo.

Respiro el aroma de mi café recién hecho y al contemplar su negrura, mientras lo soplo para no quemarme, me viene un vago recuerdo.

—Anoche soñé algo como que resolvía el gran misterio de la vida, pero no recuerdo cuál era. Esta memoria mía siempre me hace la misma jugada, ni que yo fuera sonámbulo.

lunes, 15 de abril de 2024

Concurso de relatos 41ª ed. La casa de los espíritus de Isabel Allende. (Dogy y yo)

 

Concurso de relatos 41ª ed. La casa de los espíritus de Isabel Allende

Dogy y yo

Yo nunca he tenido miedo de fantasmas o espíritu alguno y no porque no creyera en ellos, más bien porque entendía que de existir estarían en otro plano diferente a nuestro tiempo espacio. Con esa teoría mía, tan de andar por casa, me quitaba de encima cualquier temor al respecto. Sí, he tenido alguna alucinación a lo largo de mi vida, como oír voces donde no había nadie, o incluso alguna noche despertarme sintiendo un roce en mi cara, o hasta creer ver entre sueños una sombra desvanecerse.


Mi mascota, más bien mi compañero, es un perro de estos multirazas callejero (seguramente abandonado cuando dejó de ser un gracioso cachorrillo) que se buscaba la vida como podía entre las sobras de los contenedores y algunos restos de meriendas del parque, donde fijó su residencia hasta que nos hicimos amigos. Yo con poca cosa que hacer y menos ganas de rutinas diarias después de mi retiro laboral, únicamente me fije la obligatoriedad de ir paseando hasta el parque una o dos veces a la semana para no apoltronarme más de la cuenta.


El camino que tomaba era el transversal para evitar pasar por las calles más concurridas de personas y vehículos. Así mi paseo, entre la ida y la vuelta, era doble que yendo a derecho, pero a mis piernas y mi salud mental (por el ajetreo) le venía mucho mejor esto y durante esas dos horas aproximadas yo ya cumplía con mi auto obligación semanal. De esta forma, fue como conocí a un joven chucho, pero más desgarbado que esbelto por su mala alimentación; mi nuevo amigo.


Yo me solía sentar en el mismo banco siempre, el más apartado del resto, pero a la sombra entre dos buenas copas de árbol. En aquella época me llevaba una bandolera de cuero donde no faltaba un termo con café caliente y un par de sandwiches bien envueltos para que no mancharan el forro de mi rústica bolsa. Lógicamente, era mi desayuno de media mañana, que después de la hora de caminata me apetecía de muy buena gana. En aquella ocasión, justo al desenvolver mi sabroso bocadillo, noté como un hocico asomó tímidamente bajo mis pies olisqueando el manjar.


No me asusté porque rápidamente lo reconocí como el de un perro más hambriento que intimidante. Tire una esquina del triángulo de pan delante de mí para ver la reacción de mi semi oculto vecino. Este, despacio, salió del sitio y después de oler mi ofrenda con delicadeza se la fue comiendo. Me gustó esa actitud tan educada para ingerir aquellas migajas. Al final se acabó comiendo la mitad de mi desayuno como quien no quiere la cosa, pero del todo encantado.


En cosa de una semana (empecé a ir a diario al parque) mi nuevo amigo ya me iba a buscar a la entrada del parque e íbamos juntos al banco a desayunar. Yo ya fui previsor doblando la cantidad de comida. Al marchar, el animal también hacía el camino de vuelta, pero a unos metros de la entrada se despedía al quedarse parado y no siguiéndome más. Fue entonces cuando tuve la idea de adoptarlo y le compre todo lo necesario para trasladarlo a mi piso. Fue curioso que, cuando le puse el collar, aceptara también de buen grado ir de la correa, pensé que él ya lo tenía previsto; lo mismo que, la parada en el veterinario, para su revisión y el resto del papeleo.


La primera noche en casa tampoco fue problemática, seguro que Dogy recién vacunado lo que más querría seria descansar. Siendo su primera noche bajo techo quise que estuviera calentito en la sala y como en febrero la casa estaba todavía algo fría, puse mi vieja catalítica de butano para caldear un poco la estancia. Yo también esa noche estaba más cansado de la cuenta y me acomodé en el sofá viendo un Western clásico por el televisor, al poco ambos nos debimos de dormir muy placidamente. La película se me fundió en negro y yo creo que esa noche ni soñé. La luz de la nueva mañana nos despertó a los dos y como no, fuimos sin falta al parque. Sentarnos en aquel banco más apartado era nuestra costumbre y ahora, viviendo ya los dos juntos, no teníamos por qué cambiarla.


Esa es una rutina que nos muy viene bien a los dos, después de ese largo paseo, al llegar al hogar, solo nos apetece acostarnos y dormir. Yo desde entonces, con mi compañero en casa, descanso como nunca, es cerrar los ojos y todo se funde en negro a mi alrededor, sin sueños o pesadillas molestas hasta despertar a la mañana siguiente. Al final, gracias a Dogy mi perro hijo de mil razas, las rutinas me resultan imprescindibles; de antes, seguramente, las rechazaba por estar solo más como una pataleta que por rebeldía.


