Opiniones y reflexiones con una lógica un poco particular. Simplezas con sal y pimienta para que no sean tan simples. Tonterías profundas que no teorías profundas.
Yo soy escritor de tomar notas para que luego mis momentos de lucidez creativa no se vayan por donde vinieron. Así que siempre llevo un pequeño cuaderno de tapa fuerte y un portaminas de trazo medio para anotar cual detective literario, las claves que mis musas me han mostrado.
Aquella hermosa tarde me invitó a sentarme, a contemplar el mar en calma, y al momento empecé a visualizar una aventura en un crucero vacacional. Con mi mirada perdida en el horizonte fui viendo toda la película.
Traté de anotar algo en mi cuaderno para no perder nada de aquella historia de romances y robos de guante blanco. Pero para mi desdicha mi libreta quedó tan blanca e inmaculada como cuando la saque del bolsillo.
Al llegar a casa ya se me habían olvidado todos los detalles interesantes de aquella aventura marítima. No obstante, me senté enfrente del teclado y saque mi cuaderno por completo en blanco.
Con calma fui pasando las hojas al tiempo que tecleaba sin pausa. Cuando llegué a la última hoja en blanco ya tenía en la pantalla escrita una historia náutica completa; pero el barco era un viejo velero, compitiendo en una regata transoceánica, con una variopinta tripulación.
Hasta un cuaderno en blanco puede hacer volar la imaginación
Desde que, de niños, nos conocimos, Enrique y yo fuimos inseparables. Hasta ese punto llegó nuestra cómplice amistad, pero con el paso de los años la fui ocultando para evitarme ser tachado, cuando menos, de infantil.
Recuerdo mi último curso de primaria como el detonante de lo que acontecería después de aquel verano. Mis notas fueron bajando hasta aprobados rasos, en gran medida por dedicar el tiempo de estudio a encontrarme con Enry. Nos lo pasábamos tan bien los dos solos que todo lo demás me parecía un aburrimiento insufrible.
Fue, precisamente, mi amigo quien me advirtió del cambio de escuela para el curso siguiente; él siempre se enteraba de todo. Mis tutores legales, un pomposo abogado de media edad y una prima segunda mía de la misma quinta, eran los que se ocupaban de mi educación desde que mis padres fueron clientes (a pensión completa) de un sanatorio mental para gente bien.
Por mis justas calificaciones, a esa siniestra pareja (que lo era en todos los sentidos) de tutores míos, le vino la feliz idea de deshacerse de mí en un colegio mayor de gran renombre, pero tan distante y aislado de la civilización que ni un pobre diablo se acercaría. Un internado tan veterano como inexpugnable que en tiempos fue convento de clausura y hasta seminario. Y, desde hace unas décadas, un centro educativo para adolescentes con medios pero algo problemáticos.
Yo ya sabía como las gastaban mi prima y su abogado, esperarían hasta casi inició del curso para darme la buena nueva. Pero gracias a mi inseparable amigo, cuando ellos vinieran ya estaría de vuelta y bien preparado para el cambio que se me avecinaba; al menos, Enrique, estaría también conmigo en el nuevo colegio. No había mucha información por Internet salvo la web oficial y, por su sobrio aspecto, parecía más dedicada a satisfacer los gustos vengativos de padres y tutores que del bienestar de sus internados.
De las actividades de mi futura cárcel estudiantil la única que me gustó fue que había esgrima y ajedrez. Por las indicaciones del reglamento interno del que tanto se enorgullecía el centro, aquello era un copia y pega de las estrictas normas de un convento de clausura y la disciplina de una academia militar.
El primero de septiembre, en la comida familiar, mis tutores a coro me lanzaron la noticia como un premio para mi desarrollo intelectual que no podía rechazar. Y casi sin tiempo, para acabarme el postre, fui llevado a la estación a coger un tren que por la noche combinaría con un expreso que al día siguiente, cuando menos, me dejaría cerca de Transilvania. Luego un autobús, este ya del colegio, nos recogería para hacer la última etapa de esta odisea de viaje.
