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Concurso de relatos 46ª Ed. Momo de Michael Ende. (La finca de la curva)

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martes, 15 de abril de 2025

Concurso de relatos 46ª Ed. Momo de Michael Ende. (La finca de la curva)

 

Concurso de relatos 46ª Ed. Momo de Michael Ende.



La finca de la curva


El pueblo donde de crío pasaba los meses de julio y agosto fue durante años la referencia de esos meses que en aquellos años se me hubieran hecho interminables, si no fuera por las escapadas nocturnas al caserón de la finca de la curva. Su estado abandonado y semi ruinoso era un reclamo para los cuatro canijos que cada verano éramos depositados casi como criados a unos parientes lejanos que les venía muy bien ese cambalache.


No voy a decir que nos explotaran todo el día a trabajar en las labores típicas de las granjas durante el estío. Pero es que hasta los domingos a las ocho estábamos con la faena (los animales no entienden de festivos, nos decían) y aunque el trabajo no era de mucho esfuerzo, sí era toda la mañana y más de media tarde. Por eso, nuestra liberación era justo después de cenar, aún quedaban casi dos horas de luz y otras dos que nos apanábamos con las linternas de petaca.


Supimos de la casa, de la finca, de la curva, porque en la plaza del mayor y única del pueblo (donde íbamos antes de nuestras expediciones nocturnas al caserón) oímos hablar de ella. Por lo visto había habido varias generaciones de una familia viviendo en ella hasta que todos los hijos del viejo Cuco (así los apodaban y por algo sería) se fueron a la ciudad y solo se les volvió a ver el pelo en el entierro del padre murió. Luego no se pusieron de acuerdo en el reparto y más de medio siglo después sus hijos y sobrinos siguieron igual.


El acceso a la finca era complicado, la verja aun sin el candado y la cadena que la cerraban estaba casi por completo mimetizada entre zarzas, ortigas y enredaderas. Al menos, en la parte posterior, la alta tapia que rodea toda la finca resultaba accesible gracias a una brecha en la misma. La casa en sí eran tres paredes de piedra con el tejado hundido y sin frontal. Curiosamente, no había ni puertas, o ventana alguna, lo mismo que teja alguna, salvo pedazos pequeños; en aquel pueblo debía quedar algún «cuco» más.


Cada noche los dos, tres o cuatro (según los que pudiéramos escaparnos) que íbamos a la finca de la curva nos imaginábamos una aventura nueva, pero que siempre acababa en un escondite y posterior pescar hasta que a media noche volvíamos alumbrados por la última linterna parpadeando por su ya agotada pila de petaca. En lo de las linternas también aprendimos nosotros a ser unos buenos cucos, la dichosa pila no era barata (únicamente nos podíamos permitir comprar una a la semana) y como mucho nos duraba tres o cuatro noches racionando su uso, así que al segundo día dábamos el cambiazo con alguna de las de casa, e incluso con la de algún vecino.


Nuestro último año en el pueblo, ya casi adolescentes, nos habíamos hecho de linternas con batería recargable y alargábamos nuestras misiones hasta la una y media como unos tíos. Añadimos una cajetilla de tabaco cada uno y unas latas de cerveza (teníamos que practicar, ya que empezaríamos en el instituto con los mayores) que escondíamos en la ya nuestra finca de la curva. De hecho, habíamos hecho planes de futuro y sabiendo que, ya tan mayores, a nuestros padres les iba a costar seguir con la costumbre de desterrarnos al pueblo, sí podríamos ir haciendo un fondo común para algún día hacer nuestra de verdad la finca de la curva.


Han pasado muchos años de aquello, muchos de verdad, pero he vuelto a aquel pueblo y puedo cumplir mi palabra. Ya no queda nadie conocido, las cuatro casas que formaban cada uno de los dos barrios están vacías y ni el bar tienda levanta ya la persiana. La gente acabó haciendo como los «cucos» de la finca de la curva, se marcharon para no volver. Bueno, yo conseguí a buen precio mi añorado caserón, el último descendiente no sabía como quitárselo de encima y no me hizo falta ni regatearle el precio.


La verdad no voy a hacer mucha obra, mandaré hacer una puerta de acceso en la brecha de la tapia por donde nos colábamos y que limpien lo justo para poner una pequeña casa de esas prefabricadas frente a las ruinas del caserón. Ahora, después de tantos años, volveré a estar con mis dos o tres nocturnos compañeros de aquellos veranos como si no hubieran pasado los años. Supongo que los amigos imaginarios no envejecen y seguirán igual que como yo les recuerdo, o bueno igual no, pero tanto lo uno como lo otro en cuanto me instalen la casa en la finca de la curva esa misma noche con mi flamante linterna LED los sorprenderé.