Hoy, sentados en nuestro banco, se han puesto al otro extremo una pareja de media edad hablando acerca de un viejo y su perro que llevaban un mes muertos por el monóxido de carbono. No me he enterado de mucho más, pero sí que hay gente descuidada y no es consciente de lo peligroso que puede resultar una vieja estufa de butano. Bueno, veo que Dogy está correteando con otros perros, aunque solo uno parece verle y jugar con él; no hay prisa, podemos seguir, tranquilamente, un rato más aquí.



(898 palabras)





jueves, 15 de febrero de 2024

CONCURSO DE RELATOS 40ª Ed. EL VIZCONDE DEMEDIADO de Italo Calvino




El Alma se viste con negra capa


Cuando mueres, no vas al Cielo o al Infierno, según tus actos hayan sido buenos o malos. No voy a decir que sea una falacia de los diversos cultos religiosos, pero sí que es una verdad a medias bastante discutible. Que nacemos inocentes y puros es un hecho, al igual que también con un lado oscuro, y que según vayamos actuando en la vida se irán desarrollando. Por eso, cuando nos llege la hora, nuestra brillante Alma estará cubierta, con una fina o más espesa, capa de oscuridad.

Y como nadie ha vuelto del otro lado a desmentirlo, seguimos con la misma canción. Otro argumento basado en una especulación, o sea que si quieres te lo crees o no. Ahora voy a hacer un espóiler de esa película, así que a quien no le guste saber lo que pasa en esa situación pasar mejor no siga leyendo. También es únicamente mi palabra, puede dársele crédito o tomarla como la ensoñación de un desequilibrado.

Avisados, los navegantes, paso a contar mi experiencia:

Yo no era ni bueno ni malo, mis sentimientos, algo de moral, y una pizca de ética, mantenían a raya mis deseos más oscuros. Por eso de cara afuera pasaba por un tipo tan corriente como cualquier otro, pero de puertas adentro tenía mis cosillas y hasta alguna reprimida maldad. Mi última acción en el mundo fue, precisamente, un momento de tensión entre los buenos principios y una de mis negras inquietudes. 

En mi jubilación empecé a cumplir dos deseos que tenía ya desde crío, leer y viajar en tren. Era algo que gracias a mi abono ferroviario podía hacer con bastante regularidad. Mis trayectos eran de media distancia, iba por la mañana volviendo esa misma tarde y durante el camino me leía una novela de aventuras, o intriga, como las de mis años jóvenes; nada de cosas complicadas.

Durante mi último viaje, ya de vuelta enfrente mío, se sentó una señora algo menos mayor que yo, pero con buen porte y elegante. Después de cruzarnos un breve saludo con dos palabras y un gesto, ella sacó un libro (creo que de poesía, no es mi fuerte) y me imitó la pose lectora.

Mi lado oscuro tomó el control de la situación, no permitiéndome continuar con mi aventura literaria. Tengo una debilidad enfermiza, y es mi timidez, con las mujeres que me resultan atractivas, pero mi diablillo busca la forma de compensarlo quitándolas algo suyo; nada valioso, más bien simbólico, como un cigarrillo o un pañuelo de papel.

La hora siguiente me la pasé pensando que recuerdo de esta mujer me podría llevar, lo necesitaba imperiosamente. No había nada a la vista que me sirviera, igual fumaba pero en el vagón no tenía excusa y tampoco yo poseo Rayos X para ver a través de su bolso. Me puse muy nervioso cuando me di cuenta de que un botón de la manga de su blusa andaba colgando, pero aun siendo un buen trofeo no encontraba el modo para arrancárselo sin que se diera cuenta.

Estaba por completo fuera de mí y gracias al libro que me tapaba la cara, si no creo que mi compañera de viaje habría adivinado mis oscuras intenciones. Intentando disimular mi inquietud mirando por la ventanilla fue cuando en su lado de mesita había dejado una tira de cartulina serigrafiada con una publicidad, era un marcapáginas; sea como fuera, antes de salir del tren, habría de ser mío.

Cuando se encendieron las luces, por el ocaso de la tarde, cerré mi libro y lo posé muy cerca de su señalizador, únicamente restaba de que ella se olvidase de él para poder ocultarlo dentro de mi novela de aventuras. Con premeditación, alevosía, y nocturnidad, aproveché la entrada al último túnel para recoger mi libro con el marcapáginas en su interior.

Al ir a guardar la novela en mi bolsa de viaje, ella súbitamente cerró su libro para hacer lo propio. Y fue entonces cuando mi temblona mano dejo que se escarpara la tira de cartulina que revoloteo hasta los pies de mi acompañante. Ella, al verlo planear, con un tono entre serio e irónico, me dijo que me lo podía quedar. Yo me sentí morir de la vergüenza y así fue.

Mi Alma se desprendió de su capa negra y como un pájaro se fue volando a una infinita nada, tan oscura como su plumaje. Ahora, ya desprovisto de mi maldad, la parte pura empezó a vislumbrar una claridad creciente que lo inundó todo con su luz. Estaba claro que yo había cruzado el otro lado, por eso quise hacer una prueba para ver si mi luz podía conectar con mi oscuridad. Hice un esfuerzo supino como de cerrar los ojos y, efectivamente, una negrura volvió a cubrir mi Alma. Repetí el experimento varias veces, con el mismo resultado, hasta que note como un zarandeo que me arrastró hasta al mundo de vuelta.

