Entrada más destacada

Concurso de relatos 46ª Ed. Momo de Michael Ende. (La finca de la curva)

  Concurso de relatos 46ª Ed. Momo de Michael Ende. La finca de la curva El pueblo donde de crío pasaba los meses de julio y agosto fue dura...

Mostrando entradas con la etiqueta rutina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta rutina. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de abril de 2024

Concurso de relatos 41ª ed. La casa de los espíritus de Isabel Allende. (Dogy y yo)

 

Concurso de relatos 41ª ed. La casa de los espíritus de Isabel Allende

Dogy y yo

Yo nunca he tenido miedo de fantasmas o espíritu alguno y no porque no creyera en ellos, más bien porque entendía que de existir estarían en otro plano diferente a nuestro tiempo espacio. Con esa teoría mía, tan de andar por casa, me quitaba de encima cualquier temor al respecto. Sí, he tenido alguna alucinación a lo largo de mi vida, como oír voces donde no había nadie, o incluso alguna noche despertarme sintiendo un roce en mi cara, o hasta creer ver entre sueños una sombra desvanecerse.


Mi mascota, más bien mi compañero, es un perro de estos multirazas callejero (seguramente abandonado cuando dejó de ser un gracioso cachorrillo) que se buscaba la vida como podía entre las sobras de los contenedores y algunos restos de meriendas del parque, donde fijó su residencia hasta que nos hicimos amigos. Yo con poca cosa que hacer y menos ganas de rutinas diarias después de mi retiro laboral, únicamente me fije la obligatoriedad de ir paseando hasta el parque una o dos veces a la semana para no apoltronarme más de la cuenta.


El camino que tomaba era el transversal para evitar pasar por las calles más concurridas de personas y vehículos. Así mi paseo, entre la ida y la vuelta, era doble que yendo a derecho, pero a mis piernas y mi salud mental (por el ajetreo) le venía mucho mejor esto y durante esas dos horas aproximadas yo ya cumplía con mi auto obligación semanal. De esta forma, fue como conocí a un joven chucho, pero más desgarbado que esbelto por su mala alimentación; mi nuevo amigo.


Yo me solía sentar en el mismo banco siempre, el más apartado del resto, pero a la sombra entre dos buenas copas de árbol. En aquella época me llevaba una bandolera de cuero donde no faltaba un termo con café caliente y un par de sandwiches bien envueltos para que no mancharan el forro de mi rústica bolsa. Lógicamente, era mi desayuno de media mañana, que después de la hora de caminata me apetecía de muy buena gana. En aquella ocasión, justo al desenvolver mi sabroso bocadillo, noté como un hocico asomó tímidamente bajo mis pies olisqueando el manjar.


No me asusté porque rápidamente lo reconocí como el de un perro más hambriento que intimidante. Tire una esquina del triángulo de pan delante de mí para ver la reacción de mi semi oculto vecino. Este, despacio, salió del sitio y después de oler mi ofrenda con delicadeza se la fue comiendo. Me gustó esa actitud tan educada para ingerir aquellas migajas. Al final se acabó comiendo la mitad de mi desayuno como quien no quiere la cosa, pero del todo encantado.


En cosa de una semana (empecé a ir a diario al parque) mi nuevo amigo ya me iba a buscar a la entrada del parque e íbamos juntos al banco a desayunar. Yo ya fui previsor doblando la cantidad de comida. Al marchar, el animal también hacía el camino de vuelta, pero a unos metros de la entrada se despedía al quedarse parado y no siguiéndome más. Fue entonces cuando tuve la idea de adoptarlo y le compre todo lo necesario para trasladarlo a mi piso. Fue curioso que, cuando le puse el collar, aceptara también de buen grado ir de la correa, pensé que él ya lo tenía previsto; lo mismo que, la parada en el veterinario, para su revisión y el resto del papeleo.


La primera noche en casa tampoco fue problemática, seguro que Dogy recién vacunado lo que más querría seria descansar. Siendo su primera noche bajo techo quise que estuviera calentito en la sala y como en febrero la casa estaba todavía algo fría, puse mi vieja catalítica de butano para caldear un poco la estancia. Yo también esa noche estaba más cansado de la cuenta y me acomodé en el sofá viendo un Western clásico por el televisor, al poco ambos nos debimos de dormir muy placidamente. La película se me fundió en negro y yo creo que esa noche ni soñé. La luz de la nueva mañana nos despertó a los dos y como no, fuimos sin falta al parque. Sentarnos en aquel banco más apartado era nuestra costumbre y ahora, viviendo ya los dos juntos, no teníamos por qué cambiarla.


Esa es una rutina que nos muy viene bien a los dos, después de ese largo paseo, al llegar al hogar, solo nos apetece acostarnos y dormir. Yo desde entonces, con mi compañero en casa, descanso como nunca, es cerrar los ojos y todo se funde en negro a mi alrededor, sin sueños o pesadillas molestas hasta despertar a la mañana siguiente. Al final, gracias a Dogy mi perro hijo de mil razas, las rutinas me resultan imprescindibles; de antes, seguramente, las rechazaba por estar solo más como una pataleta que por rebeldía.


