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MICRORRETOS: PERSONAJES ANTAGONISTAS (III)

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viernes, 28 de octubre de 2022

CONCURSO DE RELATOS XXXIII ED. EL GRAN GATSBY DE FRANCIS SCOTT FITZGERALD (Fuera de concurso) II

CONCURSO DE RELATOS XXXIII ED. EL GRAN GATSBY DE FRANCIS SCOTT FITZGERALD (Fuera de concurso)

Siento dar la paliza de nuevo, pero por aquí estoy para cerrar mi participación fuera de concurso con dos historias más. La primera con dos partes que se complementan, pero también pueden ser independientes. La segunda historia de la misma índole, pero con un epílogo añadido como marca de la casa. 
He acompañado a cada relato con un tema musical para dar un respiro al sufrido lector. Saludos y gracias.


Fuga en el andén I

Ella no me gustaba a mí y yo tampoco era santo de su devoción. Cada vez que nos cruzábamos en clase podían saltar chispas, no era odio solo animadversión recíproca. De hecho ni cruzábamos palabra y evitábamos mirarnos, pero éramos tan discretos que nadie se percataba de ello.

Mi vida en casa no era la que me gustaba, había tenido un cambio brusco mi existencia que me hacía sentir siempre molesto o contrariado. Igual eso era lo que veía en los ojos de ella como si fuera un espejo de mi mismo y rechazaba cruzarle la mirada. Ella hacía lo propio conmigo y comprendí que lo único que compartíamos era esa profunda rebeldía.

Un día en nuestro afán de esquivarnos, al cruzarnos entre las mesas del aula, nos tropezamos aparatosamente hasta el punto de caer ambos al suelo. Las risas de los compañeros fueron estruendosas y nosotros, cual árboles caídos, las sentimos como hachazos. En ese embarazoso instante nos cruzamos la mirada por primera vez.

A partir de ese momento empezamos a observarnos con disimulo y a dejarnos pistas y señas ocultas que respondíamos con otras. Ese tipo de comunicación fue nuestra manera de superar lo a disgusto que nos sentíamos en aquella clase. Seguíamos sin hablarnos, ni mirarnos directamente al coincidir, pero nuestra complicidad cada vez era mayor y solo había que esperar el momento oportuno.

Los siguientes meses fueron muy duros nuestros educadores se molestaron en enseñarnos muchas cosas y no nos quedó otra que aprender y sacar partido a esos nuevos conocimientos para nuestros futuros planes.

Cuando llegó la primavera con su consabido esplendor, color, y todo eso, también el buen tiempo para hacer actividades extraescolares. Y al anunciarnos en clase la próxima visita a la estación de trenes, ella y yo no pudimos evitar mirarnos de reojo, desde la comunicación hasta hacer esa salida programada únicamente contábamos con dos días lectivos y el fin de semana por medio.

Aquel viernes nos dejamos varias notas secretas para empezar a concretar nuestra actuación. El fin de semana lo dedicaríamos cada uno a trazar un plan y el lunes con más cortos escritos los pondríamos en común.

Aquel martes estábamos todos exultantes, los compañeros de clase por la excursión urbana y nosotros dos porque por fin había llegado el día de nuestro ansiado plan. Cuando llegamos a la estación de trenes, poco a poco ella y yo, nos fuimos acercando dentro del grupo; fase uno completada.

Al pasar a los andenes (nuestra estación de provincias solo tiene cuatro), a medida que el grupo avanzado mirando el cercanías allí estacionado, con disimulo nosotros nos fuimos quedando rezagados; fase dos completada.

El letrero de la vía cuatro parpadeaba y sabíamos que era nuestra señal. Nos subimos al tren, por el último vagón, y nos escondimos cada uno en uno de los dos servicios. A lo lejos oímos gritar nuestros nombres, primero como llamamiento, luego con tono preocupado, pero nuestra respuesta fue el silencio; fase tres completada.

Un traqueteo en aumento fue la confirmación de que nuestro plan se estaba ejecutando a la perfección. Impacientes esperamos que pasara algo de tiempo para salir de nuestro escondite y, como dos pasajeros más, nos fuimos a sentar. Esa fue la primera vez que ella y yo lo hicimos juntos; misión cumplida.


