Sólo hay dos cosas que nos pueden ofender:
Las verdades que no queremos escuchar y las mentiras que nos creemos.
Cuando esto pase es bueno saber a que grupo corresponde la ofensa para no engañarnos y poder devolver el guante adecuado.

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viernes, 23 de abril de 2010

Hay días que hasta Murphy puede parecer un optimista convulsivo

No es por querer ser gracioso o más cínico que de costumbre pero, realmente, hay días en los que hasta las circunstancias mas cotidianas se alían en una cruzada contra uno, sin darnos tregua ni respiro.

No es una cuestión de mala suerte y de que todo lo negativo lo atraigamos como un imán. Es una simple cadena de pequeñas fatalidades que nos va amarrando y, si bien no nos fondea, si nos deja con el agua a la altura de los ojos. Lo peor de todo es la combinación térmica, je je je; la cabeza llega a inflamarse con tanta acumulación de imprevistos negativos pero, por otro lado, nos sentimos helados por la falta de capacidad de no poder solucionar tanto despropósito junto. El remate es que siempre nos acontece en los momentos de menos reflejos y con una  falta de soltura intelectual casi desesperante. 

No es algo que ocurra a diario (ufff, afortunadamente), pero si con cierta previsible regularidad y nunca de una manera llevadera. Utiliza la misma filosofía que el suplicio: Infringir daño sin provocar desvanecimiento. Vamos que seas consciente del dolor sin sucumbir y acentuado por la impotencia de no poder evitarlo. 

No es necesario que dé detalles ni ejemplos de esto que describo. Creo que todos (paso de decir también todas, si no excluyo, también vosotras estáis incluidas) hemos tenido este tipo de visita y sabemos la jaqueca que nos puede llegar a producir.

No es fácil de llevar ni tampoco acostumbrarse a estos días donde todo sale a medias, ni mal del todo para que no nos deprimamos, ni próximo para que podamos capearlo sin llevarnos el chaparrón. En estas jornadas, hasta mi frase: ...de los malos momentos experiencia, pega un patinazo y se estrella contra el suelo de la realidad mas dura.

No es algo que duré eternamente pero, cuando se extingue este collar de pequeñas fatalidades, nos deja un regusto amargo, sabedores que su próxima cita será en fecha imprevista, pero no a largo plazo.

No es para darlo ya mas vueltas y, cuando me toque su siguiente visita, lo tomaré como una revalida socio-laboral. Suena bien (je je) y si la suspendo, seguro que sin tardar mucho, tendré otra oportunidad para examinarme de nuevo. :-)

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