Sólo hay dos cosas que nos pueden ofender:
Las verdades que no queremos escuchar y las mentiras que nos creemos.
Cuando esto pase es bueno saber a que grupo corresponde la ofensa para no engañarnos y poder devolver el guante adecuado.

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miércoles, 10 de enero de 2018

La tertulia de las diez: El último escalón de un sueño

Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.

Había ahorrado toda su vida para hacerse una casa de dos plantas, en su barriada todas las viviendas, con su jardincito delante y su huerto detrás, eran de un solo piso. Él había comprado la finca que estaba libre al tiempo que sus vecinos pero quiso significarse, era su sueño, y su vivienda tendría dos alturas.

Aprovechó el año que arregló el tejado, ya lo tenía preparado y le subirían metro y medio de tabique encima del techo, lo justo para no tener problemas con las ordenanzas municipales. Su agaterado le daría para dos pequeñas habitaciones, una salita y un aseo, su sueño hecho realidad.

Al margen de su fama de tacaño no era un mal vecino; devolvía siempre los saludos, ya que él nunca saludaba primero; dejaba sus herramientas, pero si era para más de un día, cobraba un pequeño alquiler, de ahí parte su fama; el día de la fiesta, aportaba la sidra, esta vez, totalmente gratis, sus manzanos ningún año le dejaron en mal lugar.

Cuando la obra estuvo terminada, estéticamente, resultaba como un gran pegote puesto arriba. Era lo que él quería pero al verlo quedó defraudado y no sabía que solución podría darle. Después de unos días dando vueltas al tema y las mismas noches sin dormir por lo mismo, se le ocurrió que... puesto que su casa estaba en una pendiente, por encima de la calle, con medio metro que rebajara por delante, ya quedaría más compensada de aspecto su casa de dos plantas.

Efectivamente, esos cincuenta centímetros le dieron la presencia que él quería para su casa de dos plantas. Sus tres escalones hasta el porche ahora eran cuatro y no cinco porque ya no podía rebajar más el terreno, era pura roca, así que el primer o el último peldaño, según se suba o se baje, tenía más altura que el resto. Un detalle menor si no fuera por los continuos tropezones y caídas, más de lo habitual, que le ocasionaría.

Ese fue el último año que él aportó sidra a la fiesta, después de romperse el tobillo izquierdo y, casi de seguido, la cadera de la otra pierna, los escalones le daban fobia. Vendió su casa de dos plantas, y se mudo al barrio vecino, donde los adosados están a pie de calle.

Conseguir los sueños puede llevar toda la vida y merecería la pena contemplar si merecen, realmente, la pena el sacrificio y lo que podamos perder en el camino.

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La tertulia de las diez: El Hostal al final del callejón

Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.

Su cadencia de taconeo iba aumentando desde que percibió un eco en sus pasos, había estado paseando toda la tarde, para patear y conocer el barrio donde se iba a incorporar a trabajar la siguiente semana. La noche la había pillado sin enterarse gracias a la niebla, ahora más espesa y totalmente difuminada con el alumbrado público. Sabía aproximadamente donde tenia el Hostal y que si cruzaba por la siguiente bocacalle atajaría un buen trecho. No estaba nerviosa pero esos pasos entre la niebla la estaban incomodando.

Sólo eran las nueve pero no había un alma en toda la avenida, más que la suya empezando a latir con fuerza, bajo su pecho; y la de su perseguidor, oculto por la niebla. Al llegar al cruce de la calle, no lo dudo y se decidió por el estrecho callejón que la dejaría a unos metros de su hospedaje; además, su acosador, seguramente, la perdería y cuando quisiera volver sobre sus pasos ya no tendría tiempo de alcanzarla.

Si la avenida, totalmente solitaria y con esa niebla de cuchillo, imponía respeto; la callejuela, que cruzaba en sesgado hasta enfrente de su destino, daba miedo, tan estrecha y casi sin luz, parecía el auténtico puré de guisantes londinense. El resonar de sus pasos retumbaba en el adoquinado como un redoble, y de fondo, los otros pasos, más apagados, pero a su mismo ritmo.

Ya tenia que estar a punto de salir a la avenida principal cuando sintió un pequeño golpe en la espalda, el miedo la paralizo en seco y asumiendo que podría ser su último minuto de vida se volvió, lentamente, para dar la cara a su perseguidor. Unos ojos mirando al infinito, fríos e inexpresivos, la escrutaban sin ningún pudor ni respeto. Ella presintió lo peor, pero el terror la tenia tan inmovilizada que no veía posibilidad alguna de reacción.
— Perdone, le he tropezado sin querer, me puede decir si por aquí voy bien para el Hostal el Roble. Es de mi hermana, he llegado hace unos días y todavía no me oriento bien en estas calles.

