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viernes, 1 de enero de 2021

Re: MICRORRETO: CONTINUARÁ

 

Noche de insomnio

Microrretos: CONTINUARÁ…
 

No podía dormir y había salido a caminar, era lo único que podía controlar la ansiedad de mi insomnio crónico. Los soportales de la Plaza Mayor devolvían el eco a mis pasos. No era prudente pasear de madrugada estas noches, recientemente había habido una fuga en el psiquiátrico. Un psicópata después de estrangular al director del centro, usando su bata blanca, salió como si nada por la puerta principal.
A medida que en mi cabeza repasaba este siniestro acontecimiento, sin darme cuenta aceleraba el paso. De repente, mi cadencia tuvo un redoble acompasado, y cuya reverberación me indicaba su proximidad.
Se paralizaron mis pensamientos, un sudor frío empezó a bajarme por la frente y la nuca como un gélido aliento. Mentalmente me situé y tracé una imaginaria linea recta hasta el portal de mi casa. No había mucha distancia, pero también el eco de mi perseguidor entre las sombras, era cada vez más próximo y fuerte.
Sin pensarlo eché a correr, en solo dos o tres minutos llegaría. Mi desquiciada mente me veía como un ratón a punto de ser atrapado por el gato. Con la llave en la mano, tembloroso por el miedo y el sobresfuerzo, tardé unos eternos segundos en poder abrir la puerta del portal. Corrí hasta el ascensor que, por suerte, estaba en la planta baja. Entré, empujando la puerta tras de mí, y apresurado apreté el botón de mi piso; tanto que no surtió efecto. De improviso la puerta, ante mis desorbitados ojos, se abrió.

(Continuara)


Texto corregido con las buenas indicaciones de Javier Rodríguez-Morán

 

MICRORRETO: CONTINUARÁ (finales)

Tanto por las buenas sugerencias en los comentarios, como de mi propia imaginación, pondré un par de finales alternativos refundiendo estas ideas. Me saldría alguno más pero, mejor dos aceptables que tres o cuatro infumables. Ajustándose, eso sí, dentro de la extensión máxima de 250 palabras.

Microrretos: CONTINUARÁ…

Final I (El psicópata)

Una inmensa mano de dedos fuertes y largos bloqueaba entre abierta la puerta del ascensor. Instintivamente me eché hacía atrás como tratando de ocultarme entre las paredes de la cabina. Por el tamaño de la mano esperaba ver de un momento a otro a un gigante frente a mí dentro de tan pequeño habitáculo.
Los segundos pasaban a cámara lenta mientras yo no podía quitar la mirada de la puerta que, ahora sí ya estaba del todo abierta. Ante mi una enorme silueta fue aproximándose a mi reducido espacio vital. La mirada vacía y fría de un rostro igual de inexpresivo fue el eco de mi aterradora visión. No había duda, este sujeto era mi perseguidor y ahora me tenía a su completa merced.
Sentí como me faltó el aire cuando aquellas tremendas manos se aferraron a mi cuello.
Quería gritar con todas mis fuerzas, pero no había aire alguno que pudiera expulsar. Notaba como la congestión, a medida que aumentaba la presión de sus manos, me hacían estallar la cabeza y los pulmones.
Una pesadilla donde despertar era la única opción que no parecía contemplarse o eso me parecía a mí en esos momentos. Jadeante y completamente sofocado me desperté, un cojín a saber como me cubría la cara por completo: respirar era mi única pretensión en aquel momento.
Dormirse en el sofá, de cualquier postura viendo una película de miedo, puede provocar pesadillas de lo más reales.


Final II (La Viuda Negra)

Una cuidada y delicada mano asomó tímidamente. El rojo intenso de sus uñas ya me dejó bien claro quien sería mi acompañante en el ascensor. Debí haberme dado cuenta por el ruido cuando venía que era más propio de unos tacones. Mi apuesta y elegante vecina del quinto; más conocida, por las otras comadres de la escalera, como La Viuda Negra tan solo por haberse llevado al otro barrio a tres maridos; aquí estaba, literalmente, vestida de negro dispuesta a matar.
Se disculpó conmigo por la carrera y el susto que me había dado. Con las prisas se había dejado las llaves puestas en la puerta y de ahí, a esas horas, al verme fuera yo su salvación. Al coincidir nunca habíamos pasado de un cordial hola o adiós; pero, en estas circunstancias, ya no teníamos hielo que romper.
Precisamente, Ella volvía de su cena de jubilación, con las prisas se equivocó de bolso y ni cartera o móvil llevó. Así que al verme me siguió como a un perro lazarillo.
La acompañé a su piso y, efectivamente, de la cerradura colgaban las llaves. Me ofreció un café como agradecimiento que no dudé en aceptar. Luego dentro, después de un par o más cafés y alguna copita de licor, me confesó su mayor secreto.
Era soltera, en bromas dijo lo de ser viuda tres veces y las cotillas ya se encargaron del resto. Entre las risas, que más de una comadre por el patio oiría, le juré guardar su secreto.

jueves, 22 de octubre de 2020

Re: XXIII EDICIÓN: 1280 ALMAS DE JIM THOMPSON

 Después de una siesta de más de un año hago esta entrada especial. Publicada originalmente en:

jm vanjav hasta en 500 palabras+

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjKTGDwTIZOe0KUDt4g0tdE_Lnokc0psvuv-bV6f2FSrlrgLzdTDACTFWTfvWl2sVfO2AJV32xQRZwDQOYr2wIOSzjKFR60rZQsTnVpO1jy3ilLZj98uVh1n3nl4JmoUyOoG45wCbwXhUM/s2048/XXIII+EDICI%25C3%2593N+1280+ALMAS.jpg

 XXIII EDICIÓN: 1280 ALMAS DE JIM THOMPSON

 

 

 Tal para cual

No me gusta hablar de mí con nadie. Solamente lo hago en los bares de carretera cuando el alcohol de madrugada me suelta la lengua. Soy el centro de atención de los parroquianos que se burlan de mi verborrea etílica. Que cosas, cuando los dejó reírse a carcajadas de mí, mientras tambaleante trató yo de acercarme al servicio. Pobres infelices, ni por la cabeza se les pasaba que use la puerta trasera del callejón. La mecha lenta en el depósito de combustible me permite tiempo de sobra para volver dando tumbos hasta mi sitio y al poco oír como explotan sus rancheras como por arte de magia. Sus caras burlonas se vuelven de desesperación al comprobar como, sus queridos vehículos tuneados, acababan ardiendo por los cuatro costados. Ya se sabe que quien ríe el último lo hace con más ganas.

Mi personaje tambaleante por el exceso de bebida es la solida cuartada que me exime, a su pesar, de la autoría de esas fogatas rodantes. Incluso aquella noche en la que los moteros me invitaron cada uno a una ronda para emborracharme para con la misma quedarse con mi maletín de muestras de bisutería como premio. Pobres ingenuos, cuando sus motos explotaron ordenadamente como fichas de dómino, se olvidaron de mí y de mis muestras tratando desesperadamente de salvar algo más que chatarra quemada de sus monturas.

Todos tenemos algún punto débil y el mío fue la chica de la autocaravana. Astuta como una serpiente se acercaba a sus víctimas y los engatusaba con sus dos exuberantes buenas razones. A la mañana siguiente, en mitad de cualquier cruce secundario, aparecerían con una resaca monumental y en paños menores; los pobres paletos volverían a su casa, con el rabo entre las piernas, sin contar nada de lo ocurrido ni mucho menos con amago de denunciarlo. Conmigo la cosa cambió y, cuando me ofreció el último trago en su remolque, yo cambie los vasos y ella fue quien acabó drogada. Al intentarme aprovecharme de la situación no conté con el as de su manga. Un doberman que, de improviso y silencioso, me obligó a encerrarme en el minúsculo baño de la roulotte, hasta que Ella volviera en sí.