(Menos de 900 palabras)



domingo, 15 de octubre de 2023

CONCURSO DE RELATOS XXXVIII ED. MATAR UN RUISEÑOR DE HARPER LEE. "Los olvidados del sótano"

 

CONCURSO DE RELATOS XXXVIII ED. MATAR UN RUISEÑOR DE HARPER LEE.



Los olvidados del sótano

Las oficinas, sobre todo las que ocupan un edificio entero, son en sí mismas una completa sociedad en horario laboral; cual hormiguero humano.  En mi primer año laboral yo fui una mezcla entre becario, chico de la fotocopia, y cartero, de una importante firma únicamente nacional; Pero, eso sí, con un inmueble propio de seis plantas.

En este tipo de empresas la lógica piramidal establecía que cuanto más arriba llegaras también lo haría el salario así como que el trabajo se basaría en tomar decisiones sobre las tareas de la planta inferior. Por ello, los jefes ejecutivos de la sexta aprobarían, o no, los procesos de los directores generales. Y estos, a su vez, sobre los objetivos de los responsables de departamento de la cuarta planta.

Llegar a encargado de sección era la meta profesional a la que los empleados normales podíamos aspirar, aunque quedarse en técnico de departamento del segundo piso o de servicios de la primera era lo más habitual; incluso, de atención al público, en la planta baja.

Yo aquel año empecé desde abajo, en el mismo sótano donde se ubicaba el archivo y custodia de toda la documentación de la empresa. Tanto la física como la informatizada en el servidor. De ahí mi multifuncionalidad, fotocopiando, escaneando, o como cartero recogiendo y entregando sobres por todas las plantas.

Mi jefe (jefa) era el único responsable departamental que no tenía su despacho en la cuarta planta como sus homólogos. En su primera etapa laboral, gracias a un curriculum con tres licenciaturas y dos doctorados (ni los de la sexta tenían ese nivel académico), promocionó rápidamente. Pero en aquella época era la única mujer titulada y, las mentes mal pensantes, vieron a Dios creando un responsable de archivo y custodia de documentación. Y algo que iba a ser puntual y provisional pasó a ser una cadena perpetua dado que aquel (hasta entonces) infravalorado departamento empezó a ser eficiente y operativo gracias a ella.

Con el paso de los años, los de arriba (muy intencionadamente), se fueron olvidando de aquella perla relegada al sótano del edificio. Y mi jefa, por su parte, fue asumiendo asumió que allí acabaría su carrera laboral; sin más reconocimiento que el de su perfecta organización (y la correspondiente prima), pero sin opciones de subir planta alguna. Y eso que, cuando yo fui contratado, en la sexta ya había una ejecutiva (una simple licenciada, pero hija de uno de los socios); más dos arpías en el quinto piso, la de directora de recursos humanos y la de compras (también con algún apadrinamiento poco transparente).

Estuve tres meses a prueba y doña Reme (para su mala estrella Remedios se llamaba mi jefa), a pesar de ser bastante estricta (y hasta gruñona) me permitió seguir; a pesar de varias torpezas acordes con mi inexperiencia. Ella no era tan vieja como para ser mi madre, pero sí esa hermana mayor mandona y seria. El caso es que en un par de años, en aquel sótano nos quedamos nosotros dos solos, mis otros compañeros (todos con alguna tarjeta de alguien superior) promocionaron de planta. Y, estando ya todo informatizado, la empresa consideró que, con un responsable y un ayudante, el departamento de documentación y custodia ya estaba bien dimensionado.

Mi temprana promoción (aun siendo allí abajo) me vino muy bien económicamente y sé que Remedios tuvo mucho que ver con ello. En los siguientes años optimizamos tanto el departamento que salvo para los buitres de la sexta establecimos un horario de entrega y recogida de documentación que, a pesar de las críticas de los de la cuarta y quinta planta, mejoró aún más nuestra eficiencia. Tal vez por eso, nuestros compañeros de arriba, nos pusieron los motes de la bruja y el chupatintas del sótano.