Ella bajo la vista y vio la mano, que un momento antes toco su espalda, sujetaba un bastón blanco. Esta vez el corazón le latió como un tambor, de alegría; noto como la sangre volvió a dar color a su palidez y las mejillas le empezaban a arder. El ciego no vería su sonrojo, pero seguro que si oiría el desenfrenado latir de su corazón; al pensar esto, todavía se sentía más colorada, pero sentir vergüenza no es ninguna deshonra, respiró profundamente. Cogiendo del brazo libre al buen hombre, cruzaron la calle; al fondo, un letrero, totalmente difuminado por la niebla, parecía querer poner Hostal.

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Leyendas urbanas de mi ciudad I

 La pareja de la plaza mayor


Mi ciudad de provincias no es lo suficientemente pequeña para que nos conozcamos todos pero, sus leyendas urbanas, si son conocidas y contadas en cualquier bar o susurradas hasta en el último callejón.

La primera historia que recuerdo es la de la pareja de la plaza mayor. Cuentan que eran muy conocidos de verlos pasear todas las tardes arriba y abajo del recuadro. Un día se pararon en la esquina de la farola y los vieron como despedirse, algo raro porque siempre entraban y salían, los dos, paseando de la mano.

El caso es que a partir de ese momento, había noches que se veía una chica esperando en esa esquina de la farola y lo mismo que aparecía también desaparecía. Otros días, ya de madrugada, se oían pasos cruzando la plaza rápidamente hasta llegar a esa esquina, una silueta de hombre se detenía y ya no se sabía más de él.

Todavía, bien entrada la noche, mucha gente ha visto en la farola de la esquina de la plaza a alguien, una mujer como esperando, y al llegar a su altura desaparecer. Y en otras ocasiones, ya de madrugada, oír pasos cruzando el adoquinado con paso ligero hasta la susodicha esquina y desaparecer también, sin volver a oírse paso alguno más.

Puede parecer una simple leyenda urbana de una ciudad de provincias pero yo también, en alguna ocasión, en el silencio de la noche, he oído pasos que, al llegar a la farola de la esquina, han desaparecido. Y a la mujer o la chica también, desde mi garita, he llegado a verla, y al momento, ya no estar, desaparecer. Llevo treinta años de vigilante nocturno de la plaza mayor de esta pequeña ciudad y lo puedo jurar.

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El puesto de la señora Jacinta


La señora Jacinta tuvo un puesto de chucherías, de las de verdad, toda su vida. Desde las chufas hinchadas en agua, hasta las aceitunas en fuente de barro, o las manzanas de caramelo, pirulis y hasta regaliz de palo.

Pasar por esa esquina obligaba a volver la vista ante tan ricos manjares para niños y adultos, estimulados por esa mezcla de aromas a dulce y salado. En otoño sus castañas asadas provocaban colas y todos, al transitar por allí, nos sentíamos tentados de ponernos a la fila.

Un año la Parca no perdonó a la buena señora Jacinta y se la llevó de su puesto, sin avisar, dejando las manzanas a medio caramelizar entre sus dulces y salados compañeros de mostrador. Su quiosco de chapa estuvo una buena temporada cerrado hasta que el ayuntamiento, al no haber nadie interesado, lo levanto y se lo llevó. 

Hubo un reconocimiento en un pleno que se aprobó unánimemente, por una vez la persona estuvo por encima de las siglas políticas.  

En su honor colocaron un enorme macetero con un olivo y una placa recordando su querido puesto.

Aquí estuvo más de medio siglo el popular puesto de chucherías de nuestra querida señora Jacinta D.E.P. 1968.

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domingo, 24 de diciembre de 2017

Quién no es extremista?

Creo que los conceptos de radicales, intransigentes o extremistas los tenemos asociados a grupos, agrupaciones, sectas o religiones; en concreto a sus adeptos, afiliados, simpatizantes... Nos olvidamos de una inmensa mayoría de extremistas que no están en esos colectivos, nosotros mismos.

Hoy en día, un uso de las redes sociales es el boicot (linchamiento) a una empresa, tienda o departamento de alguna entidad, en cuanto hemos tenido un problema con ellos. Partiendo de la premisa que tenemos razón, normalmente es así, magnificamos nuestra demanda para que con su repercusión obtener qué, en concreto?