Por la mañana, reconociéndonos ambos los méritos del otro, decidimos probar a seguir juntos una temporada. Pusimos en común nuestras habilidades y, a parte de timar a los reprimidos aldeanos o quemar los vehículos de los más bocazas, competíamos entre nosotros para ver quien quedaría finalmente por encima del otro. Así empezaron nuestras andanzas que, casi a diario, tenían titulares en la prensa local y hasta estatal. Lo de la furgoneta que ardió con una pareja durmiendo dentro pasó como un desgraciado accidente. Cuando, en el servicio de un restaurante de veinticuatro horas, encontraron a tres miembros de una despedida de soltero con los pantalones bajados y sendos cortes de lado a lado del cuello ya no pareció algo tan accidental. La congregación religiosa asfixiada en pleno acto religioso, por una quema masiva de marihuana, tampoco tenía pinta de designio divino; más que nada por estar las puertas y las ventanas bloqueadas desde fuera.

La escalada de víctimas, que detrás íbamos dejando, aumentaba al tiempo que el círculo policial nos iba cercando. Decidimos hacer una última hazaña antes de cambiar de estado; después ya veríamos. La fortuna nos llevó a un pueblo limítrofe en plena celebración de una boda con todos sus vecinos presentes. Lógicamente no tuvimos el menor problema para colarnos en la fiesta y echamos en cada ponchera una buena cantidad matarratas o de laxante. Después nos sentamos placidamente a contemplar el espectáculo, ganaría quien más afectados suyos tuviera. Al poco el parque, donde se ofrecía el ágape, se llenó de retorcidos cuerpos por el suelo gritando. Los demás, a priori más afortunados, como podían medio ocultos entre los setos, defecaban compulsivamente.

Al día siguiente, desayunando al otro lado del estado, oímos la noticia de tan movida boda. Parece que nos confundimos en las dosis y, si bien con el laxante nos pasamos, con el matarratas nos quedamos cortos; los afectados por el veneno después de un lavado de estómago volvieron a sus casas. Los incontinentes sí tuvieron que seguir ingresados para poder estabilizarles; convinimos un empate técnico. Aprovechando que Ella fue al servicio, edulcoré su café generosamente con matarratas, para acabar con esa igualdad.

 
Como antes mencioné, Ella era mi punto débil. No me importó que condujera sabiendo que en minutos el veneno la haría retorcerse de dolor. En esta ocasión yo tampoco preví que, mientras fui a coger un periódico durante el desayuno, Ella me echará bien de laxante en mi zumo. Así justo, al empezar a descender por un zigzagueante puerto de montaña, tuve que irme inexcusablemente y la con la máxima urgencia al pequeño servicio de la autocaravana. Desde allí sentado la empecé a oír gritar de dolor, una y otra vez con más fuerza y angustia en cada alarido, sin que mi incontrolada evacuación me permitiera moverme de la baza. No sé cuanto duró su agonía mientras, a golpe de volantazos, íbamos bajando por ese retorcido puerto. Solo sentí como en un momento, mi cuerpo se elevó del improvisado trono, para a continuación inclinarse como en un vertiginoso salto de eslalon. Ella ya había dejado de gritar, así que finalmente, yo había ganado; al menos durante esos breves segundos, de nuestra caída libre, por el barranco.

jueves, 17 de mayo de 2018

La tertulia de las diez: "El libro de la sabiduría"

Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.

La única posesión del viejo maestro era el libro de la sabiduría que de maestro a alumno se iba pasando como ritual de la madurez del conocimiento. Este buen hombre no tuvo suerte con los aprendices, por un motivo u otro, ninguno había llegado al nivel de conocimiento requerido o se habían cansado de esperar alcanzar ese estatus.

Ahora, el viejo maestro, sabedor que su vida en este plano de realidad tenia las semanas o los meses contados, necesitaba un discípulo a quien pasar esos conocimientos y no perderse con su muerte. Recorría todos los barrios de las ciudades que visitaba deseando encontrar un elegido digno de perpetrar tanto saber.

El escrutinio de la última ciudad le había llevado todo el día y el resultado era el mismo que si la hubiera pasado de largo. Era tarde para llegar a su siguiente destino sin hacer noche pero, para ganar tiempo, decidió caminar hasta un oasis que estaba a medio camino, así madrugando llegaría al pueblo siguiente todavía de mañana.

El oasis por su situación estratégica a medio camino entre las dos ciudades servia de abrevadero y posada por lo que siempre estaba concurrido de viajeros. Recientemente, el posadero, hombre ya muy mayor, había dejado todo el negocio a su mancebo, un joven muy emprendedor que fue allí abandonado de niño y el viejo posadero se hizo cargo de él enseñándole el oficio.

En cuanto el sabio vio al muchacho supo que ese iba a ser su discípulo, atendiendo allí todo el solo, se desenvolvía con una soltura fuera de lo normal. El joven ávido de saber acepto la proposición del viejo hombre. Se quedaría en el oasis los meses que le quedaran de existencia con comida y cama y él, por su parte, le inculcaría todo el saber al nuevo posadero.

Las semanas pasaron y se hicieron meses, así hasta treinta y seis. El viejo maestro teniendo un techo y comida asegurada sin tener que deambular de un sito a otro, alargo su estancia en este plano, por lo que el muchacho tuvo tiempo de alcanzar la madurez de un hombre y con sus enseñanzas seria un digno sucesor.

El posadero del oasis enterró a su viejo preceptor, no sin antes haber hecho, en su lecho de muerte, la ceremonia de la entrega del libro del conocimiento. Las enseñanzas  recibidas le fueron muy útiles y al poco tiempo ya tenia cuatro muchachos, abandonados de la vida como lo fue él, atendiendo el oasis: repartir el trabajo y ser generoso con la paga fue la primera enseñanza que le sirvió para su negocio.

Un espíritu emprendedor cargado de enseñanzas necesitaba ampliar horizontes, así el posadero del oasis dejo el negocio bien atendido por los cuatro sin hogar, que ahora eran como una familia, y se aventuro a compartir sus conocimientos por toda la región. A pesar de ser un hombre recién hecho, en cuanto hablaba, se notaba su gran sapiencia por lo que, rápidamente, se le conoció por el joven maestro.
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Con los años, la región se quedo pequeña y los viajes del nuevo sabio se extendieron hasta las fronteras de los países vecinos. En cada sitio dejaba perlas de su conocimiento, arreglando situaciones de todo tipo, como un juez de la vida que pone paz por donde pasa. Todos estaban asombrados, no solo por sus inteligentes y justos veredictos, también porque su libro de sabiduría nunca era abierto, no necesitaba de su consulta.

Este sabio no tuvo problemas para encontrar discípulos, en cada ciudad encontraba al menos un voluntario; la única condición que imponía, era la de viajar tres años juntos, dándoles un nivel en cada nueva temporada. De esta forma podía tener un aprendiz de primer nivel, otro de segundo y el, más avanzado, de tercer grado.

Cuando el joven maestro, ahora ya tan mayor como su predecesor, presintió que el cambio de plano estaba cerca, decidió pasar sus últimas semanas de vida en el oasis donde los cuatro muchachos, ahora hombres, mantenían prospera la posada. Al enterarse sus discípulos, ya maestros y los discípulos de estos, quedaron en ir a visitarle para despedirse de él.

Aquel día parecía una fiesta en el oasis, se habían juntado mas de cien sabios en el lecho del viejo maestro. Este, sabedor que le quedaba poco para cambiar de plano, hizo la ceremonia de entrega del libro. Abrió el grueso tomo de piel repujada, fue arrancándole las hojas y repartiéndolas entre todos los asistentes. A pesar del respeto que sentían, por quien fuera su maestro, los sabios se escandalizaron al recibir un trozo de papel en blanco. El murmullo parecía el de un avispero revuelto; solo uno de los presentes, precisamente la más joven de todos los maestros, entendió el significado de la ceremonia e intercambio una mirada de complicidad con el viejo sabio.

En su lecho de muerte; a pesar de haber enseñado a más de cincuenta personas, nunca discrimino entre jóvenes aprendices o aprendizas; sus conocimientos, solamente uno (una), entre todos ellos, las habían entendido de verdad. Igual que su preceptor, a quien muy pronto visitaría en el otro plano, solo tuvo un digno sucesor (sucesora).


Tertulia de las diez: Cosas de lobos

Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.