Fuga en el andén y II

Nuestra aventura no duró mucho más. Por la ventana íbamos viendo como nos alejábamos de la estación entre risas de satisfacción, pero en cuanto el andén y el tramo de aproximación quedó atrás nuestro el tren tomó un desvío lateral. Con incredulidad y desasosiego fuimos percibiendo como, poco a poco, se fue reduciendo la marcha, para parar acabar parados ante unas naves industriales.

Sobre aquellas gigantescas estructuras metálicas un enorme rótulo, pintado en su frontal, rezaba muy diáfano: “Talleres y cocheras”. El mismo texto que el intermitente letrero del andén cuatro de la estación. Habíamos llegado a nuestro destino pero sin apenas salir de la ciudad.

No éramos tontos y sabíamos que significaba tanto cocheras como talleres, pero el andén cuatro es el que va a la capital, a Madrid. Bien en grande lo pone y que allí, por lo tanto, pensamos que estarían sus cocheras y talleres.

Estupefactos, ella y yo, seguimos mirando por la ventana sin dar crédito a nuestra mala fortuna. Ya nos veíamos lejos de casa y de la escuela haciendo la vida que tanto echábamos de menos. Al poco, unos hombres con buzos nos descubrieron y en cosa de minutos, una pareja uniformada nos escoltaba hasta la estación de trenes.

En el trayecto de vuelta, al menos, los policías fueron amables y chistosos. La que conducía hacía bromas sobre nuestra precocidad en la delincuencia y su compañero, el copiloto, literalmente se descojonaba cuando miraba atrás y nos veía allí sentados; debíamos de parecerles como dos corderitos camino del matadero.

Los cuatro maestros que nos habían llevado a la vista, los cuatro tanto ellas como ellos, estaban esperándonos con los brazos cruzados y caras de querer mantearnos en cuanto pudieran. Por su parte, nuestros compañeros, detrás de ellos, permanecían todos juntos y muy callados.

Al entrar en la sala de espera custodiada por los dos policías al eco de nuestros pasos se le unió el de los vítores y aplausos de las cuatro clases de párvulos que allí nos esperaban para terminar la visita a la estación de trenes. Aquel incidente de dos niños de cinco años, que apenas si sabían leer y escribir, fugados podía ser muy fuerte. Así los adultos implicados decidieron dejarlo en una chiquillada y que no trascendiera más; salvo a nuestros padres, para que recibieramos un castigo ejemplar.

Esta historia me ha venido a la mente ahora, mientras sorbo la sopa de la cena, porque Ella y yo nos hemos vuelto a encontrar. Ya sé qué han pasado más de ochenta años ¡leñe!, pero la acabo de ver dos mesas delante de mí en el comedor del asilo. Eso ha sido una señal y no tardaremos mucho en trazar un plan que nos saque de aquí para escapar, aunque ya sea para ir directamente al más allá.


La última cita I

Las citas no son lo mío, siempre me sucedía algo que las acababa echando a perder. O me ponía más nervioso de lo habitual, o sacaba un tema de conversación inapropiado, o no sabía ni que decir después del saludo, o me pasaba todo el rato evitando cruzar las miradas, o hacía ruidos y gestos involuntarios pero molestos, o a saber que. Está claro que en mi caso nunca había opción para una segunda oportunidad con la misma.

Finalmente, después de una buena temporada de no haber quedado con nadie decidí apuntarme a una web que garantizaba encontrar a alguien afín. A pesar de todos mis fracasos a efectos de ficha mi perfil no era malo, sin ser yo un figurín con solo cuarenta y pocos años, en esos sitios era un buen reclamo. Así fue, cada semana tenía dos y hasta tres encuentros, pero la dinámica era la misma que en mis anteriores citas. Por lo que sin querer fui cogiendo, además, la costumbre de llegar tarde a las mismas; y con mayor retraso según, cuan atractiva, fuera la solicitante.