Las mejillas me ardían como si, además del rubor, también hubiera sido abofeteado. Mi compañera de viaje, me miró aliviada al verme abrir los ojos y creo que, hasta me medio abrazó, por mi regreso de la muerte.

Esta es mi historia y mi amiga Lea lo puede corroborar, me salvo la vida y me curo de paso la timidez. Aquel mismo día, saliendo de la estación, la pude invitar a cenar sin siquiera tartamudear.

(<900 palabras)



miércoles, 31 de enero de 2024

Los colores (El Tintero de Oro) Otra participación

Los colores

Blanco y Negro

Yo soy escritor de tomar notas para que luego mis momentos de lucidez creativa no se vayan por donde vinieron. Así que siempre llevo un pequeño cuaderno de tapa fuerte y un portaminas de trazo medio para anotar cual detective literario, las claves que mis musas me han mostrado.

Aquella hermosa tarde me invitó a sentarme, a contemplar el mar en calma, y al momento empecé a visualizar una aventura en un crucero vacacional. Con mi mirada perdida en el horizonte fui viendo toda la película.

Traté de anotar algo en mi cuaderno para no perder nada de aquella historia de romances y robos de guante blanco. Pero para mi desdicha mi libreta quedó tan blanca e inmaculada como cuando la saque del bolsillo.

Al llegar a casa ya se me habían olvidado todos los detalles interesantes de aquella aventura marítima. No obstante, me senté enfrente del teclado y saque mi cuaderno por completo en blanco.

Con calma fui pasando las hojas al tiempo que tecleaba sin pausa. Cuando llegué a la última hoja en blanco ya tenía en la pantalla escrita una historia náutica completa; pero el barco era un viejo velero, compitiendo en una regata transoceánica, con una variopinta tripulación.


Hasta un cuaderno en blanco puede hacer volar la imaginación

domingo, 15 de octubre de 2023

CONCURSO DE RELATOS XXXVIII ED. MATAR UN RUISEÑOR DE HARPER LEE. "Los olvidados del sótano"

 

CONCURSO DE RELATOS XXXVIII ED. MATAR UN RUISEÑOR DE HARPER LEE.



Los olvidados del sótano

Las oficinas, sobre todo las que ocupan un edificio entero, son en sí mismas una completa sociedad en horario laboral; cual hormiguero humano.  En mi primer año laboral yo fui una mezcla entre becario, chico de la fotocopia, y cartero, de una importante firma únicamente nacional; Pero, eso sí, con un inmueble propio de seis plantas.

En este tipo de empresas la lógica piramidal establecía que cuanto más arriba llegaras también lo haría el salario así como que el trabajo se basaría en tomar decisiones sobre las tareas de la planta inferior. Por ello, los jefes ejecutivos de la sexta aprobarían, o no, los procesos de los directores generales. Y estos, a su vez, sobre los objetivos de los responsables de departamento de la cuarta planta.

Llegar a encargado de sección era la meta profesional a la que los empleados normales podíamos aspirar, aunque quedarse en técnico de departamento del segundo piso o de servicios de la primera era lo más habitual; incluso, de atención al público, en la planta baja.

Yo aquel año empecé desde abajo, en el mismo sótano donde se ubicaba el archivo y custodia de toda la documentación de la empresa. Tanto la física como la informatizada en el servidor. De ahí mi multifuncionalidad, fotocopiando, escaneando, o como cartero recogiendo y entregando sobres por todas las plantas.

Mi jefe (jefa) era el único responsable departamental que no tenía su despacho en la cuarta planta como sus homólogos. En su primera etapa laboral, gracias a un curriculum con tres licenciaturas y dos doctorados (ni los de la sexta tenían ese nivel académico), promocionó rápidamente. Pero en aquella época era la única mujer titulada y, las mentes mal pensantes, vieron a Dios creando un responsable de archivo y custodia de documentación. Y algo que iba a ser puntual y provisional pasó a ser una cadena perpetua dado que aquel (hasta entonces) infravalorado departamento empezó a ser eficiente y operativo gracias a ella.

Con el paso de los años, los de arriba (muy intencionadamente), se fueron olvidando de aquella perla relegada al sótano del edificio. Y mi jefa, por su parte, fue asumiendo asumió que allí acabaría su carrera laboral; sin más reconocimiento que el de su perfecta organización (y la correspondiente prima), pero sin opciones de subir planta alguna. Y eso que, cuando yo fui contratado, en la sexta ya había una ejecutiva (una simple licenciada, pero hija de uno de los socios); más dos arpías en el quinto piso, la de directora de recursos humanos y la de compras (también con algún apadrinamiento poco transparente).

Estuve tres meses a prueba y doña Reme (para su mala estrella Remedios se llamaba mi jefa), a pesar de ser bastante estricta (y hasta gruñona) me permitió seguir; a pesar de varias torpezas acordes con mi inexperiencia. Ella no era tan vieja como para ser mi madre, pero sí esa hermana mayor mandona y seria. El caso es que en un par de años, en aquel sótano nos quedamos nosotros dos solos, mis otros compañeros (todos con alguna tarjeta de alguien superior) promocionaron de planta. Y, estando ya todo informatizado, la empresa consideró que, con un responsable y un ayudante, el departamento de documentación y custodia ya estaba bien dimensionado.