Janus era un macho más de la manada de Lupus, siempre que podía iba a su aire y no competía por las hembras, de ahí que nunca fuera muy tenido en cuenta, ni jerárquicamente ni como macho.
Lens, por su parte, era una loba de lo más boba para sus compañeras, no le importaba ser ignorada por los jóvenes que cada temporada se jugaban las hembras en duros combates, prefería vagar sola por el bosque a su aire.

El encuentro entre el lobo pasota y la loba freak (friki) fue de lo más normal y eso que sólo de oídas se conocían. Es mas, cuando se miraron, ni un gruñido soltaron, ni siquiera se enseñaron los colmillos. Sus bocas si se abrieron y, las carcajadas de ambos, espantaron a los pájaros por tan inesperado estruendo.

Desde ese momento, después de sus escasas labores en la manada, al ser lobos de bajo rango no tenían muchas responsabilidades, se pasaban el tiempo disfrutando y corriendo por el bosque. Era normal, compartían las rarezas que detestaban los machos dominantes y las hembras pretenciosas, y sus propias extravagancias, las no comunes, las respetaban por igual.

Su buen rollo con el bosque y el respeto hacía el resto de pobladores les hizo ser amigos de todos, o cuando menos, no enemigos ni de planta o animal alguno. Tanto era así que una mañana un cervatillo se puso a beber con ellos en el río, --el mismo, que unos días atrás, ayudaron al quedarse, con una de sus patitas, atrapado en un espino-- y les habló de una cuadrilla de cazadores dispuestos a acabar con todo lobo que vieran y que los buitres estaban volando en círculos para avisar al guardabosques; pero que esos malnacidos, que mataban por diversión, no querrían irse sin haberse manchado de sangre.

Janus y Lens hablaron directamente con Lupus, pues sabían que los demás lobos y lobas no les harían caso. El líder si los creyó, el había visto a los buitres hacer círculos y sabía que algo no iba bien en su bosque. Todos los lobos pudieron guarecerse en la cueva de la colina hasta que, bien entrada la tarde, el guardabosques y los agentes de apoyo  apresaron a los furtivos.

Desde ese día, el lobo pasota y la loba freak lo siguieron siendo, solo que ahora se lo llamaban con respeto y no como insulto, tanto por los machos dominantes como las por hembras pretenciosas. Janus y Lens ya son lobos mayores, no corren tanto, pero pasean más por el bosque; a las mañanas beben, agua fresca, del río con su amigo, ahora ya un ciervo de siete puntas, poniéndose al día de todas las cosas que pasan en su bosque.

miércoles, 10 de enero de 2018

La tertulia de las diez: El último escalón de un sueño

Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.

Había ahorrado toda su vida para hacerse una casa de dos plantas, en su barriada todas las viviendas, con su jardincito delante y su huerto detrás, eran de un solo piso. Él había comprado la finca que estaba libre al tiempo que sus vecinos pero quiso significarse, era su sueño, y su vivienda tendría dos alturas.

Aprovechó el año que arregló el tejado, ya lo tenía preparado y le subirían metro y medio de tabique encima del techo, lo justo para no tener problemas con las ordenanzas municipales. Su agaterado le daría para dos pequeñas habitaciones, una salita y un aseo, su sueño hecho realidad.

Al margen de su fama de tacaño no era un mal vecino; devolvía siempre los saludos, ya que él nunca saludaba primero; dejaba sus herramientas, pero si era para más de un día, cobraba un pequeño alquiler, de ahí parte su fama; el día de la fiesta, aportaba la sidra, esta vez, totalmente gratis, sus manzanos ningún año le dejaron en mal lugar.

Cuando la obra estuvo terminada, estéticamente, resultaba como un gran pegote puesto arriba. Era lo que él quería pero al verlo quedó defraudado y no sabía que solución podría darle. Después de unos días dando vueltas al tema y las mismas noches sin dormir por lo mismo, se le ocurrió que... puesto que su casa estaba en una pendiente, por encima de la calle, con medio metro que rebajara por delante, ya quedaría más compensada de aspecto su casa de dos plantas.

Efectivamente, esos cincuenta centímetros le dieron la presencia que él quería para su casa de dos plantas. Sus tres escalones hasta el porche ahora eran cuatro y no cinco porque ya no podía rebajar más el terreno, era pura roca, así que el primer o el último peldaño, según se suba o se baje, tenía más altura que el resto. Un detalle menor si no fuera por los continuos tropezones y caídas, más de lo habitual, que le ocasionaría.

Ese fue el último año que él aportó sidra a la fiesta, después de romperse el tobillo izquierdo y, casi de seguido, la cadera de la otra pierna, los escalones le daban fobia. Vendió su casa de dos plantas, y se mudo al barrio vecino, donde los adosados están a pie de calle.

Conseguir los sueños puede llevar toda la vida y merecería la pena contemplar si merecen, realmente, la pena el sacrificio y lo que podamos perder en el camino.

JM Vanjav WordPress

La tertulia de las diez: El Hostal al final del callejón

Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.

Su cadencia de taconeo iba aumentando desde que percibió un eco en sus pasos, había estado paseando toda la tarde, para patear y conocer el barrio donde se iba a incorporar a trabajar la siguiente semana. La noche la había pillado sin enterarse gracias a la niebla, ahora más espesa y totalmente difuminada con el alumbrado público. Sabía aproximadamente donde tenia el Hostal y que si cruzaba por la siguiente bocacalle atajaría un buen trecho. No estaba nerviosa pero esos pasos entre la niebla la estaban incomodando.

Sólo eran las nueve pero no había un alma en toda la avenida, más que la suya empezando a latir con fuerza, bajo su pecho; y la de su perseguidor, oculto por la niebla. Al llegar al cruce de la calle, no lo dudo y se decidió por el estrecho callejón que la dejaría a unos metros de su hospedaje; además, su acosador, seguramente, la perdería y cuando quisiera volver sobre sus pasos ya no tendría tiempo de alcanzarla.

Si la avenida, totalmente solitaria y con esa niebla de cuchillo, imponía respeto; la callejuela, que cruzaba en sesgado hasta enfrente de su destino, daba miedo, tan estrecha y casi sin luz, parecía el auténtico puré de guisantes londinense. El resonar de sus pasos retumbaba en el adoquinado como un redoble, y de fondo, los otros pasos, más apagados, pero a su mismo ritmo.

Ya tenia que estar a punto de salir a la avenida principal cuando sintió un pequeño golpe en la espalda, el miedo la paralizo en seco y asumiendo que podría ser su último minuto de vida se volvió, lentamente, para dar la cara a su perseguidor. Unos ojos mirando al infinito, fríos e inexpresivos, la escrutaban sin ningún pudor ni respeto. Ella presintió lo peor, pero el terror la tenia tan inmovilizada que no veía posibilidad alguna de reacción.
— Perdone, le he tropezado sin querer, me puede decir si por aquí voy bien para el Hostal el Roble. Es de mi hermana, he llegado hace unos días y todavía no me oriento bien en estas calles.

Ella bajo la vista y vio la mano, que un momento antes toco su espalda, sujetaba un bastón blanco. Esta vez el corazón le latió como un tambor, de alegría; noto como la sangre volvió a dar color a su palidez y las mejillas le empezaban a arder. El ciego no vería su sonrojo, pero seguro que si oiría el desenfrenado latir de su corazón; al pensar esto, todavía se sentía más colorada, pero sentir vergüenza no es ninguna deshonra, respiró profundamente. Cogiendo del brazo libre al buen hombre, cruzaron la calle; al fondo, un letrero, totalmente difuminado por la niebla, parecía querer poner Hostal.

JM Vanjav WordPress

Leyendas urbanas de mi ciudad I

 La pareja de la plaza mayor


Mi ciudad de provincias no es lo suficientemente pequeña para que nos conozcamos todos pero, sus leyendas urbanas, si son conocidas y contadas en cualquier bar o susurradas hasta en el último callejón.

La primera historia que recuerdo es la de la pareja de la plaza mayor. Cuentan que eran muy conocidos de verlos pasear todas las tardes arriba y abajo del recuadro. Un día se pararon en la esquina de la farola y los vieron como despedirse, algo raro porque siempre entraban y salían, los dos, paseando de la mano.