No ponderamos la situación, afortunadamente ninguna es de vida o muerte, y vemos que si con nosotros han metido la pata con otros 100.000 o 1.000.000 lo han hecho bien; es decir, con un margen de error insignificante. Pero como nos ha tocado a nosotros ya merecen que los cortemos la cabeza públicamente. Si a nosotros mismos, cada vez que hemos hecho una pifia en el trabajo, nos hubiera pasado esto creo la mayoría estaríamos en el paro.

Sinceramente creo que no deberíamos sacar los pies del plato, el tema se arreglará y echar leña al fuego no nos da más razón por mayor apoyo que tengamos. Si no hubiera otra vía pues a quemar el bosque para espantar los lobos. No hablo por hablar ni por defender multinacionales, la fuerza solo cuando sea necesaria. Se lo que es estar en situación de indefensión durante meses y curiosamente su enlace comercial de Twitter, en correos privados dando mis datos, me encauzó el tema y se fue resolviendo.

Por experiencia lo primero que valoro antes de reclamar es si me merece la pena el tiempo que puedo perder en dar explicaciones. Después, ya se que hasta el segundo o tercer filtro de atención, no voy a conseguir nada. Al final, me darán la razón y todo arreglado menos el tiempo perdido, el cabreo me lo ahorro yo mismo. Ellos no son tontos, manejan estadísticas y saben que actuando así mejoran sus ratios de calidad, además, a mayor nivel mejor atención por parte de quien atiende.

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Relatos de la tertulia de las diez: El saco de dormir de Elder

Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.

Elder, tenía un buen trabajo y pudo permitirse comprar un adosado rústico cuando sintió que la ciudad lo agobiaba, quería tranquilidad y contacto con la Naturaleza. En pocos meses su vivienda de campo estuvo totalmente acondicionada, para poderla usar a diario si le apeteciera o solamente los fines de semana.

Lejos de las luces de la ciudad podría ver las estrellas en las noches despejadas; o sentir ese aire fresco pero limpio cada mañana según saliera por la puerta; o ver a la tierra beber la lluvia tras los cristales. Y tantas cosas más que, la urbanidad del asfalto y el hormigón, le habían vetado en su piso céntrico.

Después de varias semanas en su nido campestre, el urbanita, se sentía como enjaulado en una casa rodeado de Naturaleza; donde las comodidades de la misma, no le dejaban contactar con el exterior, son cosas que pasan.

Entonces, un día navegando por internet tuvo la feliz idea de comprarse un saco de dormir de montañero de alto aislamiento térmico, así se definía la oferta que vio en el portal de ventas. Mientras daba el click de aceptación del pago, su sentido común le reprochaba --otra tontería más, macho. Menos mal que al ser una oferta ni tan cara te va a salir.

Reabrió los ojos, la primera vez le pareció que estaba todavía soñando, una respiración agitada y unos lenguetazos le habían sacado de su letargo. Era Toby, el perro a medias entre su vecino y él mismo, el fiel animal tenia divididas sus atenciones entre los dos vecinos y escogía con quien estar, a ellos les parecía bien y todos contentos. El aire fresco de la mañana le llenó los pulmones del oxígeno más puro que nunca había respirado.

Epílogo

Aquella fue la primera noche que Elder había dormido al raso en su vida, le costó coger postura tumbado encima de la hierba de su jardín, pero con su saco de dormir de montañero de alto aislamiento térmico no había pasado frío, a pesar de la helada. En cambio, pudo contemplar un cielo estrellado, pensando en cosas en las que nunca solía hacer, hasta que la relajación le llevó a dormir plácidamente.

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Relatos de la tertulia de las diez: El recolector de almas

Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula un nuevo relato para la ya conocida Tertulia de las diez.

Juan no era un curandero ni un sanador al uso, los cuerpos moribundos a los que visitaba no se recuperaban, solamente, morían en paz. Esa era la profesión no oficial de este huérfano encontrado, a la puerta del ayuntamiento siendo un bebé. Juan fue un poco adoptado por todos los vecinos, en estos tiempos que la juventud de los pequeños pueblos era casi inexistente.