Yo ante aquel menosprecio, una mañana tomando un café los dos (dentro de nuestra cueva habíamos habilitado un cuartito a modo de cocina), rompí el hielo jerárquico y empecé a tutear a Remedios. Ella (mi superiora) ya lo hacía desde el primer día y, entre risas, me dijo: «Ya has tardado en decidirte». 
Aquel momento fue tan mágico, en muchos sentidos, que a ambos nos libró de todo el mal rollo que ese sótano nos había provocado.

Nos habíamos liberado de esa enfermiza frustración laboral reflejada en nuestros rostros, ahora podíamos mirar con cordialidad; y, hasta cómplices, sonreír. Nuestra metamorfosis motivó en todo el edificio el rumor de que fijo manteníamos relaciones. Con la próxima absorción de la empresa por una multinacional, los de arriba decidieron que los amantes del sótano (como nos llamaban ahora), sobrábamos; máxime teniendo tan automatizado el departamento de archivo y custodia.

Una comitiva encabezada por la directora de recursos humanos y cuatro o cinco pedorros más de los últimos pisos bajaron a nuestro sótano a avergonzarnos por nuestra falta de pudor y decencia, exigiéndonos con intimidación (literalmente insultos) firmar 
un despido por causas objetivas para evitar juicios y más escándalos. Reme y yo, después de mirarnos con sorpresa, no pudimos evitar soltar una carcajada.

La sentencia en el juicio fue muy clara, tanto que ninguno de aquel comité puritano forma parte de la plantilla de la nueva empresa. Nuestro sistema de trabajo incorporaba numerosas cámaras de seguridad y lo único escandaloso que recogieron fue aquel amago de linchamiento. Ahora, Reme dirige el centro de datos de la multinacional desde una séptima planta; y yo, soy su compañero, a jornada completa.

sábado, 15 de abril de 2023

CONCURSO DE RELATOS 36ª Ed. EL PENTAMERÓN de Giambattista Basile (La posada de El Bosque de las Sombras)

 

CONCURSO DE RELATOS 36ª Ed. EL PENTAMERÓN de Giambattista Basile



La posada de El Bosque de las Sombras


El Bosque de las Sombras es la tierra de nadie que separa El Reino del Valle de El Ducado de la Montaña. La leyenda cuenta que Uthar el viejo, consumido por una envidia atroz hacia su primer ministro el duque Zor, lo desterró con toda su casa a las abandonadas minas de la montaña esperando que, durante el crudo invierno, todos sucumbieran. Pero, gracias a las innumerables grutas y galerías el nuevo ducado consiguieron sobrevivir, encontrando además nuevas y fructíferas vetas de metales y hasta de piedras mágicas.


Con el paso del tiempo las nuevas generaciones de ambos dominios habían establecido unas fructíferas relaciones comerciales, aunque no exentas de traiciones y continuas conspiraciones. De hecho, el nombre de Bosque de las Sombras viene porque en él habitamos todos los repudiados, tanto del llano reino como del escarpado ducado. Cuenta con una aldea, en el único claro del mismo, siendo su posada el punto de reunión tanto de avarientos comerciantes, como de siniestros contrabandistas, que viene a ser lo mismo.


La regencia de tan significado lugar está en manos de Halley, una ya vieja hada cuya magia blanca en el reino fue sustituida por las oscuras pócimas y sortilegios de Mist, una joven bruja que también supo hechizar al rey Damas. Crok es el otro cincuenta por ciento de la posada, soy yo, y me escapé del Ducado de la Montaña antes de ser despeñado por falso vidente. La verdad es que tengo presagios y visiones muy nítidas, pero luego la mayoría de ellas ni por asomo llegan a cumplirse o evitarse. Halley y yo formamos una buena pareja (comercial) y de borracheras a escondidas; pero, como buenos cómplices, compartidas.


A mi compañera y a mí no nos consume el rencor, ni el odio hacia nuestros respectivos detractores, pero en la posada tanto a los que suben como los que bajan les cobramos algo más que a los demás. Así todo, el recuerdo del escarnio y la humillación, nos lleva con cierta frecuencia a dar buena cuenta de nuestros mejores barriles; suerte que Halley todavía se acuerda de la fórmula del filtro antirresaca y a la mañana siguiente nadie se percata de nuestras particulares bacanales. 


Una faceta que nadie conoce de estos posaderos tan alegres es que, las noches que no nos emborrachamos, Halley y yo mantenemos el equilibrio de poder entre El Valle y La Montaña. Aunque mi poder premonitorio hace menos dianas que un arquero ebrio a mi sexto sentido no se le escapa presencia alguna de peligro. Así que nos dedicamos a recorrer el laberinto de galerías de la montaña expoliando cualquier piedra mágica, o preciosa para otros, gracias al Toque de Presencia del hada que me acompaña. De esta forma, ni El ducado de la Montaña ni El Reino del Valle, aumentarán peligrosamente su potencial mágico.