El caso es que a partir de ese momento, había noches que se veía una chica esperando en esa esquina de la farola y lo mismo que aparecía también desaparecía. Otros días, ya de madrugada, se oían pasos cruzando la plaza rápidamente hasta llegar a esa esquina, una silueta de hombre se detenía y ya no se sabía más de él.

Todavía, bien entrada la noche, mucha gente ha visto en la farola de la esquina de la plaza a alguien, una mujer como esperando, y al llegar a su altura desaparecer. Y en otras ocasiones, ya de madrugada, oír pasos cruzando el adoquinado con paso ligero hasta la susodicha esquina y desaparecer también, sin volver a oírse paso alguno más.

Puede parecer una simple leyenda urbana de una ciudad de provincias pero yo también, en alguna ocasión, en el silencio de la noche, he oído pasos que, al llegar a la farola de la esquina, han desaparecido. Y a la mujer o la chica también, desde mi garita, he llegado a verla, y al momento, ya no estar, desaparecer. Llevo treinta años de vigilante nocturno de la plaza mayor de esta pequeña ciudad y lo puedo jurar.

JM Vanjav WordPress

El puesto de la señora Jacinta


La señora Jacinta tuvo un puesto de chucherías, de las de verdad, toda su vida. Desde las chufas hinchadas en agua, hasta las aceitunas en fuente de barro, o las manzanas de caramelo, pirulis y hasta regaliz de palo.

Pasar por esa esquina obligaba a volver la vista ante tan ricos manjares para niños y adultos, estimulados por esa mezcla de aromas a dulce y salado. En otoño sus castañas asadas provocaban colas y todos, al transitar por allí, nos sentíamos tentados de ponernos a la fila.

Un año la Parca no perdonó a la buena señora Jacinta y se la llevó de su puesto, sin avisar, dejando las manzanas a medio caramelizar entre sus dulces y salados compañeros de mostrador. Su quiosco de chapa estuvo una buena temporada cerrado hasta que el ayuntamiento, al no haber nadie interesado, lo levanto y se lo llevó. 

Hubo un reconocimiento en un pleno que se aprobó unánimemente, por una vez la persona estuvo por encima de las siglas políticas.  

En su honor colocaron un enorme macetero con un olivo y una placa recordando su querido puesto.

Aquí estuvo más de medio siglo el popular puesto de chucherías de nuestra querida señora Jacinta D.E.P. 1968.

JM Vanjav WordPress

domingo, 24 de diciembre de 2017

Relatos de la tertulia de las diez: El saco de dormir de Elder

Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.

Elder, tenía un buen trabajo y pudo permitirse comprar un adosado rústico cuando sintió que la ciudad lo agobiaba, quería tranquilidad y contacto con la Naturaleza. En pocos meses su vivienda de campo estuvo totalmente acondicionada, para poderla usar a diario si le apeteciera o solamente los fines de semana.

Lejos de las luces de la ciudad podría ver las estrellas en las noches despejadas; o sentir ese aire fresco pero limpio cada mañana según saliera por la puerta; o ver a la tierra beber la lluvia tras los cristales. Y tantas cosas más que, la urbanidad del asfalto y el hormigón, le habían vetado en su piso céntrico.

Después de varias semanas en su nido campestre, el urbanita, se sentía como enjaulado en una casa rodeado de Naturaleza; donde las comodidades de la misma, no le dejaban contactar con el exterior, son cosas que pasan.

Entonces, un día navegando por internet tuvo la feliz idea de comprarse un saco de dormir de montañero de alto aislamiento térmico, así se definía la oferta que vio en el portal de ventas. Mientras daba el click de aceptación del pago, su sentido común le reprochaba --otra tontería más, macho. Menos mal que al ser una oferta ni tan cara te va a salir.

Reabrió los ojos, la primera vez le pareció que estaba todavía soñando, una respiración agitada y unos lenguetazos le habían sacado de su letargo. Era Toby, el perro a medias entre su vecino y él mismo, el fiel animal tenia divididas sus atenciones entre los dos vecinos y escogía con quien estar, a ellos les parecía bien y todos contentos. El aire fresco de la mañana le llenó los pulmones del oxígeno más puro que nunca había respirado.

Epílogo

Aquella fue la primera noche que Elder había dormido al raso en su vida, le costó coger postura tumbado encima de la hierba de su jardín, pero con su saco de dormir de montañero de alto aislamiento térmico no había pasado frío, a pesar de la helada. En cambio, pudo contemplar un cielo estrellado, pensando en cosas en las que nunca solía hacer, hasta que la relajación le llevó a dormir plácidamente.

JM Vanjav WordPress

Relatos de la tertulia de las diez: El recolector de almas

Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.

Juan no era un curandero ni un sanador al uso, los cuerpos moribundos a los que visitaba no se recuperaban, solamente, morían en paz. Esa era la profesión no oficial de este huérfano encontrado, a la puerta del ayuntamiento siendo un bebé. Juan fue un poco adoptado por todos los vecinos, en estos tiempos que la juventud de los pequeños pueblos era casi inexistente.

Hasta los quince años o así, Juan no dio a conocer sus facultades. La tía Rosario, la estanquera y cantinera, andaba en esa época muy delicada y después de sus casi noventa años en el negocio quería morir en su pueblo; ir al hospital, seria una traición de última hora, que no contemplaba la buena señora. Juan, que a la postre heredaría el negocio, aquella tarde, la última de la tía Rosario entre sus vecinos, fue a visitarla como todos los días a contarle las pequeñas novedades de la cantina. Al verla tan consumida, como una vela a punto de apagarse, instintivamente la cogió de la mano. En los segundos siguientes el rostro de dolor, de la buena mujer, se transformó en una cara de paz absoluta, la mirada perdida recupero la visión para fijarse en el muchacho y esbozando una sonrisa, un perceptible gracias, fue su plácida despedida de este mundo.

Todos los presentes, el alcalde viejo, el boticario, Rosa la marquesita y la Sra. Carmen; vieron como la agonía, de su amiga y vecina, se transformo en una feliz muerte. Durante los siguientes años este hecho se repitió cada vez que alguien se encontraba en los estertores de la muerte. Los pueblos vecinos, sabedores del curandero, llamaban a Juan para que también les diera paz a sus seres queridos.

Solamente Daniel; el alcalde joven, hijo por supuesto, del alcalde viejo, se mostraba reticente con Juan. Nunca discutieron fuerte, ni mucho menos se enfadaron, simplemente no eran amigos y mantenían una relación cordial pero sin mayor trato. Cuando el padre de Daniel precisó los servicios del curandero, el alcalde joven se encontraba en la capital y no pudo despedirse de el. Tal vez por eso y que su madre, que precisamente se llamaba Juana, quería a Juan como un segundo hijo, había convertido el distanciamiento en algo de animadversión hacia el curandero.

A sus setenta y tantos Juan y Daniel, ambos jubilados y dedicados a la vida contemplativa de los pequeños pueblos, se sentaban todos los días en mesas contiguas de la cantina, a pasar las mañanas y muchas tardes, siempre que el tiempo lo permitiera. El primero en llegar saludaba y el otro respondía, al marchar la misma cortesía pero en todo el tiempo que estaban allí, si nadie les preguntaba, no cruzaban una palabra más. La señora Juana ya andaba cerca del cumplir el siglo y, aunque había sido de buena naturaleza, todos suponían que ese sería su último invierno, incluidos sus dos hijos. el legitimo, y el adoptado de corazón; que se pasaban el día, juntos sin cruzar palabra, sin haber nunca discutido.

Hacía frío esa tarde de febrero, y Daniel iba a decir hasta mañana como todos los días que se marchaba antes que Juan, cuando de la cantina salio Manolo el muchacho que la llevaba desde que el curandero se jubiló; no hizo falta que dijera nada, los dos vecinos y no amigos, intuyeron que Juana estaba muy mal. --Me acompañas a ver a madre?-- Dijo Daniel al curandero, retóricamente, en un tono que no dejaba duda de la gravedad.

