Sólo hay dos cosas que nos pueden ofender:
Las verdades que no queremos escuchar y las mentiras que nos creemos.
Cuando esto pase es bueno saber a que grupo corresponde la ofensa para no engañarnos y poder devolver el guante adecuado.

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lunes, 25 de enero de 2010

toreros de salón y otros impresentables

Aunque no soy simpatizante de la fiesta nacional en su aspecto físico, en el artístico si, hay un dicho taurino que es tan gráfico como real. Si, me refiero al torero de salón, en la vida nos encontramos a muchos matadores o perdonavidas, que salvo el traje de luces (les gusta llamar la atención con su aspecto) y el paseillo (suelen ser muy chulos andando y presumir de triunfadores), a la hora capear y no digamos matar se les apagan las luces y se quedan cojos de las dos piernas.
No hay nadie como un creido de si mismo para que, cuando vienen mal dadas, se caiga de su pedestal hecho de vanidad y engreimiento. A quien le gusta presumir de lo que no es y engañar con su apariencia y verbo embaucador luego resulta ser mas falso que un decorado de atrezo y menos resistente que un castillo de naipes.

El palo va para todos estos insensibles de las desgracias ajenas, que van por la vida avasallando al resto, por el solo hecho de creerse sus propias mentiras de superioridad. Cualquiera puede ser mas listo que yo, y tener diplomas para empapelar un frontón, pero si se jacta de ello, con todo lo que sabe, no ha aprendido que las personas inteligentes no presumen de su sabiduria y empatizan con quien les rodea.
Efectivamente, los listos de verdad y no estos listillos, saben que cualquiera, incluso siendo analfabeto, puede ser tan buena o mejor persona que el mismo. Son conceptos diferentes y la calidad del ser humano no se debe medir por sus conocimientos académicos, si no, por su comportamiento con sus semejantes.

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