La verdad es que disfruté del viaje, Enrique y yo no nos separamos ni un momento preparando estrategias para las previsibles novatadas que nos esperarían siendo los de primer curso. En la segunda jornada de tren echamos un vistazo por todos los vagones buscando algún posible interno más y únicamente dimos con un grupo sospechoso, pero por desgracia uno o dos años mayores.
Al subir al bus pude confirmar que los cuatro chavales del tren eran del colegio y, por sus miradas de reojo, que ya se relamían cual gatos de lo que me harían esa misma noche en el internado. Para no delatarme, durante las tres horas de trayecto por aquella sinuosa comarcal en la tartana, con Enrique solo hablé con gestos y señas como solíamos hacer cuando queríamos pasar desapercibidos.
El recibimiento fue tan frío como cabía esperar en semejante penal, ya contaba con ello, y me asignaron una pequeña celda como a cualquier otro novicio. En la cena, todavía por señas, Enry me dio a entender que éramos los primeros en llegar, pero que al día siguiente vendría el resto. Estaba claro que los cuatro veteranos esa misma noche se estrenarían únicamente conmigo.
Sabiendo lo que pasaría tenía dos opciones: retrasar la novatada, bloqueando la puerta con la silla y dos cuñas que me había preparado, o enseñar mis cartas desde el primer día. Opté por lo segundo y ni siquiera eché la llave, pero sí giré el espejo, lo justo, para que la tenue luz del patio (reflejada de la ventana) dejara una esquina de la habitación en completa penumbra.
No se hicieron mucho de rogar mis bromistas compañeros. Como cuatro fantasmas (enfundados en sábanas) sigilosos entraron en mi cuarto poniéndose cada uno en una esquina de la cama con la intención de asustarme cruelmente. Al tercer intento de su ulular se dieron cuenta de que intentaban intimidar a una almohada tapada.
Yo les observaba mimetizado con la penumbra de esa esquina ciega hasta que no pude evitar una carcajada al ver su frustración por aquel ridículo. Entonces, al quedar delatado, se volvieron desafiantes y me maldijeron, acercándose raudos con intención de no errar nuevamente.
Otro maldito autista que se cree muy listo, dijo el más bravucón. Enry ya no pudo contenerse ante ese insulto e hizo aparición; él no necesita sábana alguna para parecer un espectro. Los cuatro fantasmas de guardarropía salieron despavoridos, casi atravesando la puerta, al no acertar a abrirla.
Cuando un médico me diagnosticó Síndrome de Asperger, mi tío tatarabuelo Enrique (el que se ahogó de niño en el Titanic) se me empezó a aparecer; con su traje de marinerito, para hacerse mi mejor amigo.
La falta de inspiración es un agujero negro del que no se salva Musa alguna, ni la de la mayonesa. Ante esto, únicamente, me queda pasear cada día hasta circunvalar mi pequeña ciudad y volver al punto de partida como en un bucle estéril de cualquier contenido.
Aquella tarde, con la mirada perdida en la geometría del adoquinado, al lado de un contenedor habían depositado un montón de objetos de oficina todos polvorientos viejos y destartalados. Al llegar a su altura un brillo metálico entre tanta sucia carpeta me hizo parar para identificar su naturaleza.
Un machacado tintero dorado en su esplendor y ahora solo amarillento era el objeto en cuestión. El veterano portador de tinta ocultaba un mensaje que al limpiarlo descubrí cuando en casa (colecciono objetos venidos a menos como yo mismo). La inscripción en la base de metal era cuando menos curiosa: «pídeme un deseo y lo verás por escrito».
Esa misma noche tuve un sueño de lo más raro en el que yo escribía como un poseso mojando una y otra vez el plumín en la tinta de mi viejo tintero dorado. Por la mañana me acerqué a una papelería y compre tinta, plumas, y cuadernos de caligrafía.