En un pueblo pequeño, todas las casas están cerca, y la de los alcaldes está junto al ayuntamiento, en frente de la botica y del bar estanco. Al entrar en la habitación de Juana, las dos viejas comadres que quedaban vivas la hacían compañía, la mujer del alcalde viejo estaba postrada con la mirada perdida en el techo y los brazos extendidos a lo largo, por su débil respiración parecía que se estaba preparando para cruzar el último umbral. rápidamente, los dos casi hermanos, se pusieron a cada lado de la anciana mujer y cada uno la tomo de la mano que le correspondía.

El ritual se volvió a repetir por enésima vez desde la tía Rosario, en esta ocasión la mirada se centro en sus dos niños; el rostro, casi centenario, pareció estirarse para llenar todas esas arrugas de paz y esbozar una sonrisa. El gracias justo antes de morir, plácidamente, fue oído por los cuatro presentes. Dos de los cuales, después de setenta años, también, conectaron y a partir de entonces, todos los días en la cantina compartieron mesa y conversación.

JM Vanjav WordPress

Relatos de la tertulia de las diez: La sombra siniestra

Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula empezaré con un relato para la ya conocida Tertulia de las diez. La verdad es que me fui por las ramas y me quedo un poco largo para mi blog de 500 palabras, así que lo pasaré en tres veces para que se digiera mejor.

--------- I ----------
El dicho de tener miedo hasta de su sombra, seguramente tenga un origen más o menos documentado. Yo, por mi parte, conozco un caso real del mismo, por respeto a  mis amigos y evitar alguna mala interpretación, he cambiado cualquier nombre o lugar que pueda mencionar.

A los veintitantos salir de noche y recorrer dos o tres farmacias de guardia, así llamábamos a los locales que a partir de la media noche nos daban cobijo y bebida, vamos los típicos pubs. Nuestra cuadrilla, entre semana era triadilla y, a una ronda por cabeza, podíamos volver a casa somnolientos, pero enteros, de madrugada.

En una ocasión hablando de películas de miedo y cosas sobrenaturales, Damian nos confesó que el por la noche, estando él  quieto, veía a su sombra moverse. Era ya la última parada y, tanto Víctor como yo, pensamos que nuestro amigo o quería hacerse el interesante o tomarnos el pelo, más lo último por el tono bajo y sombrío de decirlo.

Como la cosa prometía y no eran ni las dos, echamos a suertes quien pagaría la primera ronda extra de esa noche. Me tocó a mi, al volver con las tres pintas, Damian después de un largo y lento trago, nos empezó a dar los detalles de sus visiones.

--Cuando nos despedimos, me acuesto normalmente y en  mi cuarto sólo queda la pequeña luz del radio despertador que me da algo de sombra y se refleja levemente en el espejo que tengo enfrente.

--Pues hace un par de semanas me desperté e instintivamente me giré para ver la hora, las 5:20 y pensé en volverme para el otro lado e intentar dormir de nuevo. Lo hice pero mi sombra del espejo no se movió. No lo entendía y levante un brazo, en la pared vi la tenue sombra y en el espejo estaba yo pero no mi sombra. Bueno me dormí al rato y me olvidé de ello.

--La semana pasada, me desperté pero no miré el despertador, en el espejo salía una sombra, mi sombra, pero encima mio como si me observara. Pensé que estaba soñando y miré la hora, las 4:43, al volver a buscarla en el reflejo ya no estaba, levanté el brazo y lo mismo, tampoco aparecía; en la pared veía su sombra, moviéndose igual que mi mano, pero en el espejo no había ninguna. Esa noche ya no volví a pegar ojo.

--Ahora, todas las noches me despierto y con los ojos entre abiertos veo esa sombra que me observa al otro lado del espejo. Si cambio la vista para ver la hora, desaparece y me vuelvo a pasar la noche en vela. No es que tenga miedo pero no descanso nada, así que ahora si me despierto, me quedo quieto mirando la sombra sombre mi, sin moverme, esperando volver por cansancio a dormir.
Al final, de su relato, los tres habíamos pagado una ronda adicional, esa noche si nos íbamos a retirar cargados. Nos despedimos y quedamos en seguir hablando del tema en la siguiente salida.

--------- II ----------
Pasaron unos días, más de una semana, a Víctor y a mi nos coincidieron cuestiones personales, Damian también anduvo algo esquivo. No pudimos seguir hablando de ello, tan pronto como hubiéramos deseado, para intentar desentrañar el misterio.

Cuando por fin pudimos quedar para hacer nuestras paradas en las farmacias de guardia, andábamos ya con ganas de ello, rara vez habíamos estado tantos días sin tomar algo. Victor y yo ya estábamos en nuestra primera parada dando los cinco minutos de cortesía a Damian antes de pedir.

Nuestro amigo entró por la puerta, al verlo nos sorprendimos, e inconscientemente nos miramos el uno al otro, como si no creyéramos lo que estábamos viendo. Damian era veintipocos y nosotros veintitantantos, pues bien parecía casi nuestro tío, el pelo medio encanecido y las ojeras le llegaban a la comisura de los labios. Hasta la ropa que llevaba parecía arrugada y sin ningún apresto.

Esa noche los tres sabíamos que iba ser de ronda doble, como la última vez que nos vimos.

Damian nos contó lo acontecido, no había habido cambio alguno, sólo que ahora después de la primera hora de sueño profundo se despierta y pasa el resto de la noche viendo de reojo a su sombra encima suyo, observándolo y moviéndose, en torno suyo. La silenciosa visión le deja totalmente estremecido y ya no puede conciliar el sueño ni dejar de mirar como su sombra, le absorbe el espíritu.

Las rondas fueron cayendo y en cada viaje a pedir las pintas soltábamos las teorías más extravagantes o macabras que se nos ocurrían. Damian, a pesar de su aspecto, era el más tranquilo de los tres, como si ya hubiera asumido un fatal destino sin vuelta atrás. Al final no hubo sexta pinta, una tormenta con rayos y truenos imponente nos hizo apurar la jarra y salir para casa antes que cayera todo el agua habido y por haber.

Al despedirnos fijamos, casi con pacto de sangre, en vernos el día siguiente, como fuera.

Ya eran las once de la noche, puntuales como siempre Víctor y yo entramos en el pub, no hizo falta que nos dijéramos nada, estábamos salvo el pelo cano, como Damian, no habíamos pegado ojo en toda la noche; y los relámpagos seguidos del estruendo del trueno, seguramente ayudaron a nuestro lamentable aspecto . A los cinco minutos justos Damian entraba por la puerta, no lo hacía por llegar tarde, su autobús en cuanto pillaba algo de tráfico le impedía ser más puntual.

--------- III ----------
La sorpresa de hoy fue mayúscula al ver a nuestro amigo, sorprendente y en el fondo reconfortante. Llego con su jovial cara de siempre,  la de antes de su contacto con la sombra, y el pelo, salvo su habitual mechón casi blanco, parecía el de siempre. Nos miro con una sonrisa contenida e hizo los honores de la primera ronda.

--Anoche volví a dormir de un tirón, bajé la persiana del todo para que no entrara la luz de los relámpagos y de los truenos no me enteré.

Y tu sombra maldita? preguntamos, a dúo, Víctor y yo.

--Bueno os contaré, la segunda o tercera noche que me desveló apagué el radio despertador y desapareció del todo, no había nada de luz y me dormí como si nada. Al día siguiente, intrigado seguí investigando y fue cuando lo vi...

Qué viste? Le espetamos, nerviosos, al ver su larga pausa.

--Pues eso, yo no puedo dormir con la ventana cerrada y siempre la tengo algo abierta. Y...
Otra de sus malditas y largas pausas, esta vez respetamos su jactancia y esperamos...

--Mi sombra por la luz del reloj también se refleja, tenuemente, en las cortinas así que en la casi oscuridad eran la penumbra que tenia yo encima al verme en el espejo. Al moverse, ligeramente, por el aire, daban esa sensación de baile sobre mi. El brazo, al levantarlo, no hacía sombra en el espejo porque la pared, donde yo si la veía está al otro lado, ya sabéis lo de izquierda y derecha en los espejos ja, ja ja, ja.