Mi temprana promoción (aun siendo allí abajo) me vino muy bien económicamente y sé que Remedios tuvo mucho que ver con ello. En los siguientes años optimizamos tanto el departamento que salvo para los buitres de la sexta establecimos un horario de entrega y recogida de documentación que, a pesar de las críticas de los de la cuarta y quinta planta, mejoró aún más nuestra eficiencia. Tal vez por eso, nuestros compañeros de arriba, nos pusieron los motes de la bruja y el chupatintas del sótano.

Yo ante aquel menosprecio, una mañana tomando un café los dos (dentro de nuestra cueva habíamos habilitado un cuartito a modo de cocina), rompí el hielo jerárquico y empecé a tutear a Remedios. Ella (mi superiora) ya lo hacía desde el primer día y, entre risas, me dijo: «Ya has tardado en decidirte». 
Aquel momento fue tan mágico, en muchos sentidos, que a ambos nos libró de todo el mal rollo que ese sótano nos había provocado.

Nos habíamos liberado de esa enfermiza frustración laboral reflejada en nuestros rostros, ahora podíamos mirar con cordialidad; y, hasta cómplices, sonreír. Nuestra metamorfosis motivó en todo el edificio el rumor de que fijo manteníamos relaciones. Con la próxima absorción de la empresa por una multinacional, los de arriba decidieron que los amantes del sótano (como nos llamaban ahora), sobrábamos; máxime teniendo tan automatizado el departamento de archivo y custodia.

Una comitiva encabezada por la directora de recursos humanos y cuatro o cinco pedorros más de los últimos pisos bajaron a nuestro sótano a avergonzarnos por nuestra falta de pudor y decencia, exigiéndonos con intimidación (literalmente insultos) firmar 
un despido por causas objetivas para evitar juicios y más escándalos. Reme y yo, después de mirarnos con sorpresa, no pudimos evitar soltar una carcajada.

La sentencia en el juicio fue muy clara, tanto que ninguno de aquel comité puritano forma parte de la plantilla de la nueva empresa. Nuestro sistema de trabajo incorporaba numerosas cámaras de seguridad y lo único escandaloso que recogieron fue aquel amago de linchamiento. Ahora, Reme dirige el centro de datos de la multinacional desde una séptima planta; y yo, soy su compañero, a jornada completa.

miércoles, 15 de febrero de 2023

CONCURSO DE RELATOS 35ª Ed. LA CONJURA DE LOS NECIOS de John Kennedy Toole (El Percebe y sus discusiones)

 



El Percebe y sus discusiones

La primera regla, no escrita, para cualquier juego es la de: «Aprender a perder antes que a jugar». Esto se debe aplicar también a las discusiones; entre compañeros, amigos, y familiares; de las que tan aficionados somos. Porque lo de creerse con la razón, o estar en la posesión de la verdad, para algunos (muchos que yo conozco de cualquiera de los tres grupos mencionados) es una cruzada existencial.

Yo mismo era un gladiador incansable en estas lides, ganando más veces por testarudez que por estar acertado. Gracias a esto, después de mucha cabezonería, me di cuenta (siendo objetivo) que por muy buenas que fueran mis argumentaciones, al menos, en la mitad de las ocasiones yo estaba equivocado. Reconocerlo, hasta únicamente delante del espejo, me costó Dios y ayuda; pero, finalmente, evolucioné.

Ahora escojo mis discusiones modulando la voz, sin llegar a gritar airadamente como antaño, ni susurrando para hacerme el interesante. Y siendo sabedor que, en la mitad de ellas, mis argumentos no serán los correctos, lidio con ello sin presión alguna. Esto me permite mantenerme frío y, tanto esté acertado como no, lucir cara de póquer sin inmutarme. De hecho, en más de una ocasión, ya solo en casa, me río a carcajadas cuando recuerdo haber ganado el debate con una postura errada.

Tanto, muchos conocidos, como los compañeros del trabajo y, por supuesto, todos mis familiares, me consideran necio y cabezota. Lo curioso de esa afirmación es que suelen ser ellos más necios, (actuando igual que las vaquillas al entrar a todo lo que se menee) con cualquier tema que admita polémica. Yo, como ya he dicho antes, escojo bien cuando debato o ignoro el quite; algo que esos pobres, tan creídos de sí mismos, no pueden ni contemplar.

Por otro lado, me viene de perlas que me consideren un testarudo, ya se sabe que el ladrón cree que todos son de su condición. Y ponerme a explicarles la diferencia, por enésima vez, entre tenaz y cabezón sí que me resultaría un diálogo de merluzos. En mi caso oír, tanto por lo bajines como a viva voz, esos adjetivos me resulta de lo más halagador; tanto que les devuelvo, una sarcástica sonrisa, como agradecimiento.