También, preferiblemente las noches de luna nueva, solemos hacer alguna escapada al Reino del Valle para comprobar que sus existencias de piedras mágicas no desequilibraría la balanza, ni para atacar por sorpresa o ser ellos invadidos. De paso, Halley aprovecha para echar unas gotas de laxante en todas y cada uno de los brebajes de la reina Mist, más que por venganza, para que las tripas de aquellos que tomen sus pócimas no padezcan de pesadez de estómago. No tenemos miedo de ser descubiertos porque mi hada conoce hasta el último pasadizo y recoveco del castillo, lo mismo que yo todas y cada una de las grutas y las galerías de las minas; al margen de que mi instinto detecta cualquier presencia animal o humana próxima, como si viera sus espectros a través de paredes y muros.


La cuestión es que tanto Halley como yo nos estamos haciendo mayores para esas correrías y con todo lo que hemos arramblado y guardado a buen recaudo, gracias a los trueques con los comerciantes de tierras lejanas, cualquier noche desaparecemos para no volver y olvidarnos de todo esto para siempre. No obstante, ya estamos adiestrando a una camarera (medio bruja y hechicera) y al mancebo del herrero (que también es algo alquimista) como nuestros sucesores para que sigan en paz este Reino del Valle y su Ducado de la Montaña.


En la vida hay que posicionarse, pero en vez de irse a un extremo u otro de la balanza lo mejor es, como su fiel, quedarse en medio y sisar de los dos platillos. 

viernes, 31 de marzo de 2023

MICRORRETOS: DE LA ESCENA... ¡AL MICRO! (El tercer hombre)

 

MICRORRETOS: DE LA ESCENA... ¡AL MICRO!


Da la cara julandrón 

El eco de unos pasos desacompasados rompe el silencio de una fría noche otoñal entre sus desalmadas calles. Una escasa iluminación, casi sepulcral, y el repiqueteo de mis pisadas por el adoquinado suelo hace, si cabe, más desapacible mi deambular por las mismas. 

Para la bebida siempre he tenido buen aguante, pero en estos tiempos de escasa solvencia he tenido que ir a lo más barato y eso parece que me afecta en mayor medida. Al menos, los ardores de estómago me inhiben del frío en tan desapacible noche: y ese alcohol de garrafón en sangre también me ayuda a nublar el cerebro de mis tormentosos y contradictorios pensamientos.

Doblando la esquina percibo un doble eco de pisadas, me vuelvo instintivamente, al tiempo que veo una fugaz sombra ocultándose en el quicio de un soportal. Me acerco para exponer a mi perseguidor, no tengo la noche propicia para jueguecitos. Únicamente percibo la puntera de unos buenos zapatos que sobresalen quedando el resto de la silueta mimetizada entre la oscuridad. Un pequeño gato se acerca y empieza a ronronear a sus pies, eso me hace dudar de las malas intenciones de mi oponente.

Así todo, le grito, le interpelo con acritud, para que se dé cuenta de que no me ha pasado desapercibida su presencia. Tengo éxito porque en la casa de enfrente se enciende una luz ante la escandalera de mi regañina. Ahora, como si se hubiera levantado el telón, veo las cínicas facciones, y tan familiares, de mi acechador.

(250 palabras más el título)

miércoles, 19 de octubre de 2022

CONCURSO DE RELATOS XXXIII ED. EL GRAN GATSBY DE FRANCIS SCOTT FITZGERALD (Fuera de concurso)

Bueno, compañeros y lectores, para no marearos con entregas sueltas, aquí van cuatro relatos fuera de concurso que creo cumplen con lo solicitado; aunque sea a mi manera. Y para dar un respiro, a cada historia le he puesto una canción o tema musical.
Saludos y gracias.

miércoles, 30 de junio de 2021

CONCURSO DE RELATOS, XXV EDICIÓN: WILT de TOM SHARPE

 Publicado originalmente en:

https://jmvanjav.wordpress.com/2021/02/03/concurso-de-relatos-xxv-edicion-wilt-de-tom-sharpe/