Ya no se pudo contener la risa que trataba de ocultar desde que llegó. A mi y supongo que a Víctor nos quedaba, todavía, un detalle que aclarar. Esta vez yo mismo le pregunté porque, si lo había resuelto hace tiempo, no nos lo contó, y como era posible su aspecto tan demacrado de hacia 24 horas.

--Bueno, eso fue idea de Lucía, mi hermana os la tiene jurada desde que no la sacasteis a bailar cuando celebramos su 18 cumple hace dos meses. --Vaya amigos que tienes, nos conocemos desde siempre y no se atreven a pedirme un baile en mi fiesta, ni que fuera una niña pija en su puesta de largo; me dijo justo cuando nos marchamos de su fiesta y, alguna vez más, me lo ha vuelto a recordar durante este tiempo.

--Así que cuando se enteró de mi aventura con la sombra, no me dejo que os contara la resolución hasta no vengarse a gusto, ya la conocéis. Os di excusas una semana para que fuera la cosa consolidándose y ayer su amiga Lina me arregló, ja, ja, ja, para parecer lo que visteis. Por cierto, no os habéis fijado en la señora del gorrito ridículo de la mesa de al lado?

Las risas de Lucía al quitarse la peluca, mirando nuestras ojeras y caras de estupefacción, retumbaban más en mis oídos que los truenos de la noche anterior. Víctor estaba igual que yo, mientras que Damian, le hacia los coros, a las risotadas de su hermana.

A los dos minutos, casi con las mandíbulas desencajadas de los dos hermanos,  la cosa se puso seria de nuevo. Víctor no estaba enfadado, en el fondo, le había hecho gracia la macabra broma, aunque su cara fuera un poema por sus reales ojeras, mirando a todas partes sin acabar de creérselo. En este punto yo me sentencié cuando dije:

Muy bueno Lucia, nos lo merecíamos pero ahora que ya eres mayor de edad puedes venir con nosotros, de vez en cuando, como querías los años anteriores y no te dejábamos. Quedas admitida, verdad Damian y Víctor?

El espeso maquillaje, de mujer adulta, no pudo ocultar el rubor de la bromista Lucía. Ya nos podíamos ir preparando para su próxima putada y esta vez los tres, Damian no se volvería a ir de rositas.

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sábado, 16 de diciembre de 2017

Epílogo del Encantador de serpientes by MABN

Epílogo del relato Encantador de serpientes del blog TEJIENDO LAS PALABRAS de MABN

Él tenía un negocio boyante y no perdía ocasión de presumir de ello en cada taberna que pisaba, su verdadero vicio, bebiendo y tonteando con las mesoneras.
Llegó su fama de buen bebedor más lejos que la de encantador, de ahí que cada nuevo pueblo le ofreciera mejores servicios para que gastará todo lo recaudado en su espectáculo.


Después de una temporada, la auto suficiencia de Él, en plena borrachera, le hizo sustituir a su fiel Almha por Sheva, la joven y hermosa mesonera del lugar con ansias de conocer mundo. Creyéndose el centro del mundo, desdeño a su fiel y noble asistente por la exuberante lugareña; a lo que el mesonero, sospechosamente, aceptó de buen grado.


Pasaron algunos años y a la mejor taberna de estos lares, muy conocida por sus buenas bebidas y viandas, llegó un envejecido encantador de cobras desdentadas. La cocinera y dueña, en otro tiempo conocida como Almha, le fió un plato de sopa y trozo de pan para que Èl y su serpiente pudieran seguir camino con algo más que aíre en las tripas.


El encantador venido a menos no la reconoció, pues la campesina, al verse libre de sus falsos encantamientos, recobró la cordura y el buen sentido. Por su buen trabajo y dedicación, el propietario de la posada, acabó adoptándola como hija propia dejándola a cargo del negocio en su vejez.


Sin maldad, más bien, curiosidad femenina Almha preguntó al encantador por Sheva. Él maldijo y juró varias veces antes de responder, maldita pécora, fría y venenosa serpiente... Me dejó en cuanto nos alejamos lo suficiente de aquí, robándome hasta la última moneda de cobre. Por lo que se ha ido mejorando de posición a medida que se iba alejando, gracias a los hombres que en su camino caían engatusados como perrillos falderos.


Esa noche, el encantador de serpientes, calentó las tripas y agradeció a la posadera su generosidad, siguió sin reconocerla (tal vez nunca se fijó en ella) aunque algo familiar le recordó levemente sus momentos de gloria pasada.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

El crematorio municipal de mi pueblo

Mi pueblo no era grande ni pequeño, uno de tantos que con el tiempo cambio los campos de maíz por urbanizaciones, así con los años el cementerio se quedó sin plazas. La nueva corporación municipal, ahora de traje y corbata en vez de boina y pana, tuvo la gran idea de recalificar la parte municipal del camposanto. El proyecto básicamente consistía en sanear tumbas y nichos realquilando unas y otros. Las  celdas adosados serian como los bloques de viviendas, cada uno podría albergar las cenizas de una familia entera hasta la abuela. Para los más pudientes, en la tierra, habría panteones de uno o dos metros cuadrados a modo de chalets familiares, en este caso independientes, para las cenizas con pedigree.

Claro, esto pedía un crematorio municipal para acomodar adecuadamente a los nuevos inquilinos del cementerio, por lo que el pelotazo garantizaba la viabilidad del negocio de la muerte en mi pueblo. Los precios seguían siendo los mismos, caros; pero ahora, tanto en nicho como en panteón, te entraba la familia entera, por lo que a la larga ahorraban dinero, salvo la minuta de la pira funeraria que era otro riñón.

Puestas así las cosas y viendo que el negocio no necesitaría una revisión, hasta que todos estuvieran calvos dentro de cien años, se aprobó por unanimidad. Lógicamente, una de las prebendas del consejo municipal era un panteón familiar con casita para las cenizas de las mascotas, ósea el de dos metros cuadrados.

Ahora viene la parte macabra de tan genial negocio:

Después de las obras de adaptación del cementerio y de hacer la capilla crematoria, las arcas municipales se quedaron con un agujero casi negro, al que ciertas comisiones y dietas engordadas fueron también a parar. Hacía falta una buena gripe, que se llevará unos cuantos viejos por delante, para afrontar las primeras letras del banco; así que formaron una comisión de viabilidad del cremanterio.

El médico del pueblo ese primer mes, después de la inauguración del nuevo cementerio, no daba a basto con las visitas tanto en consulta como a domicilio. Se había corrido la voz, que al estanque habían migrado unos patos chinos con fiebre aviar, y todo el mundo se quiso vacunar, al ir notando problemas respiratorios al poco tiempo.

A los dos meses, se reunió la comisión del viabilidad, estaban exultantes, los ingresos se salían de la gráfica prevista y decretaron, para evitar suspicacias, que tenían que hacer un viaje en búsqueda de nuevas equipaciones; precisamente, al lado de la gran muralla china, y  con un mes de duración, al menos,  para formalizar el pedido con los correspondientes cursos de manejo del nuevo horno. Con tanto título, ya sabíamos que los diez de la comí se iban a ir un mes de vacaciones de lujo, con todos los vicios pagados, pero como había dinero para ello miramos para otro lado.

Justo con la vuelta de nuestros héroes de China, vino la hecatombe; la policía había precintado, el crematorio por emanaciones tóxicas, al haberlo autorizado el ayuntamiento, sin filtro de humos; la consulta del médico, que casualmente también era del consejo municipal, la farmacia, el farmacéutico ídem de ídem, al encontrar vacunas caducadas para la fiebre aviar no aptas para su uso, y en la botica garrafas industriales de gas cloro. Mientras uno se cargaba a los jubilados por inyecciones letales, el otro les quemaba las vías respiratorias con el corrosivo gas, así que no se salvo ninguno; incluyendo como daños colaterales a los asmáticos y a los hipocondríacos.