Podría poner innumerables ejemplos de esto que he comentado (cada día me suele pasar algo) y hasta escribir un diario solo con mis encontronazos. Como ejemplo, la otra tarde, a la salida de mi cafetería habitual:

El local estaba abarrotado y yo, después de mi consumición, ya estaba en la puerta a punto de salir; detrás de mí había otras dos o tres personas en la misma situación. El caso es que al abrir la puerta, en la calle con intención de entrar, había un grupo de cuatro señoras tan elegantes como talluditas. Al hacer yo amago para salir, ellas se pusieron en línea —lo más lógico, a mi entender, habría sido en fila— con lo que no pude dar ni un solo paso.

De sus miradas de reproche, por mi fallido intento de evasión, llegó el cotorreo entre ellas. En voz bien alta, para que yo me diera por aludido acerca de mi descortesía y falta de modales al no cederlas yo el acceso; como hubiese hecho cualquier hombre bien educado. Yo, en ese instante, pensé si debería responder o apartarme como pudiera (la cafetería estaba hasta la bandera). Tenía un argumento muy válido como el ejemplo del ascensor, a nadie se le ocurre entrar sin dejar salir a los que ya están dentro, es una cuestión de espacio de lo más lógico.

Mi respuesta fue una sonrisa, de lo más irónica, mientras me ponía pegado a la puerta para que aquella tropa avasallase la cafetería. Satisfechas, por aquel prepotente triunfo, su paso firme únicamente duró hasta que se toparon con los tres que estaban detrás de mí (también con intención de salir). El caso es que unas no querían perder el terreno ganado y los otros tampoco tenían espacio para recular. Para remate, detrás de las señoronas, venían los cabestros de sus cónyuges, con la misma intención de entrar como fuera.

Cuando todos ya estuvieron bien apretujados dentro del local, la discusión (con los pobres clientes que, en vez de poder salir, se vieron replegados) subió los decibelios ambientales a niveles de tómbola de feria con rifa de bofetadas incluidas. El argumento de los cuatro matrimonios es que ellos tenían una mesa reservada y, por lo tanto, tenían preferencia sobre cualquier otro cliente de barra o pasillo. 

Sé que yo tenía razón y si me hubiera enfrentado en la puerta, habría pasado por un mal educado saliendo junto con los tres de detrás de mí, y también se habría evitado el fregado posterior. Pero yo escojo mis discusiones y con esta que evité, cada vez que vuelvo a esa cafetería, me parto de risa cuando al verme reflejado (en el espejo de detrás de la barra) recuerdo aquella sonora trifulca. La gente que me ve se deben creer que debo ser (aparte de necio, testarudo, y cascarrabias) bobo del todo; pero a mí me da igual lo que piensen y hasta lo que digan.

Por cierto, hoy mismo, después de tomar mi café de media tarde, al salir de la cafetería (no estaba llena, sobre media entrada) me tropecé con los ocho pijos de la mesa reservada. Se pusieron en fila para que mi sarcástica sonrisa y yo saliéramos primero.

899 palabras más el título


miércoles, 9 de noviembre de 2022

MICRORRETOS: PERSONAJES ANTAGONISTAS (II)

MICRORRETOS: PERSONAJES ANTAGONISTAS

Bueno, dado que mis personajes no dejan de bullirme en la cabeza sintiéndose identificados con el reto, aquí va otra media docena de huevos. Digo, de micros, con antagonistas de todo tipo. 

Saludos y gracias por leerme.

martes, 8 de noviembre de 2022

MICRORRETOS: PERSONAJES ANTAGONISTAS

MICRORRETOS: PERSONAJES ANTAGONISTAS


Bueno, el tema me da para muchas variantes, sin necesidad de usar antagonistas famosos, con mis propios personajes; que ninguno es bueno ni malo del todo.
Voy a empezar con el micro requerido y dos más de propina. Más adelante, si la imaginación se porta antes de que el tiempo se agote, intentaré subir la apuesta.

Saludos y gracias por leerme.

viernes, 28 de octubre de 2022

CONCURSO DE RELATOS XXXIII ED. EL GRAN GATSBY DE FRANCIS SCOTT FITZGERALD (Fuera de concurso) II

CONCURSO DE RELATOS XXXIII ED. EL GRAN GATSBY DE FRANCIS SCOTT FITZGERALD (Fuera de concurso)

Siento dar la paliza de nuevo, pero por aquí estoy para cerrar mi participación fuera de concurso con dos historias más. La primera con dos partes que se complementan, pero también pueden ser independientes. La segunda historia de la misma índole, pero con un epílogo añadido como marca de la casa. 
He acompañado a cada relato con un tema musical para dar un respiro al sufrido lector. Saludos y gracias.

martes, 4 de octubre de 2022

CONCURSO DE RELATOS XXXIII ED. EL GRAN GATSBY DE FRANCIS SCOTT FITZGERALD

 

CONCURSO DE RELATOS XXXIII ED. EL GRAN GATSBY DE FRANCIS SCOTT FITZGERALD


Mi querida Geisha

Cuando vi la reforma del bajo, que hasta entonces había sido una papelería, no tuve curiosidad alguna sobre a que se dedicaría el nuevo negocio. Cada mañana, yendo a trabajar y por la tarde regresando, durante aquel fresco otoño al pasar por delante del local en obras, miraba con desgana la evolución de las mismas.