CONCURSO DE RELATOS, XXV EDICIÓN: WILT de TOM SHARPE

Ella y este menda pareja desde antaño

Jacinta mi mujer, o Cintuca para todos los demás, siempre presumía de no padecer estreñimiento; tema recurrente en este pueblo después de hablar del tiempo. Pero, en cuanto llevara tres días sin vaciar la tripa, ya no había marido, vecino o extraño quien la aguantara. Hasta los mastines de Cosme el mulero, a su paso, escondían el rabo entre las patas gimiendo como cachorrillos; ya habían probado su vara de avellano, por lanzarla un triste gruñido, en mitad del hocico y de propina en el grifo de su aparato urinario. Yo eso se lo arreglé echando sobres de laxante en el azúcar, del que también alardeaba ni probarlo solo una pizca en el café; ¡Si! y otras dos o tres a escondidas, como si esas ya no contaran. Desde esa misma mañana, la cisterna empezó a sonar con la misma regularidad que la del reloj de la plaza a medio día.

Ella, era buena cristiana de cotilleo de velatorio y misa de funeral, pero rencorosa aún más. Que yo tuviera razón en algo era superior a su condición; por ello, hasta que no me lo hiciera pagar con creces, no descansaría en paz ni muriéndose. Tanta regularidad fisiológica la debió poner, en sobre aviso de mi acertada argucia. El perdón es divino; pero aquí en La Tierra, quien se la hace, se la paga. ¡Qué, buena es ella, para perdonar! y menos olvidar semejante burla intestinal, aunque a su atascado vientre la viniera divinamente.

El día que me pilló tomando un chupito, de la botella que yo bien escondía envuelta entre los manteles de la alacena, en vez de la bronca habitual, fue como mi cómplice; y se calló igual la sota de bastos antes de comerse al rey de copas. Yo pensé que había tapado a tiempo el vasito con la palma de la mano y no me había llegado a ver; error de viejo, corto de vista y torpe. Ahora que ella, ya sabía donde este menda escondía la bebida, le faltó tiempo para echarle a mi querido licor de hierbas de cincuenta grados, el polvillo de alguno de sus tranquilizantes. Total solo para controlar cuantas visitas al día yo le hacía a la alacena, por los bostezos que su pócima me hacían dar; diciéndome además, con mucha sorna, que me tomara para mejor descansar una tila antes de acostar.

Tuvimos una temporada bastante tranquila, mientras ella defecaba regularmente, siguiéndole por ese mismo desagüe su mala leche. Yo, con una cabezadita por la mañana y otra después de comer, no la molestaba en sus quehaceres domésticos compaginados con un fiel seguimiento de los cotilleos televisivos. Pero como todo se termina así nos ocurrió a nosotros, el azúcar primero y mi botella justo a continuación. Ambos repusimos existencias, pero esta vez sin adulterar, por mutuo descuido u olvido, con lo que volvimos a las andadas de la bronca diaria.

Nos dimos cuenta, a la vejez viruelas, de que discutiendo estábamos mucho mejor; sobre todo si empezábamos desde bien temprano como en el desayuno. Por la mañana ni nos hablábamos, a la hora de comer tampoco nos mirábamos, y en la siesta ni nos rozábamos. Lo mejor venía en la sobremesa de la cena, soltábamos todas las tensiones con un sexo salvaje y despiadado que buenamente podía durar hasta la segunda vez que nos levantábamos de la cama para ir a orinar. ¡Qué insultos! Vaya vejaciones verbales nos decíamos, mientras nuestros pies enlazados iban entrando en calor, no había obscenidad que de nuestra boca no saliera disparada como posta lobera. Al principio, mi repertorio de barbaridades, a ella la terminaba abrumando, y refunfuñando se acababa durmiendo. Después, su viperina lengua empezó a soltarse, y no se dejó animal del pueblo, con nombre y propietario, con el que yo no hubiera tenido las más íntimas y asquerosas relaciones. Ahora, soy yo el que finge roncar, como última y desesperada defensa.

En este último otoño noté a Jacinta rara, dejó de mirar los cotilleos televisivos y me dijo que se encontraba mal, que cualquier día me quedaría solo. Fue dicho y hecho, para superar el vacío que ella me había producido, empecé a ir al bar cada tarde. No me sirvió de mucho, nunca fui yo de echar la partida en la taberna. Y así es como, después de mi siesta, acabé yendo al cementerio para volver a estar con ella. Allí estaban todas las comadres, no faltaba ninguna, en una mesa del chiringuito, mitad cafetería y mitad floristería, de la entrada del camposanto; destripando por igual a vivos y muertos. Yo me uní a esa tertulia, tan enterada de la actualidad vecinal, a tomar mi cafetito acompañado de una espiritosa copita. Por supuesto, sentado al lado de mi Jacinta y poder rozarnos con el codo o la rodilla de vez en cuando, para empoderar algún chisme de ese frívolo noticiario local.