Hoy, sentados en nuestro banco, se han puesto al otro extremo una pareja de media edad hablando acerca de un viejo y su perro que llevaban un mes muertos por el monóxido de carbono. No me he enterado de mucho más, pero sí que hay gente descuidada y no es consciente de lo peligroso que puede resultar una vieja estufa de butano. Bueno, veo que Dogy está correteando con otros perros, aunque solo uno parece verle y jugar con él; no hay prisa, podemos seguir, tranquilamente, un rato más aquí.



(898 palabras)





miércoles, 6 de diciembre de 2017

El héroe de las pesadillas

En esta sociedad, tener una existencia gris realimentada diariamente de las rutinas cotidianas, es algo tan común como sus habitantes. Todos los días repetir los mismos procesos, a las mismas horas, es el biorítmo plano de nuestra existencia. Los findes, cambiando el escenario y las actividades, ocurre lo mismo, diversión rutinaria; al final solamente somos un engranaje de nuestra vida.

En este marco nuestro héroe, además, arrastra una rutina sentimental de aislamiento  producida por un distanciamiento con su pareja; casi seguramente, por la repetición de los cafés de media tarde, por las sesiones de cine cada fin de semana, por ver la enésima temporada de una serie y hasta por los paseos, por las mismas calles, al salir del trabajo día tras día.

Una existencia gris, remarcada del mismo color, pasa todavía más desapercibida, es como intentar diferenciar un grano de arena de otro en una playa. El caso es que tiene su precio y por las noches, desde hace tiempo, ya es rutinario que se duerma y se despierte varias veces, totalmente angustiado, perseguido por pesadillas que no consigue recordar.

Sus últimos quince años de sus rutinas en pareja y los treinta de su vida laboral campan a sus anchas, en cuanto cierra los ojos, sin darle tregua. Y en el duermevela de toda la noche, no es capaz de retener una sola imagen, de esos fantasmas que lo atormentan. Cada día se acumula, como una pesada losa sobre él, hasta que llegan los fines de semana; desbordado y exhausto, se los pasa en estado zombie, tratando de recuperar lo suficiente para volver el lunes a empezar.

Este lunes hizo tres llamadas:
  1. La primera al trabajo, para pedir una semana de vacaciones, o les llevaría una baja por depresión.
  2. La segunda a su ahora mejor amiga, y hasta hace unos meses compañera, para que hiciera lo mismo.
  3. La tercera fue una reserva en un hotel, de cuatro estrellas, lujos los justos, en la otra punta del país.
Ese lunes los dos rompieron todas las rutinas, se fueron de viaje sin contar con nada ni con nadie; el trayecto les llevó casi todo el día, fueron por carreteras regionales y comarcales, parando a menudo para disfrutar de las vistas; comieron con tranquilidad, e hicieron sobremesa, a pesar de tener que seguir camino; en el coche, se contaron muchas cosas, hablando como si se acabaran de conocer. Y, cada vez que se miraban, se les escaba una sonrisa de complicidad. JM Vanjav WordPressIMG-20150522-WA0001

jueves, 4 de febrero de 2010

Todos los días sale el Sol

La verdad es que si sale el Sol todos los días o, la tierra gira, y da esa sensación (no voy a entrar en cuestiones científicas). El problema son las nubes que nos lo tapan desde las mañanas en su despertar hasta tardes en su ocaso no tengamos un rayo de su alegría. Y de remate tengamos una larga, fría y oscura noche.


Traspuesto a la vida, estamos en la misma sincronía, se nos pasan los días, las semanas, los meses... la vida, sin ese rayito de felicidad que nos recarga el ánimo para afrontar el siguiente despertar.

Me refiero a que la monotonía puede acabar siendo el reloj de nuestra existencia y tengamos miedo, a saltarnos la hora, pensando que sin esa rutina se nos pare el tiempo.

Todo tiene su ritmo y justificar una existencia sólo con las rutinas programadas es una vida triste y sin imaginación. Los hábitos monótonos están bien para mantener un orden de las cosas, comida, trabajo, aseo, dormir y poco mas.

La vida real es todo lo demás y, programar hasta como divertirnos, o el último detalle de las vacaciones, es actuar como los autómatas. Saltarse las normas, y no me refiero a cometer delitos o crímenes, es una forma de demostrar que debajo de nuestro estatus o apariencia hay un corazón que late y siente.

Aplicar una rutina a los sentimientos es esclavizar posiblemente lo único que nos diferencia del resto o parte de los animales. Los sentimientos buenos son como el sol, que siempre están presentes pero, que las cosas y las circunstancias, los dejan en un segundo plano.

Con lo difícil que es sentir un sentimiento profundo y sincero, el peor favor que se le puede hacer, es dejar que las nubes que lo tapan, también, nos hagan creer que no está ahí. Seguro que, saltándonos alguna rutina, vemos un rayo de su sol y nos alegra el día:-)

A los optimistas, no les digo nada, que ya saben ellos, de esto, mas que yo. A los pesimistas, que si ven la botella siempre medio vacía, es por qué la otra mitad ya se la bebieron antes y que les quiten lo bailado :-)