Justo antes de las Navidades, cual flor de diciembre, un rótulo de gran inauguración, casi llenando el cristal de un generoso escaparate, hizo que me fijara en el nuevo comercio que casi a diario durante las últimas semanas había visto reformar. El misterio quedó resuelto al leer el nombre: 

Artesanía Oriental

Ese mismo viernes cuando volvía de la oficina vi bastante expectación en la tienda de marras y con acierto deduje que era la inauguración. Como vecino del barrio, sin tener otra cosa mejor que hacer, decidí echar un vistazo al local y de paso aceptar la copa de vino español que ofrecían como bienvenida. 

El interior del local era diáfano, salvo por una gran barra en escuadra y dos pequeñas cabinas al fondo que serian probadores de ropa. La artesanía estaba en vitrinas detrás mostrador en ele, así evitarían toqueteos innecesarios de la misma o fatales accidentes. En el lado opuesto, entre grandes percheros repletos de ropa, varias estanterías bien surtidas de complementos conformaban el resto del mobiliario.

Nada me causo mayor impresión, ni las prendas ni los adornos orientales, eran exóticos y vistosos; que después de ser vistos me acababan resultando, únicamente, indiferentes. Pero, todo cambió cuando la vi a Ella. Con su exótica presencia me quedé como hipnotizado, tanto que al dar un sorbo de vino de la copa la mitad del líquido se me escurrió por el cuello de la camisa. 

Aquella noche no puede pegar ojo tratando de rememorar con todo detalle la imagen de aquella mujer oriental ataviada con su vistoso kimono que solo realzaba, sí cabe más, sus perfectas facciones. Ni yo mismo podía creer que pudiera sentir algo así por ella con solo haberla visto una vez.

Desde aquel flechazo directo al corazón, cada vez que me aproximaba a la tienda de Artesanía Oriental, temía que los latidos que en mi pecho retumbaban como golpes de tambor me delataran. Pero, a pesar de ello, no podía tampoco evitar pararme unos segundos para localizar a mi exótico Amor. A veces estaba dentro, pero en otras ocasiones podía verla en el mismo escaparate.

Mi obsesión llegó a torturarme sin piedad, como decir en casa que me había enamorado de la Geisha de la tienda oriental. ¿Qué posibilidades tendríamos de poder estar juntos sin ser burla o menosprecio de cualquiera que me conociera? No encontraba salida para este Amor del Sol Naciente que en mi mente era todo un ocaso emocional.

Además, el tiempo jugaba en mi contra, porque quien me decía que por mi cobardía no hubiera otro que se me adelantara y se quedara con la Geisha. A ver, yo la amaba, pero otros mucho más ricos que yo si la vieran no tendrían problema en conseguirla al precio que fuera.

Los segundos de placer al contemplarla cada día en mis idas y venidas del trabajo no compensaban el sin vivir del resto del día en que me sentía, unas veces consumido y otras desesperado. Tenía que tomar una rápida decisión o mi lastimosa vida se extinguiría primero.

Ya no soy ningún chaval, pero al llegar la primavera su luz me iluminó. Decidí, casi sin pensarlo, dar el primer paso para así estar en condiciones de proceder con los siguientes. Mi jefe se sorprendió cuando solicité el traslado a la oficina, esa donde siempre había alguien interino al no aguantar nadie ni seis meses, pero que por el gran volumen de ventas había que mantener. La sucursal del norte de Noruega sería mi nuevo destino.

Por su parte, mis compañeros de piso, quedaron encantados con que yo me fuera. Así, a mi sustituto le podrían colar cien euros más de alquiler. Ya solo me quedaba ir a la tienda de Artesanía Oriental y llevarme por las buenas o al coste que fuera, a mi idolatrada Geisha. Como dijo alguien famoso, la suerte estaba echada.

En el comercio oriental yo ya era un cliente fijo. Ese que entraba casi a diario a comprar cualquier chuchería barata para poder así contemplar, con disimulo, a mi chicha muy de cerca. Esa mañana, nada más levantarse la persiana de la tienda un servidor estaba ya en la puerta como si la vida en ello me fuera y finalmente, sin importarme lo que nadie pudiera decir, Ella fue mía.

Aquí, en esta impronunciable ciudad donde el verano es una más que tímida primavera, estamos los dos juntos sin miedo a las críticas ni los prejuicios. Esta gente que vive tan al norte se mimetiza con el clima y no sé cual de ambos será más frío, pero nadie se mete en la vida de nadie. Así en mi casa, con Ella, yo soy feliz.

Todavía, en la sociedad actual, hay ciertos amores motivo de burla y escarnio, por muy platónicos que estos sean.

miércoles, 30 de junio de 2021

CONCURSO DE RELATOS, XXV EDICIÓN: WILT de TOM SHARPE

 Publicado originalmente en:

https://jmvanjav.wordpress.com/2021/02/03/concurso-de-relatos-xxv-edicion-wilt-de-tom-sharpe/


CONCURSO DE RELATOS, XXV EDICIÓN: WILT de TOM SHARPE

Ella y este menda pareja desde antaño

Jacinta mi mujer, o Cintuca para todos los demás, siempre presumía de no padecer estreñimiento; tema recurrente en este pueblo después de hablar del tiempo. Pero, en cuanto llevara tres días sin vaciar la tripa, ya no había marido, vecino o extraño quien la aguantara. Hasta los mastines de Cosme el mulero, a su paso, escondían el rabo entre las patas gimiendo como cachorrillos; ya habían probado su vara de avellano, por lanzarla un triste gruñido, en mitad del hocico y de propina en el grifo de su aparato urinario. Yo eso se lo arreglé echando sobres de laxante en el azúcar, del que también alardeaba ni probarlo solo una pizca en el café; ¡Si! y otras dos o tres a escondidas, como si esas ya no contaran. Desde esa misma mañana, la cisterna empezó a sonar con la misma regularidad que la del reloj de la plaza a medio día.