Yo me consideraba analítico y sabía que en algún momento daría con la cita apropiada, por eso no cejaba en seguir apuntado a ese portal. El caso es que con los quince o veinte minutos que solía llegar tarde (el tiempo que los nervios me hacían dar vueltas a la manzana antes de atreverme a entrar al sitio señalado) ya el asunto no empezaba con buen pie. Y, en cuanto me salían los tics ya mencionados, la cosa no duraba mucho más que para saludar y pagar la cuenta. Hubo más de una vez que, por principios, mis citas se habían marchado antes de mi llegada, lo sé porque yo desde la calle las veía salir del establecimiento escogido tan emperifolladas como disgustadas.

Mi último encuentro sería con una chica (mujer) de buen aspecto y con pose de distraída, como apuntada a la fuerza, igual que yo. Eso me dio buena espina y me preparé a conciencia, esta vez no tenía intención de llegar tarde y jugarme el resto a esa carta. Uno lo planifica todo a la perfección, pero las circunstancias son las que disponen, así que la línea de autobús que me acercaría al lado de la cafetería esa tarde paso dos minutos antes de lo previsto; obligándome a coger otro que me dejaría a unos quince minutos de distancia.

Con la lengua, literalmente como la de un perro de caza, entre en el local con menos de diez minutos de retraso. Miré hacía las mesas y no vi a ninguna mujer, sola o que se le pareciera lo más mínimo a mi cita. Con el sofoco de mi carrera por llegar a la hora me senté en la primera silla libre de una mesita de dos que encontré y pedí me pedí una cerveza bien fresquita.

Disfrutando casi del último y merecido sorbo de mi consumición llegó ella a mi mesa. Sofocada y con el pelo alborotado también parecía haber venido algo apresurada a la cita. En su caso, se le había pasado tocar el timbre antes de la parada y se tuvo que volver desde la siguiente. Yo le conté también mi hazaña con el transporte público y nos reímos aliviados. Fue la primera vez que eso me había pasado en una cita y la conversación siguió con esa misma rutina. Aquella tarde ambos pusimos encima de la mesa nuestras vidas, gustos y deseos, con la mayor naturalidad, conviniendo fijar para el siguiente viernes ir a cenar juntos.

En la parada del bus nos despedimos tomando cada uno una línea diferente. Para mí aquella cita había sido como un sueño hecho realidad y, al igual que en las películas clásicas al finalizar, todo se fundió en negro. No sé el tiempo que pasó hasta que volví a percibir más sensaciones, pero lo siguiente que presencie me devolvió a la más cruda de las realidades. 

Aquella fantástica cita había sido solo un sueño. Yo mismo me veía allí acostado en la cama con una mueca de felicidad, pero no estaba dormido sino muerto. Seguramente por causas naturales o porque sin darme cuenta la noche anterior, con los nervios de mi cita, me pasé con la dosis de mis pastillas.

La última cita y II

En mi nuevo estado espectral tardaba en digerir las cosas, pero estaba claro que tiempo tendría de sobra para ello. Como un testigo invisible para el mundo pude ver, como al cabo de unos días o semanas (el tiempo en mi nueva situación sí que es relativo), echaban abajo la puerta de mi casa para encontrarme allí tendido. Debió ser más, por el insoportable olor, que porque alguien me hubiera echado en falta. Yo tenía la opción de seguir como ahí como un observador o continuar mi camino espectral; como más tarde o temprano tendría que acabar haciendo.

Decidí aprovecharme de mi nuevo estatus para saciar muchas curiosidades que en mi anterior vida nunca habría podido resolver. Lo de meterme en la mente de las personas y leer sus pensamientos como un libro abierto era adictivo, máxime si podía trasladarme en el tiempo y hacerlo en las situaciones que yo escogiera. Ahora que ya no tenía importancia me di una buena sesión de todo lo que pensaban de mí mis citas y me lo pasé como cuando de crío (y no de tan pequeño) veía las películas mudas de Charlot.

Para el final me dejé aquella última cita que pudo ser, pero que por mi apresurada defunción no fue. Localicé a la mujer con la que me iba a reunir y quise ver la escena de cuando llegó y yo, por inexcusable fuerza mayor, no estuve. La seguí desde que bien arreglada, pero sin pasarse, salía de su casa y tomaba el autobús. No pude evitar una sonrisa y hasta muda carcajada cuando, efectivamente, se le pasó la parada y tuvo que volver hacia atrás en el camino casi al trote para llegar al lugar de la cita. Su expresión al llegar y no verme fue más de frustración que enfado, algo que me hizo sentir una completa empatía por ella.