La última vuelta de tuerca fue que muerto el viejo fuera pensión y, precisamente, al ser un pueblo venido a más por las urbanizaciones tipo guay, la economía se basaba en las buenas jubilaciones de los convecinos; y, en el caso de los lugareños de toda la vida, en las pensiones de los abuelos. Ahora todos en el otro barrio, el moderno cementerio de mi pueblo, los ingresos quedaron diezmados; las arcas con el viaje a China volvió, de nuevo, a un agujero sin remisión;  sin crematorio, al estar precintado, tampoco podía haber el más mínimo ingreso.

Así, el negocio de los vivos, acabo con todos los viejos muertos; y el cementerio, realquilado a los pueblos vecinos, para poder pagar, al menos, al jardinero. 

JM Vanjav wordPress

lunes, 11 de diciembre de 2017

El espejo del contenedor

Regresaba hace un mes a casa a eso de las ocho de la tarde, se me había atragantado un informe en la oficina; y de propina el siguiente bus, tardaría en pasar, lo mismo que yo en llegar a casa caminando. Estaba helando por lo que llevaba buen paso, como para estar media hora esperando al autobús 6, en quince minutos atravesaría el desangelado polígono. No había ni un alma, ni andando ni circulando en coche, por la larga avenida; solo, de vez en cuando, entre las naves industriales, asomaba una tímida luna llena.

Ya estaba sólo a dos manzanas de mi portal y, apoyado a uno de los contenedores de basura con los que me cruzaría en unos pasos, vi el reflejo de un objeto sin identificar. Al llegar a su altura reconocí un viejo espejo con un marco de madera. Me paré a darle un segundo vistazo, el reflejo era borroso pero seguramente sería falta de limpieza.

No lo pensé más, a luz de mi salón, corroboré su buena calidad, con un poco de limpieza tendría un espejo de colgar sin gastarme nada. Le pasé un paño húmedo y para mi sorpresa se veía perfectamente, la neblina del vidrio había desaparecido por completo, debía de ser sólo una costra de polvo y grasa adheridas. Me faltó tiempo para ir al cuarto de invitados y sustituir el pequeño de plástico, que allí tenia, para colgar un espejo como es debido.

A partir de aquella noche, dormí como hacía mucho tiempo, de un tirón y descansado. No sólo eso, mis problemas de estómago, también desaparecieron; y lo más curioso fueron mis ingresos extra, no soy jugador pero la primitiva semanal me toco cuatro veces, eran premios pequeños, pero en ese mes saqué para tener unas buenas vacaciones de verano.

Después de cuatro semanas, como si de un mes lunar se tratará, mi vida volvió a la normalidad; dormía regular, tenía alguna molestia digestiva y no me tocaba ni la devolución. Pensando en ello, me di cuenta que todo había empezado en la noche que recogí el espejo, ni me había vuelto a preocupar de él. Por curiosidad o por morbo, instintivamente, fui al cuarto de invitados, y allí seguía colgado, salvo que una blanca niebla ocultaba cualquier reflejo en él.

Lo descolgué con intención de limpiarlo de nuevo, pero al darlo la vuelta vi una pequeña inscripción, que la primera vez se me paso por alto:

Este espejo está maldecido por las almas de los que murieron encerrados en este manicomio. Quien lo encuentre si lo limpia, tendrá un ciclo lunar afortunado, hasta que la niebla de las almas vuelva a eliminar todo reflejo. El maleficio pasará de poseedor en poseedor hasta que la noche eterna libere las almas.

Sanatorio mental Victor Frankenstein, 1898
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No soy supersticioso pero, esa misma noche, dejé el espejo apoyado junto al contenedor de basura de mi portal.

JM Vanjav WordPress

Desenlace de: Espejos by Anne

Desenlace del relato Espejos del blog Songs of my Soul 

Al día siguiente le pregunté a mi tía por la casa, el episodio con los espejos tendría que tener alguna explicación, ella me comentó que aquel caserón le había salido muy económico; además, los últimos propietarios, nada más rehabilitarlo lo pusieron a la venta, por lo que no tuvo que gastar nada en obras. Como dijo ella, doble chollo.

La cosa así quedó y me fui olvidando del asunto, la verdad que aquella enorme casa estaba muy bien y resultaba muy acogedora, demasiado. Al mes ya me tocaba peluquería y al ir me di cuenta que realmente algo había pasado con mi aspecto.

Me vi delante de los múltiples espejos del establecimiento y no me reconocía, era la viva imagen de aquel, maldito, espejo del caserón. El salón de belleza me volvió, con tinte y maquillaje, a mi edad real pero yo por dentro seguía sintiendo las arrugas y las canas.

Al volver a casa, estaba dispuesta a buscarme la vida como fuera, pero no seguiría, ni un momento más, bajo ese siniestro techo. Mi tía abrió la puerta, lucía espléndida y, aunque me doblaba la edad, parecía casi mi hermana gemela. Ante mi explosión de genio, yo soy de la rama impetuosa de mi familia paterna; la hermana de mi madre, hijapu... me contó el premio gordo del chollo del caserón...

... Sí, veras la casa tiene una antigua maldición, por la que a los que viven en ella, los quita esencia de vida y por lo tanto juventud. El trato es que el dueño no se ve afectado y recibe parte de esa juventud, a cambio no puede permanecer más de veinte años en ella, debe venderla por lo mismo que le costó y dejarla totalmente rehabilitada para el siguiente dueño.

Con estas premisas sólo una cosa podía hacer y la hice...

...Reescrituramos el caserón a nombre de mi tía y mío, las seis habitaciones que nos quedaban vacías las alquilaríamos baratas a chicas estudiantes; pero del último curso, así no notarían como los espejos les iban robando su juventud. 

Mi tía, la tranquila hermana de mi madre, y yo, la temperamental hija de mi padre, teníamos veinte años por delante donde, el reloj de la edad, estaría a nuestros pies parado.

Los espejos son tanto reflejo de nuestros ansiados deseos como de los temores más oscuros.


JM Vanjav WordPress

sábado, 9 de diciembre de 2017

La pluma estilográfica de Wali

A Wali le gustaba escribir pequeñas historias, cada vez que tenia una idea cogía su pluma estilográfica y ceremonialmente iba dejando el trazo de tinta, letra a letra, palabra a palabra, frase a frase, en el cuaderno de un renglón que siempre llevaba encima. Luego sí, lo transcribía a su portátil y allí, hacía toda la magia técnica, antes de publicarlo en su blog.

Todos los meses, religiosamente, iba a la vieja papelería del barrio a reponer cartuchos para su pluma y los cuadernos donde su imaginación se convertía en palabras. En esta ocasión, en el escaparate, había un cartel de liquidación por cierre. Al entrar vio que todos los artículos tenían un precio irrisorio, se ve que lo querían liquidar rápidamente. Por ese dinero se llevaría toda la existencia de cartuchos para pluma y los cuadernos de un renglón.

Al ir a pagar vio en la vitrina una pluma estilográfica en su estuche original y con un tintero por 1.500pts  9€, se quedo prendado del codiciado objeto y hechizado por su precio. Al llegar a casa la estrenaría, llenando hojas y hojas de cuaderno, con todas las imágenes que le bombardeaban la mente.

Era media noche y Wali con su nueva estilográfica en mano garabateaba una cuartilla suelta, al lado su cuaderno de un renglón seguía sin una palabra escrita. Se preguntaba cómo era posible, teniendo la cabeza llena de historias, pensamientos e ideas, pero incapaz de convertirlos en palabras. Muchas emociones para un día sin poderse canalizar, mejor ir a dormir.

Era sábado pero el despertador sonó como si nada a las seis, a Wali le daba igual, lo apagaba y se daba media vuelta para seguir durmiendo. Era una pequeña venganza hacía los días laborables, donde la media vuelta, se convertía en sentarse en la cama, para acabar de despertarse. Hoy no se vengó, se levantó como cualquier lunes, todavía seguía inquieto por lo del día anterior y sabía que no volvería a dormir.

Eran las seis y media y Wali estaba aseado, vestido y desayunado; sentado en su mesa, con la nueva estilográfica, en la mano. Ahora sí corría la tinta por el papel del cuaderno de un renglón, iba con trazo lento dibujando las letras, sin pausa ni borrón. Lo más sorprendente es que lo escrito no tenia nada que ver con lo que el autor pensaba, para nada; la imaginación iba en una o muchas direcciones, pero ninguna era la transcripción del cuaderno de un renglón.