Ella, era buena cristiana de cotilleo de velatorio y misa de funeral, pero rencorosa aún más. Que yo tuviera razón en algo era superior a su condición; por ello, hasta que no me lo hiciera pagar con creces, no descansaría en paz ni muriéndose. Tanta regularidad fisiológica la debió poner, en sobre aviso de mi acertada argucia. El perdón es divino; pero aquí en La Tierra, quien se la hace, se la paga. ¡Qué, buena es ella, para perdonar! y menos olvidar semejante burla intestinal, aunque a su atascado vientre la viniera divinamente.

El día que me pilló tomando un chupito, de la botella que yo bien escondía envuelta entre los manteles de la alacena, en vez de la bronca habitual, fue como mi cómplice; y se calló igual la sota de bastos antes de comerse al rey de copas. Yo pensé que había tapado a tiempo el vasito con la palma de la mano y no me había llegado a ver; error de viejo, corto de vista y torpe. Ahora que ella, ya sabía donde este menda escondía la bebida, le faltó tiempo para echarle a mi querido licor de hierbas de cincuenta grados, el polvillo de alguno de sus tranquilizantes. Total solo para controlar cuantas visitas al día yo le hacía a la alacena, por los bostezos que su pócima me hacían dar; diciéndome además, con mucha sorna, que me tomara para mejor descansar una tila antes de acostar.

Tuvimos una temporada bastante tranquila, mientras ella defecaba regularmente, siguiéndole por ese mismo desagüe su mala leche. Yo, con una cabezadita por la mañana y otra después de comer, no la molestaba en sus quehaceres domésticos compaginados con un fiel seguimiento de los cotilleos televisivos. Pero como todo se termina así nos ocurrió a nosotros, el azúcar primero y mi botella justo a continuación. Ambos repusimos existencias, pero esta vez sin adulterar, por mutuo descuido u olvido, con lo que volvimos a las andadas de la bronca diaria.

Nos dimos cuenta, a la vejez viruelas, de que discutiendo estábamos mucho mejor; sobre todo si empezábamos desde bien temprano como en el desayuno. Por la mañana ni nos hablábamos, a la hora de comer tampoco nos mirábamos, y en la siesta ni nos rozábamos. Lo mejor venía en la sobremesa de la cena, soltábamos todas las tensiones con un sexo salvaje y despiadado que buenamente podía durar hasta la segunda vez que nos levantábamos de la cama para ir a orinar. ¡Qué insultos! Vaya vejaciones verbales nos decíamos, mientras nuestros pies enlazados iban entrando en calor, no había obscenidad que de nuestra boca no saliera disparada como posta lobera. Al principio, mi repertorio de barbaridades, a ella la terminaba abrumando, y refunfuñando se acababa durmiendo. Después, su viperina lengua empezó a soltarse, y no se dejó animal del pueblo, con nombre y propietario, con el que yo no hubiera tenido las más íntimas y asquerosas relaciones. Ahora, soy yo el que finge roncar, como última y desesperada defensa.

En este último otoño noté a Jacinta rara, dejó de mirar los cotilleos televisivos y me dijo que se encontraba mal, que cualquier día me quedaría solo. Fue dicho y hecho, para superar el vacío que ella me había producido, empecé a ir al bar cada tarde. No me sirvió de mucho, nunca fui yo de echar la partida en la taberna. Y así es como, después de mi siesta, acabé yendo al cementerio para volver a estar con ella. Allí estaban todas las comadres, no faltaba ninguna, en una mesa del chiringuito, mitad cafetería y mitad floristería, de la entrada del camposanto; destripando por igual a vivos y muertos. Yo me uní a esa tertulia, tan enterada de la actualidad vecinal, a tomar mi cafetito acompañado de una espiritosa copita. Por supuesto, sentado al lado de mi Jacinta y poder rozarnos con el codo o la rodilla de vez en cuando, para empoderar algún chisme de ese frívolo noticiario local.

La vida en pareja es así de simple, ser nosotros mismos. Y decirnos una bestialidad es la mejor prueba de CCC, confianza, compenetración, y complicidad. Si de jóvenes, verdes y bobos, nos pudimos soportar; ahora, siendo dos viejos cascarrabias que no se muerden la lengua, seguimos durmiendo abrazados, importándonos una mierda todo lo demás. De hecho, si nos visita algún vecino pelma o un pariente sin prisa, cuando nos cansamos de su presencia, empezamos una de nuestras sonoras broncas domésticas para que salga espantado; y con suerte, no vuelva más.