Bien, si Las Musas me han dado la espalda y La Imaginación con ellas (de orgía) fijo se haya ido, yo no me pienso rendir y por aquí seguiré con el plan B; aprendiendo a escribir, literalmente, con estilo y buena letra.
A Wali le gustaba escribir pequeñas historias, cada vez que tenia una idea cogía su pluma estilográfica y ceremonialmente iba dejando el trazo de tinta, letra a letra, palabra a palabra, frase a frase, en el cuaderno de un renglón que siempre llevaba encima. Luego sí, lo transcribía a su portátil y allí, hacía toda la magia técnica, antes de publicarlo en su blog.
Todos los meses, religiosamente, iba a la vieja papelería del barrio a reponer cartuchos para su pluma y los cuadernos donde su imaginación se convertía en palabras. En esta ocasión, en el escaparate, había un cartel de liquidación por cierre. Al entrar vio que todos los artículos tenían un precio irrisorio, se ve que lo querían liquidar rápidamente. Por ese dinero se llevaría toda la existencia de cartuchos para pluma y los cuadernos de un renglón.
Al ir a pagar vio en la vitrina una pluma estilográfica en su estuche original y con un tintero por 1.500pts 9€, se quedo prendado del codiciado objeto y hechizado por su precio. Al llegar a casa la estrenaría, llenando hojas y hojas de cuaderno, con todas las imágenes que le bombardeaban la mente.
Era media noche y Wali con su nueva estilográfica en mano garabateaba una cuartilla suelta, al lado su cuaderno de un renglón seguía sin una palabra escrita. Se preguntaba cómo era posible, teniendo la cabeza llena de historias, pensamientos e ideas, pero incapaz de convertirlos en palabras. Muchas emociones para un día sin poderse canalizar, mejor ir a dormir.
Era sábado pero el despertador sonó como si nada a las seis, a Wali le daba igual, lo apagaba y se daba media vuelta para seguir durmiendo. Era una pequeña venganza hacía los días laborables, donde la media vuelta, se convertía en sentarse en la cama, para acabar de despertarse. Hoy no se vengó, se levantó como cualquier lunes, todavía seguía inquieto por lo del día anterior y sabía que no volvería a dormir.
Eran las seis y media y Wali estaba aseado, vestido y desayunado; sentado en su mesa, con la nueva estilográfica, en la mano. Ahora sí corría la tinta por el papel del cuaderno de un renglón, iba con trazo lento dibujando las letras, sin pausa ni borrón. Lo más sorprendente es que lo escrito no tenia nada que ver con lo que el autor pensaba, para nada; la imaginación iba en una o muchas direcciones, pero ninguna era la transcripción del cuaderno de un renglón.
Son las nueve de la noche, Wali ya ha pasado al portátil todo lo escrito con su estilográfica, también lo ha corregido y formateado. Está a un click de publicarlo en su blog, por última vez, pone la vista previa y lo lee...
Diablos, es justo lo que anoche soñé y al despertarme olvidé. Ahora ya se porque la estilográfica ayer se negaba a plasmar mis pensamientos, es muy especial, solamente escribe los sueños, esos que cuando despiertas se desvanecen y sólo te queda el recuerdo de haberlos tenido. PD: Dedicado a un Wali JM Vanjav WordPress
Para empezar, en mi caso, defiendo la acepción de freak sobre el uso de friki lo siento (es retórico, LoL); Yo. las expresiones friki o friqui, las veo más próximas a un lila del entorno; no tengo nada contra ellos, más bien envidía de alguien cuya realidad esta en su mundo y todo lo demás es solamente su envoltorio. Los freak, por suerte y por desgracia, diferenciamos ambas realidades, la real real y la real virtual; y lo de raros, por muchos que nos podamos llegar a juntar, forma parte de nuestro ADN. Sin mas rollos diré que la pasada noche me pasé con la teina, me viene bien al el estomago y para dormir mejor tomar un te antes de acostarme, el problema debío ser que me pasé con la dosis de las hierbas verdes. El te estaba rico y tan fuerte de sabor como de aroma, creo que hasta lo podría haber usado de tinta para la pluma, en caso de necesidad. La cuestión es que, entre las veces que me dormí y desperté, todas seguidas y engranadas como los vagones de un tren, tuve en cada sueño un episodio distópico. Curiosamente, de antes, los llamaba sueños pesados y me quedaba corto en la medida.