Desde ese momento decidí ser su sombra y evitar como fuera que tuviera más decepciones con sus siguientes citas. Se puede decir que me mude a su casa y para ser un espectro, que no está sujeto a límites físicos ni morales, sorprendentemente me comporté de lo más pudoroso evitando ser testigo de sus intimidades. En lo que sí tomé partido fue en cuanto a sus posibles depredadores del portal de contactos de Internet.

Cada vez que quedaba con alguien yo hacía una investigación del sujeto y los clasificaba. Como oportunistas de pasar un rato, parásitos económicos o vividores, y gente más o menos legal. Del tercer grupo parece que solo había uno y se murió (no lo digo por quedar bien, pero este menda era así).

Yo me sentía como un ángel guardián con aquella mujer y me complacía, a pesar de que ella no se comiera una rosca, salvaguardarla de esos tipos tan impresentables. Cuando era el Don Juan de turno yo me metía en la cabeza de ella y, aunque se hubiese ya quedado encandilada por la presencia y palique de aquel ligón, la hacía reflexionar acerca de las intenciones de él después de que consiguiera su objetivo. Con esto las tornas se acababan volviendo en contra del conquistador quedando como un vulgar y aprovechado patán al finalizar la cita.

Si el rufián de turno era uno de esos zalameros dispuestos a hacer la comedia para acabar viviendo a costa de mi protegida la medicina era la misma, pero con más dosis a razón de una por encuentro. Finalmente, el pseudo caballero se daba cuenta de que con sus sutilezas y agasajos hacia aquella mujer no sería presa fácil; y únicamente le quedaba recoger la caña, para largarse por donde había venido con el rabo ente las piernas y la cartera vacía. Con estos, mi chica (así la llamaba yo para mis adentros) a partir de la segunda cita empezaba a disfrutar de lo lindo viendo cuantas más aguantaría tan engreído pavo antes de darse por vencido.

En estos lances, y otros mezcla de los primeros con los segundos, estuvimos varios años. Llegando mi intromisión en sus pensamientos con los suyos propios, en ese transcurso, a formar una simbiosis que a ambos nos satisfacía plenamente. Pero como todo en la vida, la suya porque yo ya estaba en el otro mundo, llega a su fin y casi como un homenaje a mi propio deceso ella falleció con una sonrisa mientras dormía. Mi respeto, por su pudor como por su intimidad, no me permitió conocer que padecía una insuficiencia cardiaca y de que un día, así sin más, podría morirse.

Epílogo

Después de su fundido en negro ella ya estaba aquí donde los dos éramos espectros sin cuerpo. Esta vez no llegué tarde a la cita y en cuanto sentí su presencia estuve a su lado. Para mi sorpresa, mientras ella contemplaba su propio cuerpo inerte, me reconoció y se refirió a mí como el pelma de su conciencia. Yo, si hubiera estado vivo, fijo que me habría puesto más colorado que un tomate maduro.

Le conté el origen de mi presencia por aquella cita en la que ambos llegamos tarde… De como sentí que ella, mi última cita frustrada por mi propia muerte, era la persona ideal que siempre infructuosamente había deseado encontrar. Por eso quise, sin inmiscuirme más de lo debido, avisarla de la gentuza que hace de Internet su coto de caza.

Ella, por su parte, me relató todas esas intimidades que yo evite presenciar (que lógicamente por aquí ahora no pienso repetir) y me agradeció esos pensamientos protectores. Por su dolencia cardiaca se sentía insegura en las citas y habría podido ser víctima fácil para cualquier impresentable o peor, acabando con un aprovechado que le hiciera la vida imposible para que palmara en cuanto pudiera heredar todo.

Se puede decir que ambos tuvimos una segunda oportunidad y nuestra primera cita en este otro barrio fue todo un éxito. Aquí igual no podemos tomar un café para empezar a conocernos, pero si hacer planes para toda la eternidad compartiendo, de motu propio, hasta esa profunda soledad que nos hizo apuntarnos a una web de contactos.