CONCURSO DE RELATOS, XXIV EDICIÓN: REBECA DE DAPHNE DU MAURIER

 Publicado originalmente en:

https://jmvanjav.wordpress.com/2020/12/13/concurso-de-relatos-xxiv-edicion-rebeca-de-daphne-du-maurier/

Él y Ella

Ha pasado un mes y te sigo viendo cada vez que llego a casa. Tú, al otro lado de la puerta, esperándome y según la hora con una mirada diferente. Si yo volvía pronto te brillaban los ojos y respirabas jadeante de alegría. En cambio, cuando saliendo del trabajo me dejaba liar por los compañeros para tomar el aperitivo, tu gesto era entre indulgente y recriminatorio según las rondas de alcohol con las que llegara. Por último estaba tu desidia, cuando alguna vez se me ocurría comer fuera y la sobremesa se prolongaba hasta media tarde, con esa mirada de indiferencia y abandono hacia mi presencia.


Nos conocíamos demasiado bien y, sin necesidad de hablar, solo con la mirada nos decíamos más que con cualquier conversación, explicación o excusa correspondiente. Tal vez, porque compartimos una época dura los dos de soledad y abandono, nuestra silenciosa comunicación resultó tan efectiva y correspondida.
No vienen al caso mis primeros recuerdos ni de Ella ni de ti, pero cada una de estas tardes, llegará pronto o más tarde, era lo que mi mente sistemáticamente colgaba como cuadros en esa casa tan vacía.


Sé que el final está próximo y las imágenes se me agolpan no solo en casa sino a cualquier hora ya del día. Dormir para mí ya es solo una ilusión, casi hasta el amanecer es un duermevela de fugaces sueños distorsionados por los recuerdos y la nostalgia. Al final, solo el agotamiento de tanto trajín me deja dar una breve cabezada hasta que el despertador con estridencia me la corta.


Hoy es el último día, mi último día para muchas cosas, no he podido librarme del aperitivo, ni tampoco de la comida tardía alargada hasta la hora de merendar con su sobremesa. Llegaré cargado, más de lo debido, de mi despedida laboral. Cuando abra la puerta de casa espero ver tu mirada, la que sea al otro lado, porque significará que Ella te ha traído como quedamos en la separación.


Estoy metiendo la llave en la cerradura, entre el alcohol y la emoción no atino alargando el momento de este desenlace. No estoy en las mejores condiciones para el discurso que tenía preparado, pero lo que diga medio trabado por la bebida será sincero y mi excusa verdadera. Ya no habrá más discusiones por llegar tarde, bebido, y malhumorado. Esta será mi última resaca de todo y aunque nunca llegué a ser mala persona sí fui lo suficiente egoísta para llegar a perder lo que realmente importaba.



Epílogo (para quienes quieran un final más cerrado)


La resaca es monumental y en esta medio oscuridad, temo abrir los ojos al notar la claridad del día a través de los parpados, me protejo a medida que me voy despertando. Como en un borroso sueño uno los recuerdos que no tengo claros si son reales o imaginados. Finalmente acerté a abrir la puerta y la casa estaba vacía, ni el cabrón de Luky estaba al otro lado ni Ella en el sofá esperando mis explicaciones.


Con semejante decepción solo se me ocurrió escribir una nota de excusa y a la vez despedida mientras tomaba una necesaria copa. Creo que debió ser lo primero lo que me salvó. Aún más borrosa tengo la imagen de Ella con la maleta en una mano y mi escrito en la otra mientras el perro me olisquea a mí en el sofá completamente noqueado.


Al fin puedo abrir los ojos creo que ha sido un conocido aroma lo que me ha forzado a ello. Luky está justo enfrente de mi cara sentado mirándome pensativo y Ella, de pies a su lado, me ofrece una taza café bien cargado. A pesar de la jaqueca consigo sentarme y bebo la negra infusión sin mediar palabra; mejor tomarme ese respiro antes de la sentencia. Tanto Ella como nuestro perro llegaron con retraso por un monumental atasco, eso propició que yo escribiera mi declaración y ahora llegaba la hora de la verdad.


Otro mes ha pasado y ahora nos sobra tiempo libre a los tres. Lo mío de beber ya se ha quedado en lo estrictamente necesario con la comida. Las discusiones han seguido pero mucho más espaciadas por cosas tontas y sin ninguna acritud. Luky está encantado porque ahora ya no tiene que compartir tutela y va con nosotros a cualquier lado. Ella acertó al tensar la cuerda de la relación porque al final se afinó en lo que importaba de verdad. Y Yo, ahora que sé lo que es perderla, valoro como es debido su compañía y su presencia; ahora los tres estamos al mismo lado de la puerta.


Epílogo II (únicamente para los más osados)

Él nunca tuvo perro, Luky fue el nombre que de niño puso a un peluche, encontrado entre las basuras de un contenedor. Ella tampoco existió, era cualquier atractiva mujer que por delante de él pasara. Y Él, ni llegaba a casa cada día ni nunca se jubiló, solo era un sintecho mendigando para comprar vino de cartón; y en sus etílicos delirios, se imaginaba una vida con otra condición.

Yo soy La Muerte, cita inevitable de todos los humanos, pero no albergo crueldad alguna. Pues, cuando un cuerpo ya inerte y frío me llega, dejo que sus últimos pensamientos le mantengan encendida la llama de la imaginación, para toda la Eternidad.