Hasta los quince años o así, Juan no dio a conocer sus facultades. La tía Rosario, la estanquera y cantinera, andaba en esa época muy delicada y después de sus casi noventa años en el negocio quería morir en su pueblo; ir al hospital, seria una traición de última hora, que no contemplaba la buena señora. Juan, que a la postre heredaría el negocio, aquella tarde, la última de la tía Rosario entre sus vecinos, fue a visitarla como todos los días a contarle las pequeñas novedades de la cantina. Al verla tan consumida, como una vela a punto de apagarse, instintivamente la cogió de la mano. En los segundos siguientes el rostro de dolor, de la buena mujer, se transformó en una cara de paz absoluta, la mirada perdida recupero la visión para fijarse en el muchacho y esbozando una sonrisa, un perceptible gracias, fue su plácida despedida de este mundo.

Todos los presentes, el alcalde viejo, el boticario, Rosa la marquesita y la Sra. Carmen; vieron como la agonía, de su amiga y vecina, se transformo en una feliz muerte. Durante los siguientes años este hecho se repitió cada vez que alguien se encontraba en los estertores de la muerte. Los pueblos vecinos, sabedores del curandero, llamaban a Juan para que también les diera paz a sus seres queridos.

Solamente Daniel; el alcalde joven, hijo por supuesto, del alcalde viejo, se mostraba reticente con Juan. Nunca discutieron fuerte, ni mucho menos se enfadaron, simplemente no eran amigos y mantenían una relación cordial pero sin mayor trato. Cuando el padre de Daniel precisó los servicios del curandero, el alcalde joven se encontraba en la capital y no pudo despedirse de el. Tal vez por eso y que su madre, que precisamente se llamaba Juana, quería a Juan como un segundo hijo, había convertido el distanciamiento en algo de animadversión hacia el curandero.

A sus setenta y tantos Juan y Daniel, ambos jubilados y dedicados a la vida contemplativa de los pequeños pueblos, se sentaban todos los días en mesas contiguas de la cantina, a pasar las mañanas y muchas tardes, siempre que el tiempo lo permitiera. El primero en llegar saludaba y el otro respondía, al marchar la misma cortesía pero en todo el tiempo que estaban allí, si nadie les preguntaba, no cruzaban una palabra más. La señora Juana ya andaba cerca del cumplir el siglo y, aunque había sido de buena naturaleza, todos suponían que ese sería su último invierno, incluidos sus dos hijos. el legitimo, y el adoptado de corazón; que se pasaban el día, juntos sin cruzar palabra, sin haber nunca discutido.

Hacía frío esa tarde de febrero, y Daniel iba a decir hasta mañana como todos los días que se marchaba antes que Juan, cuando de la cantina salio Manolo el muchacho que la llevaba desde que el curandero se jubiló; no hizo falta que dijera nada, los dos vecinos y no amigos, intuyeron que Juana estaba muy mal. --Me acompañas a ver a madre?-- Dijo Daniel al curandero, retóricamente, en un tono que no dejaba duda de la gravedad.

En un pueblo pequeño, todas las casas están cerca, y la de los alcaldes está junto al ayuntamiento, en frente de la botica y del bar estanco. Al entrar en la habitación de Juana, las dos viejas comadres que quedaban vivas la hacían compañía, la mujer del alcalde viejo estaba postrada con la mirada perdida en el techo y los brazos extendidos a lo largo, por su débil respiración parecía que se estaba preparando para cruzar el último umbral. rápidamente, los dos casi hermanos, se pusieron a cada lado de la anciana mujer y cada uno la tomo de la mano que le correspondía.

El ritual se volvió a repetir por enésima vez desde la tía Rosario, en esta ocasión la mirada se centro en sus dos niños; el rostro, casi centenario, pareció estirarse para llenar todas esas arrugas de paz y esbozar una sonrisa. El gracias justo antes de morir, plácidamente, fue oído por los cuatro presentes. Dos de los cuales, después de setenta años, también, conectaron y a partir de entonces, todos los días en la cantina compartieron mesa y conversación.

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Relatos de la tertulia de las diez: La sombra siniestra

Por mediación de El arca de las palabras del blog de Úrsula empezaré con un relato para la ya conocida Tertulia de las diez. La verdad es que me fui por las ramas y me quedo un poco largo para mi blog de 500 palabras, así que lo pasaré en tres veces para que se digiera mejor.

--------- I ----------
El dicho de tener miedo hasta de su sombra, seguramente tenga un origen más o menos documentado. Yo, por mi parte, conozco un caso real del mismo, por respeto a  mis amigos y evitar alguna mala interpretación, he cambiado cualquier nombre o lugar que pueda mencionar.