Son las nueve de la noche, Wali ya ha pasado al portátil todo lo escrito con su estilográfica, también lo ha corregido y formateado. Está a un click de publicarlo en su blog, por última vez, pone la vista previa y lo lee...

Diablos, es justo lo que anoche soñé y al despertarme olvidé. Ahora ya se porque la estilográfica ayer se negaba a plasmar mis pensamientos, es muy especial, solamente escribe los sueños, esos que cuando despiertas se desvanecen y sólo te queda el recuerdo de haberlos tenido.IMG_20171208_224504
PD: Dedicado a un Wali                       JM Vanjav WordPress

miércoles, 6 de diciembre de 2017

El espejo del tiempo

Cuando me cambié de domicilio, en mi nuevo hogar, justo al final de pasillo había una salita seguramente de costura; tenia un gran ventanal al exterior y, como segunda pista, un espejo grande abatible que había quedado allí como único mobiliario.

Por la luz natural y su orientación al Sur, me la quede como mi zona vip. La puse, dos estanterías de libros en escuadra, una pequeña mesa y mi butaca favorita; el espejo se quedo al lado de la ventana reflejando la luz al extremo contrario de mi santuario. De hecho bautice la estancia, como la Sala Media, un toque freak sobre mis gustos literarios.

No fue hasta el cabo de unos meses cuando me percaté de la magia del, ahora mio, espejo de costura. Sí, un día mirando el tiempo que hacía en la calle, al volver la vista me vi reflejado en el espejo, tuve una sensación confusa e instintivamente me miré con más detenimiento.

Estaba claro, que era yo el de la imagen reflejada, pero había algo que no me cuadraba del todo. Esa noche había dormido bastante regular y tenia las ojeras bien marcadas, pero mi imagen aparecía como si acabara de salir de un salón de belleza.

No le di más importancia al tema pensando que la imaginación me había hecho ver un espejismo. Unas semanas más tarde, convaleciendo de un resfriado de cuidado, casualmente volví a cruzar la mirada con mi yo del espejo. Aquí, no di un salto hacía atrás, porque ya tenia bastante mal cuerpo y la acrobacia me podía costar algún hueso roto.

El atuendo era el mismo, la bata, la bufanda y el pantalón de andar por casa; en cambio, mi cara era la de un pimpollo, sin papada, con bastante más pelo, ni una arruga y con la mirada nítida. Esta vez, me fui rápidamente al baño a contrastar la imagen, y la realidad, me devovió tanto lo que me faltaba, como me quito el pelo que de más tenia.

En los siguientes días, mientras me acaba de reponer del resfriado, hice mil y un ensayos para tratar de determinar la naturaleza de esos cambios de aspecto entre un espejo y otro. Al final llegué a una conclusión, demostrándome la hipótesis que formulé: el espejo de costura reflejaba aquello que mi imaginación quería ver. Y lo mismo había veces que me quitaba unos meses, que de golpe aparecía con veinte o treinta años menos, según mi deseo.

Ahora, que se la magia de mi espejo de costura, acerté en dejarlo en, la Salita Media, mi santuario particular. El verme mejor y más joven no me cambia realmente el aspecto, en cambio, por dentro si me siento rejuvenecido y pletórico para hacer cosas que por mi presencia nadie creería.

 JM Vanjav WordPress

El héroe de las pesadillas

En esta sociedad, tener una existencia gris realimentada diariamente de las rutinas cotidianas, es algo tan común como sus habitantes. Todos los días repetir los mismos procesos, a las mismas horas, es el biorítmo plano de nuestra existencia. Los findes, cambiando el escenario y las actividades, ocurre lo mismo, diversión rutinaria; al final solamente somos un engranaje de nuestra vida.

En este marco nuestro héroe, además, arrastra una rutina sentimental de aislamiento  producida por un distanciamiento con su pareja; casi seguramente, por la repetición de los cafés de media tarde, por las sesiones de cine cada fin de semana, por ver la enésima temporada de una serie y hasta por los paseos, por las mismas calles, al salir del trabajo día tras día.

Una existencia gris, remarcada del mismo color, pasa todavía más desapercibida, es como intentar diferenciar un grano de arena de otro en una playa. El caso es que tiene su precio y por las noches, desde hace tiempo, ya es rutinario que se duerma y se despierte varias veces, totalmente angustiado, perseguido por pesadillas que no consigue recordar.

Sus últimos quince años de sus rutinas en pareja y los treinta de su vida laboral campan a sus anchas, en cuanto cierra los ojos, sin darle tregua. Y en el duermevela de toda la noche, no es capaz de retener una sola imagen, de esos fantasmas que lo atormentan. Cada día se acumula, como una pesada losa sobre él, hasta que llegan los fines de semana; desbordado y exhausto, se los pasa en estado zombie, tratando de recuperar lo suficiente para volver el lunes a empezar.

Este lunes hizo tres llamadas:
  1. La primera al trabajo, para pedir una semana de vacaciones, o les llevaría una baja por depresión.
  2. La segunda a su ahora mejor amiga, y hasta hace unos meses compañera, para que hiciera lo mismo.
  3. La tercera fue una reserva en un hotel, de cuatro estrellas, lujos los justos, en la otra punta del país.
Ese lunes los dos rompieron todas las rutinas, se fueron de viaje sin contar con nada ni con nadie; el trayecto les llevó casi todo el día, fueron por carreteras regionales y comarcales, parando a menudo para disfrutar de las vistas; comieron con tranquilidad, e hicieron sobremesa, a pesar de tener que seguir camino; en el coche, se contaron muchas cosas, hablando como si se acabaran de conocer. Y, cada vez que se miraban, se les escaba una sonrisa de complicidad. JM Vanjav WordPressIMG-20150522-WA0001

sábado, 18 de noviembre de 2017

La foto perfecta

Soy aficionado a la fotografía y ver plasmada la Naturaleza, retratos o, incluso paisajes urbanos, me resulta estimulante y me activa la imaginación en esos días que, de puros grises, parecen opacos.

El caso es que la otra tarde noche, con el horario de invierno no lo tengo claro, al salir de la oficina y regresar andando a casa, vi un cartel anunciando una exposición fotográfica en una conocida sala que, además, me cogía de camino.

Pues nada, me acerque, el salón estaba lleno de fotos, gigantescas, con vistas urbanas. Desde cierta distancia, por la magnitud y el detalle, parecían totalmente reales; casi necesitaba pegar los ojos, a las enmarcadas urbes o a los edificios en perspectiva, para poder apreciar el grano y salir de dudas, la técnica y la calidad eran impresionantes.

Tuve suerte en mi visita, debía ser la inauguración porque las bandejas, de canapés y con copas de vino, desfilaban por el pasillo sin parar. No eramos muchos los asistentes, así que no me corté, ni comiendo de los deliciosos triángulitos, ni repitiendo con las copas de vino.

Después de lo anodino del día y del paseo a casa, por no esperar al bus, acerté, y creo que hasta esbozaba una sonrisilla, de satisfacción por el inesperado festín. El caso es que ya estaba acabando la turné de la sala y, al fondo de la misma, vi una obra que me resultaba conocida, diría que muy familiar.[UNSET]
Me aproximé a verla mejor y seguía sin identificarla, a pesar de sonarme tanto esos edificios así dispuestos, con esas luces en las ventanitas tan bien definidas. Como con las anteriores obras, acerqué mi cara a la foto, para que el grano del papel delatara su origen y rompiera la magia de esos increíbles detalles.

La sirena de la ambulancia me retumba en los oídos, estoy inmovilizado en una camilla pero cómodo; oigo de fondo una conversación, algo acerca de hacer pruebas pero que parece no haber nada roto. Abro los ojos y veo de nuevo esa última foto, con su silueta tan familiar y las lucecitas en sus ventanas...

...ventana como desde la que me caí yo hace unos minutos, suerte del toldo de la cafetería de abajo y que rodé por una mesa antes de chocar contra la acera. Con razón no le encontraba el grano a la foto, era perfecta.