La vida en pareja es así de simple, ser nosotros mismos. Y decirnos una bestialidad es la mejor prueba de CCC, confianza, compenetración, y complicidad. Si de jóvenes, verdes y bobos, nos pudimos soportar; ahora, siendo dos viejos cascarrabias que no se muerden la lengua, seguimos durmiendo abrazados, importándonos una mierda todo lo demás. De hecho, si nos visita algún vecino pelma o un pariente sin prisa, cuando nos cansamos de su presencia, empezamos una de nuestras sonoras broncas domésticas para que salga espantado; y con suerte, no vuelva más.

MICRORRETO: ¡A CIEGAS!

 Publicado originalmente en:

https://jmvanjav.wordpress.com/2021/01/15/microrreto-a-ciegas/


Dicky & Ricky Agentes Secretos

El cine siempre me ha gustado, en especial las películas trepidantes y de acción. Las ruedas chirriantes y los rugidos de los motores en las persecuciones, los tiroteos interminables, las explosiones, pero sobre todo los impactos de los golpes en las peleas.


Igual, por eso mismo, tengo metido en la cabeza que yo podría ser un agente secreto muy cualificado. Reúno varios requisitos que no todo el mundo posee. Tengo un oído privilegiado, lo mismo detecto el más leve sonido que puedo, entre un montón de ruidos, filtrar una determinada conversación. En cuanto al tacto soy capaz de abrir cualquier cerradura, y seguramente hasta una caja fuerte, con la sensibilidad de mis yemas. Mi olfato no se queda atrás, antes de beber identifico el contenido, incluso si le han añadido algo para gastarme una broma. Paseando con mi perro Dicky puedo seguir a alguien sin llamar la atención; sentándome, incluso a su lado, en el parque. No tengo tampoco problemas de orientación, soy un GPS andante en cualquier situación, sin planos o brújula alguna. No tengo miedo a las alturas, ni por supuesto a la oscuridad, pudiendo cumplir misiones en cualquiera de esas condiciones. En definitiva, doble cero o no, yo sería un agente secreto cojonudo.


De hecho, en el instituto practico, Dicky como buen perro lazarillo es mis ojos y me avisa para no ser pillado.
Puede que no tenga muy claro que es eso de la luz ni los colores, pero mi imaginación es como la de cualquiera.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Los peluches no tienen corazón

La semana pasada, con las primeras heladas del invierno y como todos años, agarré un catarro. Esta vez, la edad no perdona, más fuerte que de costumbre y pasé un fin de semana de los buenos, la fiebre me subió hasta donde los delirios son más reales que todo lo demás.

El caso es que la noche del sábado o del domingo, precisar cual no es relevante, en medio de esas alucinaciones volví a tener cuatro años y vivir en la casa de mi infancia. Con esa edad, mi fantasía, también, se mezclaba con la realidad. Me pasaba el día jugando, con los muñecos de vaqueros e indios, oyendo las voces de todos ellos.
  
En mi delirio de sueño, yo ya estaba acostado y hablaba con Pepín mi osito de peluche y mejor amigo a los cuatro años. Me veía preguntándole como podía estar vivo si no tenia corazón y era de trapo y serrín. Pepín no me miro, eso no podía hacerlo, pero si me contestó: 

"Estoy vivo porque la vida está, también, en lo que no se ve"


Con su respuesta me quede traspuesto tanto en esa visión como en mi delirio febril. Más tarde. en la misma noche, retomé el sueño de mi infancia y seguí la conversación con mi peluche:

-- Yo te veo y te toco, pero tu no te mueves, pero si te pregunto me contestas, pero no lo entiendo.

-- No tienes que entender nada, es así. Si yo no existiera, serias tú, jugando como con los indios y vaqueros, quien me podría la voz. Cuando te contesto hablo como tú lo haces?


Me volví a dormir en la visión y la fiebre también le dio un receso a mi cuerpo pudiendo descansar hasta bien entrada la mañana. Al levantarme e ir asearme un poco, justo cuando vi mi desarreglado aspecto frente al espejo, un familiar timbre de voz, con tono de reproche, me dijo:

"Vaya pinta macho, por ti, sí que pasan los años".