A los veintitantos salir de noche y recorrer dos o tres farmacias de guardia, así llamábamos a los locales que a partir de la media noche nos daban cobijo y bebida, vamos los típicos pubs. Nuestra cuadrilla, entre semana era triadilla y, a una ronda por cabeza, podíamos volver a casa somnolientos, pero enteros, de madrugada.

En una ocasión hablando de películas de miedo y cosas sobrenaturales, Damian nos confesó que el por la noche, estando él  quieto, veía a su sombra moverse. Era ya la última parada y, tanto Víctor como yo, pensamos que nuestro amigo o quería hacerse el interesante o tomarnos el pelo, más lo último por el tono bajo y sombrío de decirlo.

Como la cosa prometía y no eran ni las dos, echamos a suertes quien pagaría la primera ronda extra de esa noche. Me tocó a mi, al volver con las tres pintas, Damian después de un largo y lento trago, nos empezó a dar los detalles de sus visiones.

--Cuando nos despedimos, me acuesto normalmente y en  mi cuarto sólo queda la pequeña luz del radio despertador que me da algo de sombra y se refleja levemente en el espejo que tengo enfrente.

--Pues hace un par de semanas me desperté e instintivamente me giré para ver la hora, las 5:20 y pensé en volverme para el otro lado e intentar dormir de nuevo. Lo hice pero mi sombra del espejo no se movió. No lo entendía y levante un brazo, en la pared vi la tenue sombra y en el espejo estaba yo pero no mi sombra. Bueno me dormí al rato y me olvidé de ello.

--La semana pasada, me desperté pero no miré el despertador, en el espejo salía una sombra, mi sombra, pero encima mio como si me observara. Pensé que estaba soñando y miré la hora, las 4:43, al volver a buscarla en el reflejo ya no estaba, levanté el brazo y lo mismo, tampoco aparecía; en la pared veía su sombra, moviéndose igual que mi mano, pero en el espejo no había ninguna. Esa noche ya no volví a pegar ojo.

--Ahora, todas las noches me despierto y con los ojos entre abiertos veo esa sombra que me observa al otro lado del espejo. Si cambio la vista para ver la hora, desaparece y me vuelvo a pasar la noche en vela. No es que tenga miedo pero no descanso nada, así que ahora si me despierto, me quedo quieto mirando la sombra sombre mi, sin moverme, esperando volver por cansancio a dormir.
Al final, de su relato, los tres habíamos pagado una ronda adicional, esa noche si nos íbamos a retirar cargados. Nos despedimos y quedamos en seguir hablando del tema en la siguiente salida.

--------- II ----------
Pasaron unos días, más de una semana, a Víctor y a mi nos coincidieron cuestiones personales, Damian también anduvo algo esquivo. No pudimos seguir hablando de ello, tan pronto como hubiéramos deseado, para intentar desentrañar el misterio.

Cuando por fin pudimos quedar para hacer nuestras paradas en las farmacias de guardia, andábamos ya con ganas de ello, rara vez habíamos estado tantos días sin tomar algo. Victor y yo ya estábamos en nuestra primera parada dando los cinco minutos de cortesía a Damian antes de pedir.

Nuestro amigo entró por la puerta, al verlo nos sorprendimos, e inconscientemente nos miramos el uno al otro, como si no creyéramos lo que estábamos viendo. Damian era veintipocos y nosotros veintitantantos, pues bien parecía casi nuestro tío, el pelo medio encanecido y las ojeras le llegaban a la comisura de los labios. Hasta la ropa que llevaba parecía arrugada y sin ningún apresto.

Esa noche los tres sabíamos que iba ser de ronda doble, como la última vez que nos vimos.

Damian nos contó lo acontecido, no había habido cambio alguno, sólo que ahora después de la primera hora de sueño profundo se despierta y pasa el resto de la noche viendo de reojo a su sombra encima suyo, observándolo y moviéndose, en torno suyo. La silenciosa visión le deja totalmente estremecido y ya no puede conciliar el sueño ni dejar de mirar como su sombra, le absorbe el espíritu.

Las rondas fueron cayendo y en cada viaje a pedir las pintas soltábamos las teorías más extravagantes o macabras que se nos ocurrían. Damian, a pesar de su aspecto, era el más tranquilo de los tres, como si ya hubiera asumido un fatal destino sin vuelta atrás. Al final no hubo sexta pinta, una tormenta con rayos y truenos imponente nos hizo apurar la jarra y salir para casa antes que cayera todo el agua habido y por haber.