Así que anoche tuve una temporada completa de En los límites de mi realidad, tal cual como cuando empalmaba episodios y en un finde caia una de veinticuatro o en un día las de trece. El gusano espacio tiempo, también andaba con sus excesos, mezclandome las situaciones y los personajes a su capricho. Era curioso ver a gente real que ya no está entre nosotros, más jóvenes que cuando nos dejaron y, encima, más delgados y con mejor presencia que la nunca tuvieron en su vida; se ve que el otro barrio les sienta bien y los trata mejor que este Valle de Lágrimas (perdón, me vino al pelo). No voy a ser dramático y puedo, más por las sensaciones remanentes que por los escasos recuerdos totalamente diluidos que me quedan, decir que ninguna de las visiones fué macabra, o siniestra, ni siquiera inquietante; sólo versiones alternativas de la realidad, donde la imaginación llevaba el control con buen rollo, pero eso sí, con la tensión propia de una representación coral, vamos como la vida misma. El caso es que este duerme vela, durante toda la noche, hace que al llegar las seis de la mañana a la estación de destino, lo primero que te viene a la cabeza es que no has dormido y mucho menos que hayas descansado lo suficiente.
El sueño se despeja con el final de la última distopía, desvaneciendose, hasta que al abrir los ojos desaparece por completo. Ahora toca empezar a pensar en la rutina de todos los días. No, primero te planteas, apoyado por el cansancio y la laxitud del momento, si te resultaría mejor seguir visionando la siguiente temporada de tus mundos alternativos a la carta, en vez de levantarte y enfrentarte a lo que te deparará el día, estando así de cansado... y tan desmotivado... La solución es fácil, cargar menos la tetera, de te verde, del negro, o del color que sea; tomarlo me viene bien al estómago, para hígado y por lo que se ve, también, para la imaginación noctambula. Dos días seguidos, mejor dicho, dos noches así y seguramente acabo lila*, como decimos aquí. Llegado el caso, sin problema, corregiría la entrada del blog eliminando el primer párrafo. De momento así lo voy a dejar, más adelante... :P
*Lila: Bobo, ingenuo, gracioso y loco no peligroso, que vive en la higuera...
Ahora con el TDT los fines de semana se puede ir saltando de película en película a través de los diversos canales. Hay de todo pero se puede hacer una sesión continua aceptable y algunas veces mas que decentemente.
Hoy en un de esos canales ponían una que hacía mucho tiempo no revisaba y me dejo buen recuerdo. Me refiero a Sospechoso (1987), recordaba la trama y el desenlace pero la puesta en escena y el desarrollo de la trama me mantuvo distraído. No obstante, había una escena que me venia a la cabeza pero no la encajaba con la historia que estaba viendo.
A continuación, en otra cadena, pasan Falso testigo (1987) y, al poco de comenzar, veo la escena que me estaba recordando el otro filme. Son curiosos los caminos que usa el subconsciente para mostrarnos las cosas. Que una película te recuerde una escena, que corresponde a otra, no tiene nada de particular. Siendo ambas del mismo género cinematográfico y estrenadas en la misma temporada, aumenta este tipo de confusiones.
El hecho que veintitantos años después, la proximidad sea sólo de horas y en cadenas de televisión que no tienen nada que ver entre si, es una circunstancia como mínimo improbable. Este tipo de situaciones y casualidades temporales estimula la imaginación y, a pesar, de nuestra insignificancia en el marco del Universo que nos envuelve, nos da (a mi por lo menos) un suspiro de frescura.