10 comentarios:

  1. ¡Qué chulas las dos....!
    ¿Sabes que serías un estupendo guionista? tienes muy buenas ideas...
    Un abrazo!

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    1. Hola, Volarela. Te agradezco de verdad el cumplido y si me hubiera dado por escribir, en su momento (así como en el siglo pasado), no lo habría descartado. Ahora, en estos concursos, me sirve de práctica y siendo relatos cortos no me desespero con el pu... corrector o las dichosas puntuaciones.
      Muchas gracias y saludos.

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  2. ¡Anda JM! Me acabo de dar cuenta de que has publicados unos cuantos cuentos más. Los dejos para el finde, y aprovecho para felicitarte por tu estupenda mención, y si hubiera un premio a la perseverancia desde luego sería tuyo.
    Hasta pronto, compañero.

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    1. Hola, Tara. Muchas gracias e igualmente. Con el nivel de los compañeros y la temática de este mes no me esperaba quedar entre los diez primeros. Sí, por lo pesado que soy, fijo un tintero de plomo 😂😂
      Bueno, al menos puedo participar, y no me amilano, con los pesos pesados como vosotros. Ese merecido nivel hay que ganarlo y yo todavía estoy aprendiendo.
      Gracias, y hasta pronto. 🖐🏼

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    2. ¿Los pesos pesados? ¿Nos estás llamando gordossss ehhh ehhhh? 😂

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    3. Hola, Tara. Si os hubiera querido llamar gordos habría sido más irónico usando campeones de sumo. 😂🤣
      Pesos pesados es más popular y con recorrido, como vuestra pegada literaria que es demoledora y hasta de KO, cada vez que publicáis un relato. 😁👍🏼

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  3. El Demiurgo de Hurlingham3 de noviembre de 2022, 2:06

    Me gustó lo de la cita después de la muerte de ella, realizando lo que la muerte de él evitó.
    Un atípico final feliz.
    Saludos

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    1. Hola, Demiurgo. No hay que perder la esperanza, en este o en el otro barrio puede llegar aquello que tanto anhelamos.
      Saludos y gracias por comentar.

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  4. Bueno, ya estoy por aquí, no he podido leerte antes, una semana complicadilla.
    Fuga en el andén es un relato estupendo, un círculo donde retratas muy bien la animadversión inicial y el proceso final.
    No has necesitado el lenguaje de los niños pequeños para narrar la historia de la escapada, porque lo cuentas desde la perspectiva del narrador-autor maduro muchos años después. Buen truco del almendruco.
    Me ha gustado mucho mucho, en especial el tono entre macabro y cáustico, en la que el narrador no se toma muy en serio a sí mismo, incluida su esencia espectral y el tratamiento del cuerpo en el que habitaba. Buen punto de vista desde fuera de sí mismo, con dosis de ironía implícita. Me ha encantado el deambular en las mentes de las personas y el seguimiento de su amada, su ángel custodio y guardián.
    En definitiva, una buena historia circular, tanto en su faceta del más acá como la del más allá.
    Te felicito JM muy muy bueno.

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  5. Hola, Tara. Lo primero no te disculpes por lo de leerme antes o después. Yo ahora que he despertado este blog para El Tintero tengo el otro como las listas de espera de las S.S. algo por falta de tiempo y bastante por mi propia naturaleza de dejarlo para el día siguiente...
    Me gusta el enfoque que le das a la primera historia, te diré que sin ser autobiográfica si tiene ese antes y después que me supuso a mí la escolarización a los cinco años. Fue de pasar a estar todo el día en la calle jugando (en mi época así era) a estar mañana y tarde 5 o 6 horas recluido. El truco de calentar el termómetro de mercurio después de comer, para no ir a la escuela alguna vez lo hice y me salió bien. 😂
    En cuanto a la segunda historia me alegro de que te haya gustado, para mí es la que mejor se adapta al tema del mes aunque exceda, con sus dos partes y epílogo, ampliamente de las 900 palabras. Como dices, el juego o tonteo entre los dos mundos le da más relieve sin perder el toque irónico.
    Muy agradecido (sin ironía ni peloteo), por tus comentarios, Tara. 🖐🏼

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