Al despedirnos fijamos, casi con pacto de sangre, en vernos el día siguiente, como fuera.

Ya eran las once de la noche, puntuales como siempre Víctor y yo entramos en el pub, no hizo falta que nos dijéramos nada, estábamos salvo el pelo cano, como Damian, no habíamos pegado ojo en toda la noche; y los relámpagos seguidos del estruendo del trueno, seguramente ayudaron a nuestro lamentable aspecto . A los cinco minutos justos Damian entraba por la puerta, no lo hacía por llegar tarde, su autobús en cuanto pillaba algo de tráfico le impedía ser más puntual.

--------- III ----------
La sorpresa de hoy fue mayúscula al ver a nuestro amigo, sorprendente y en el fondo reconfortante. Llego con su jovial cara de siempre,  la de antes de su contacto con la sombra, y el pelo, salvo su habitual mechón casi blanco, parecía el de siempre. Nos miro con una sonrisa contenida e hizo los honores de la primera ronda.

--Anoche volví a dormir de un tirón, bajé la persiana del todo para que no entrara la luz de los relámpagos y de los truenos no me enteré.

Y tu sombra maldita? preguntamos, a dúo, Víctor y yo.

--Bueno os contaré, la segunda o tercera noche que me desveló apagué el radio despertador y desapareció del todo, no había nada de luz y me dormí como si nada. Al día siguiente, intrigado seguí investigando y fue cuando lo vi...

Qué viste? Le espetamos, nerviosos, al ver su larga pausa.

--Pues eso, yo no puedo dormir con la ventana cerrada y siempre la tengo algo abierta. Y...
Otra de sus malditas y largas pausas, esta vez respetamos su jactancia y esperamos...

--Mi sombra por la luz del reloj también se refleja, tenuemente, en las cortinas así que en la casi oscuridad eran la penumbra que tenia yo encima al verme en el espejo. Al moverse, ligeramente, por el aire, daban esa sensación de baile sobre mi. El brazo, al levantarlo, no hacía sombra en el espejo porque la pared, donde yo si la veía está al otro lado, ya sabéis lo de izquierda y derecha en los espejos ja, ja ja, ja.

Ya no se pudo contener la risa que trataba de ocultar desde que llegó. A mi y supongo que a Víctor nos quedaba, todavía, un detalle que aclarar. Esta vez yo mismo le pregunté porque, si lo había resuelto hace tiempo, no nos lo contó, y como era posible su aspecto tan demacrado de hacia 24 horas.

--Bueno, eso fue idea de Lucía, mi hermana os la tiene jurada desde que no la sacasteis a bailar cuando celebramos su 18 cumple hace dos meses. --Vaya amigos que tienes, nos conocemos desde siempre y no se atreven a pedirme un baile en mi fiesta, ni que fuera una niña pija en su puesta de largo; me dijo justo cuando nos marchamos de su fiesta y, alguna vez más, me lo ha vuelto a recordar durante este tiempo.

--Así que cuando se enteró de mi aventura con la sombra, no me dejo que os contara la resolución hasta no vengarse a gusto, ya la conocéis. Os di excusas una semana para que fuera la cosa consolidándose y ayer su amiga Lina me arregló, ja, ja, ja, para parecer lo que visteis. Por cierto, no os habéis fijado en la señora del gorrito ridículo de la mesa de al lado?

Las risas de Lucía al quitarse la peluca, mirando nuestras ojeras y caras de estupefacción, retumbaban más en mis oídos que los truenos de la noche anterior. Víctor estaba igual que yo, mientras que Damian, le hacia los coros, a las risotadas de su hermana.

A los dos minutos, casi con las mandíbulas desencajadas de los dos hermanos,  la cosa se puso seria de nuevo. Víctor no estaba enfadado, en el fondo, le había hecho gracia la macabra broma, aunque su cara fuera un poema por sus reales ojeras, mirando a todas partes sin acabar de creérselo. En este punto yo me sentencié cuando dije:

Muy bueno Lucia, nos lo merecíamos pero ahora que ya eres mayor de edad puedes venir con nosotros, de vez en cuando, como querías los años anteriores y no te dejábamos. Quedas admitida, verdad Damian y Víctor?

El espeso maquillaje, de mujer adulta, no pudo ocultar el rubor de la bromista Lucía. Ya nos podíamos ir preparando para su próxima putada y esta vez los tres, Damian no se volvería a ir de rositas.

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